El pueblo de nadie

Despoblado de Peña. Escenario insólito de historias muy curiosas

ANTXON AGUIRRE SORONDO
Vista de la iglesia y de una casa del pueblo. ::                             A.A./
Vista de la iglesia y de una casa del pueblo. :: A.A.

Hoy traigo a esta columna uno de los lugares más impactantes de toda Navarra: el despoblado de Peña. Este antiguo pueblo fortificado, escondido detrás de un gran peñasco a cerca de mil metros de altura, desde la Edad Media sirvió de puesto de vigilancia en la frontera entre los reinos de Aragón y de Navarra. Actualmente solo se puede acceder en coche los días de romería (9 de mayo y 11 de noviembre), y el resto del año se sube a pie desde Torre de Peña, a 8 kilómetros al sur de Sangüesa, en una ascensión no demasiado exigente de cerca de una hora.

El recinto amurallado abrigaba un castillo, levantado en el siglo XI por Sancho de Navarra, del que sobreviven restos de su torre desmochada. Las piedras de las viviendas, hoy en su mayor parte arruinadas, provienen de las antiguas murallas que fueron reutilizadas una vez que se hizo la paz entre navarros y aragoneses y el cerco dejó de cumplir su cometido defensivo. En cambio, la iglesia de San Martín de Tours y la casa abacial aneja han sido recientemente restauradas dando así la impresión de que el lugar está aún poblado. Pero no el caso, ya que los últimos habitantes de Peña la abandonaron el año 1955 para trasladarse a Torre. Luego, se refugió allí un dominico belga para vivir en soledad a la manera de los antiguos ermitaños, y solo bajaba al pueblo una vez al año, el día de Gloria: entonces no se privaba de nada (baño, comida, bebida, revistas...).

José Antonio Landa, nacido aquí en 1939, me cuenta que en su infancia incluso había escuela. Las familias vivían del cultivo de las huertas al pie del pueblo y de la labranza de los campos. Obtenían caza y leña del bosque de encinas del entorno, donde también criaban ganado menor. En el pueblo había un horno comunal en el que cada semana una familia distinta elaboraba pan para todos.

Se conserva el aljibe, hoy ya seco, que antaño surtía de agua, y el antiguo cementerio con maravillosas vistas sobre el valle del río Aragón. Allí reposan los restos de un aviador inglés de la II Guerra Mundial, el capitán Walker, que se estrelló a la vista de todo el pueblo justamente el día que Peña celebraba la fiesta de San Martín, el 11 de noviembre de 1943, luego de que su avión fuera alcanzado por las baterías alemanas al otro lado de los Pirineos.

Bien de Interés Cultural con categoría de Conjunto, el despoblado de Peña es un insólito paraje en una escarpa rocosa cuya ascensión y visita, especialmente si el día es despejado, resulta memorable.

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