Un luchador por la libertad

El fundador de Euskadiko Ezkerra Juan Mari Bandrés fallece a los 79 años por un cáncer. El abogado donostiarra era considerado un político poliédrico como pocos y un inconformista contra la injusticia

ALBERTO AYALASAN SEBASTIÁN.
Juan Mari Bandrés. ::                             DV/
Juan Mari Bandrés. :: DV

La vida política de Juan Mari Bandrés terminó hace ya década y media marcada, como la de tantos otros, por el regusto amargo del desencuentro y la división que han caracterizado nuestra historia reciente. Su vida personal empezaría a apagarse poco después, en octubre de 1997. Un ictus cerebral callaba para siempre su voz, que no sus sentimientos, y le dejaba paralizado en una silla de ruedas, con la que su mujer y sus dos hijos le han sacado estos últimos años a dar cortos paseos por los alrededores de su domicilio, en la calle Okendo de San Sebastián. Ayer, apenas ocho días después de que ETA anunciara por fin su adiós a las armas y abriera así la esperanza de un tiempo nuevo, el abogado y político donostiarra, el eterno luchador por la libertad, fallecía a los 79 años de edad, víctima de un cáncer.

Abogado antifranquista, Juan Mari, como le llamaban casi todos, fue uno de los defensores que jugó un papel más relevante en el Proceso de Burgos, el juicio sumarísimo que tuvo lugar en 1970 contra 16 activistas de ETA. El tribunal militar condenó a seis de los encausados a la pena de muerte y al resto a un total de 752 años de cárcel. La contundente respuesta de algunas democracias occidentales obligó al régimen a conmutar las penas capitales y marcó el principio de su final.

Pero fue con la muerte de Franco y la conquista de las libertades democráticas cuando se dibujó la poliédrica biografía de quien sería fundador y presidente de Euskadiko Ezkerra y formó parte del primer Consejo General Vasco como titular de Transportes y Comunicaciones. Fue elegido miembro del primer Parlamento Vasco en 1980, aunque no llegó a ocupar el escaño. Donde desarrolló el grueso de su actividad política fue en Madrid. Primero, durante una corta etapa, como senador, a partir de 1977. Luego, desde 1979, como diputado.

Durante diecisiete años, hasta 1986 en que su partido lo envió al Parlamento Europeo -una decisión que entendió como un inmerecido castigo, y que marcó el inicio de su distanciamiento con el entonces secretario general de EE, Kepa Aulestia-, Bandrés fue la voz de la izquierda de obediencia exclusivamente vasca en la Cámara baja. La voz educada pero firme en la condena del terrorismo de ETA, y también de la tortura y la guerra sucia contra la organización armada.

Las videotecas custodian algunos duros pasajes de la vida parlamentaria de aquellos años. Como el debate en el Congreso tras la muerte por torturas del etarra Joxean Arregi, en el que Bandrés, dirigiéndose al entonces presidente Leopoldo Calvo Sotelo le espetó: «En este Congreso hay una línea imaginaria. A un lado se sientan los torturadores y quienes les amparan. Al otro, el resto. Usted ha elegido aquel lado de la raya», soltó. Faltaban apenas diez días para el fallido golpe de Estado del 23-F.

Respeto y afecto

Sorpresivamente dada su trayectoria, los postulados que defendía y su contundencia verbal -el verbo era su fuerte; la escritura, se dice, casi siempre quedaba en manos de otros compañeros de partido-, Bandrés supo granjearse desde el principio el respeto político y el afecto personal de muchos de sus adversarios. Un respeto y un afecto que, seguramente, coadyuvaron a que Mario Onaindia y él mismo culminaran con éxito las negociaciones secretas con el ministro del Interior Juan José Rosón para la disolución de ETA político militar y la reinserción de sus militantes. No ocurrió lo mismo con el expresidente del PNV Xabier Arzalluz. Entre ambos nunca hubo demasiada química.

Miedo y amenazas

Lo que su talante no pudo evitar fue el miedo ni las amenazas. Confesó haber sentido en múltiples ocasiones temor a ser asesinado de un disparo en la nuca cada vez que salía de noche de ver a algún preso en la cárcel. Las amenazas más graves le llegaron de la extrema derecha (no hay que olvidar que defendió a víctimas de los GAL como García Goena) y, sobre todo, de una ETA militar, que le obligó a ir escoltado buena parte de su vida.

El político guipuzcoano, que también dejó su impronta de defensor de los derechos humanos en el Parlamento Europeo, soñó con ser lehendakari. Fue una opción mínima, pero real. Escindido el PNV, en 1986 se celebraron elecciones al Parlamento Vasco. Por primera y única vez en la historia, el PSE fue el partido con más escaños (19), por delante del PNV (17), EA y HB (13) y EE (9). Socialistas, EA y EE negociaron un Gobierno de coalición que desplazara al PNV. No fue posible porque Garaikoetxea exigió la ruptura de la caja única de la Seguridad Social y Felipe González se negó. Finalmente, el jeltzale José Antonio Ardanza logró seguir en Ajuria Enea al frente del primer Ejecutivo de coalición con el PSE.

Bandrés fue para muchos el traje y la corbata de una Euskadiko Ezkerra que vestía vaqueros y lucía barba y pelo largo. El 'obispo', como un tanto irrespetuosamente le denominaban muchos compañeros en los ezkertokis, se sentía cómodo al frente de aquel grupo humano tan diferente en lo personal a él, con los que había construido una EE con vocación de convertirse en un puente político que ayudara a unir la Euskadi nacionalista y la no nacionalista. No fue posible. La sima se abrió poco a poco en los años 90 entre quienes preferían ponerse el jersey abertzale y quienes se decantaban por el de izquierdas. En el cuarto congreso de EE, celebrado en Leioa en febrero de 1991, quedaron sentadas las bases de la ruptura. Bandrés vivió uno de sus peores momentos políticos. De ser la figura indiscutible pasó a recibir durísimas críticas del sector más nacionalista de la organización por alinearse con los prosocialistas de Mario Onaindia.

Desgajados los primeros, que alumbraron Euskal Ezkerra, EE se fusionó con el PSE en febrero de 1993 y pasó a ser el segundo apellido de los socialistas vascos. Poco más. Bandrés decidió ser un militante de base de la nueva organización, que nunca terminó de sentir propia como Euskadiko Ezkerra. Año y medio después -para entonces ya había sido elegido presidente de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR)-, se daba de baja tras juzgar «un abuso» la inserción de una página de publicidad en prensa con su foto y su firma reclamando el apoyo al PSE.

Era el epílogo político del «hombre inteligente, tolerante y sereno que tanto ha hecho por este país», que describió el escultor Eduardo Chillida en el prólogo del libro 'Memorias para la paz'. Su vida expiró ayer.

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