Pablo Areso, un aliado del arqueólogo

Recibe hoy la medalla de oro de Aranzadi por sus trabajos en el laboratorio de sedimentología

FELIX IBARGUTXISAN SEBASTIÁN.
Pablo Areso, un aliado del arqueólogo

Pablo Areso recibirá hoy la medalla de oro de la sociedad de ciencias Aranzadi, en el acto de inauguración de la exposición 'La aventura de la prehistoria en Gipuzkoa'. Se quiere agradecer así las décadas de trabajo desarrollado en el seno de la sociedad, sobre todo como especialista en sedimentología, la ciencia que analiza las tierras para ayudar a sacar conclusiones a los arqueólogos. «Los análisis de las tierras no nos informan directamente de los modos de vida de las gentes de la prehistoria, pero sí de sus condicionamientos. Buscamos indicios de calor, de humedad», nos ha comentado.

En sus comienzos, Areso coincidió con José Miguel de Barandiaran, pero sobre todo con el continuador de la tarea del sabio de Ataun, con Jesús Altuna. Comenzó a colaborar con estos arqueólogos a comienzos de los 60. «Participé en la excavación de Lezetxiki el año en el que apareció el húmero de una mujer de la especie Homo Heidelbergensis». En aquella primera etapa, acudió durante seis años, con sus alumnos del seminario de Saturraran, a visitar las excavaciones de la cueva de Ekain. «Pero a Barandiaran no le gustaba que anduvieran por ahí los chavales. Como mucho, podían ir a recoger algo que se hubiera caído por alguna pendiente».

Al arqueólogo ataundarra le interesaba recorrer los caseríos, porque pensaba que esas gentes le podían informar acerca de cuevas y posibles yacimientos. En una de esas salidas, un perro le mordió y le obligaron a estar recluido en cuarentena. Entonces, la dirección de la excavación de Ekain pasó a manos de Altuna. Areso nunca olvidó esa anécdota.

Nuestro protagonista es sacerdote. Nacido hace 81 años en Miranda de Ebro, comenzó sus estudios eclesiásticos en el seminario de Vitoria. Optó por aquél porque su familia paterna procedía de Gipuzkoa, concretamente de Lazkao. Allí se convirtió en discípulo de dos estudiantes que acabarían siendo grandes arqueólogos: Jesús Altuna y Juan María Apellaniz. «Ya siendo seminaristas tuvimos parecidas aficiones: Juan Mari era más historiador, Jesús más bien biólogo, como yo».

Todavía siendo seminarista, Areso acudió bastantes veces a las excavaciones del enclave que luego se llamaríaVeleia. «Ibamos desde el seminario a paso gimnástico, podían ser seis kilómetros de ida y otros tantos de vuelta. Todos los veranos, los arqueólogos pedían a los caseros permiso para levantar alguna zona».

Tras el seminario, se trasladó a Barcelona. «Estudié biología. Quizá hubiera sido mejor geología. Pero luego estudié bastante de esa otra ciencia, y además hice de profesor de la materia en la Escuela Diocesana de Magisterio de San Sebastián.

Mientras el trabajo del arqueólogo es buscar 'industria', es decir, restos relacionados con los seres prehistóricos, «nuestra labor, en el laboratorio de sedimentología es recoger muestras de tierras y analizar la matriz en la que se encontraban las piezas. Buscamos indicios de calor, de humedad... Intentamos saber cómo ha funcionado la cueva, si ha habido rellenos, sedimentos, si el suelo ha reptado. Aquí, las cuevas son todas de calizas, y muy agrietadas. De esas grietas se filtra el agua, y las cuevas son, en realidad, una alcantarilla».

El arqueólogo trabaja aliado con el sedimentólogo, con el paleontólo (o incluso el micropaleontólogo, especializado en pequeños animales), y con el palinólogo (especialista en pólenes).

Areso entró en la sociedad Aranzadi en los 60. «Ha sido un ente muy peculiar, tan peculiar que ahora ha tenido que reformarse, porque no cabía en el Derecho».

Areso sigue siendo sacerdote, y los últimos años, hasta cumplir los 80, ha trabajado también en el Instituto de Ciencias Religiosas, con sede en el antiguo seminario de San Sebastián. «Ciencia y fe se complementan. Son dos accesos a la verdad», nos dice con una sonrisa.