Agur Peña

ANA VOZMEDIANO

Fue una estrella de su tiempo, con una de las inauguraciones más rimbombantes que se recuerdan y por sus aulas pasaron, sobre todo, chicos. Estuvo en los sueños de una chavalería para la que ir al Peña era sinónimo de hacerse mayor, en las pesadillas de adolescentes que sabían cómo se repartían castigos o suspensos y en la mente de aquellas chicas que poblaron el Usandizaga, el instituto femenino de toda una época. Las grúas han arrancado ya las aulas y removido el solar, algunos ecologistas han protestado por la desaparición del arbolado de la finca que tanto condicionó el edificio e incluso tengo una amiga que lamenta como un crimen que se haya talado una secuoya. Sin embargo, si algo representa el Peña al que ahora se dice adios es la dejadez hacia la educación pública, la falta de interés hacia dos barrios muy populosos de la ciudad como Amara y el Centro y, sobre todo, la indiferencia hacia un colectivo escolar que ha estado muchos años sin saber en qué edificio estudiaría al año siguiente y que, por cierto, sigue dividido en diferentes estancias de distintos centros escolares. No hubo interés de un Gobierno Vasco que cambió varias veces de opinión sobre el futuro del mapa escolar en todo el ámbito y llegó a anular convenios suscritos por el consejero de Educación, Inaxio Oliveri. La incertidumbre lo envejeció antes de tiempo por falta de arreglos, el arbolado lo hizo más húmedo e hipotecó sus patios de juego. Y su final, curiosamente, ha sido más recordado por la altura de sus árboles que por lo numeroso y variado de su alumnado.