La Roncalesa baja la persiana

Tras 128 años de vida, sus autobuses han dejado el servicio entre Donostia y Pamplona. La compañía ALSA se ocupa ahora de trasladar a los viajeros entre las dos capitales

JAVIER MEAURIOSAN SEBASTIÁN.
La Roncalesa en Donostia, un día de celebración en la capital guipuzcoana. ::
                             FOTOTEKA KUTXA/
La Roncalesa en Donostia, un día de celebración en la capital guipuzcoana. :: FOTOTEKA KUTXA

Se acabó. Fueron años románticos que conoció hasta el mismo Ernest Hemingway, Orson Welles o Alcalá Zamora -presidente de la Segunda República española- cuando eran clientes del hotel Ayestarán de Lekunberri. Tras 128 años de vida, La Roncalesa desapareció a finales del verano entre las nieblas del puerto de Azpirotz y también de las calles de este pueblo navarro, población a la que estuvo tan ligada, lo mismo que a Tolosa, Villabona, así como a la venta de Mugiro o a Irurtzun. Han sido años y años de viajes desde que el 24 de enero de 1883 un vehículo de tracción animal discurrió entre el valle del Roncal y el pueblo de Lumbier. La empresa la formaron una veintena de personas, la mayoría roncaleses.

«Ha sido una de las cuestiones más dolorosas. Cerrar la línea de autobuses -centrada en el recorrido Pamplona-San Sebastián- de la que seguían siendo accionistas parientes de los fundadores», señala José Manuel Ayesa, director general de La Roncalesa desde 1969 a 2010.

Añade que La Roncalesa ha vendido su 33% de participación en el grupo Conda a la compañía asturiana ALSA y a Ágreda Automóvil S.A. de Zaragoza. Asimismo, ha cedido a Conda su también tercera parte de accionariado de La Tafallesa.

«Han sido problemas relacionados con la gestión y el desarrollo, en los que teníamos planteamientos completamente distintos. No estábamos de acuerdo con la forma de enfocar la empresa que tenían ALSA y Ágreda. Es algo normal, que ocurre en el mundo empresarial. Si hay diferencias te separas y cada uno continúa por su lado», indica Ayesa.

Diferencias con la gestión

«Todo lo que teníamos planteado en cuanto al sistema de gestión se deshizo y nuestra salida de la compañía se debe a eso. No estábamos de acuerdo con la nueva orientación que se planteaba. Eso es todo».

Así muestra su desacuerdo con la externalización de los servicios o con la cancelación de los teléfonos de información sustituidos por una 'call center' o el traspaso de la venta de billetes por internet. «Con todo, quiero dejar claro que se pueden seguir comprando billetes en taquilla y que, además, existen máquinas expendedoras que facilitan el servicio, aunque sí es verdad que se ha reducido el personal porque lo exige la competencia, que en el caso del ferrocarril -servicio público- ha sido desleal con nosotros».

Ayesa reconoce que su planteamiento empresarial era más cercano al individuo, al pasajero, y orientado a un campo operativo que tuviera su centro en Navarra, algo que con ALSA se dispara a nivel nacional. «Siempre hemos tenido un cliente recurrente, muy próximo, que utilizaba el servicio del viaje en autobús con frecuencia. No se trataba de alguien esporádico que muy de vez en cuando se relacionara con la compañía. Así se establecía una relación muy personal y humana con los viajeros, los chóferes y el resto del personal de La Roncalesa», subraya Ayesa.

«Creíamos que la base del negocio era la atención al cliente, por eso nuestra apuesta por el transporte de proximidad. Pero la empresa actual tiene mayores dimensiones. Los trabajadores de la compañía hacían, además, una labor de recadistas. Llevaban paquetes o cartas para clientes de Pamplona o San Sebastián. Se acercaban hasta sus casas para llevarles pedidos. Hoy algo inexplicable». También recalca que hay personas que han mantenido una relación de trabajo de 40 años con La Roncalesa, que luego ha continuado con sus hijos. «La empresa ha sido una gran familia», destaca.

Acepta que los tiempos han cambiado y que los costes se han disparado. «Nuestro lema fue siempre que no se podía dejar a ningún viajero en tierra y para lograr esta meta poníamos en marcha otro autobús, aunque solo lo ocuparan cinco personas, pero actualmente hacer eso es imposible».

Hasta 18 autobuses

La Roncalesa, en su línea Pamplona-San Sebastián, llegó a tener 18 autobuses y una plantilla de 40 personas. Actualmente se mantiene como una sociedad patrimonial propietaria de inmuebles y de participaciones en diferentes negocios. Además, es propietaria de un área de servicio de 7.500 metros cuadrados en Vitoria, aún sin construir.

Las anécdotas son múltiples. Luis Juaristi, ya hace tiempo jubilado, recuerda los autobuses de La Roncalesa que contaban con un piso superior, en el que se viajaba al descubierto, así como la fotografía de una persona que arrastraba con los dientes agarrados a una soga el autobús atestado de pasajeros en San Sebastián. También hay quienes se acuerdan de las paradas en Arriba-Atallo para dejar los periódicos o en Betelu para recoger leche que se llevaba a Pamplona.

«La Roncalesa era una familia y recuerdo que parábamos en el alto de Azpirotz, como decía el chófer 'para echar una meadica', asegura Juaristi. «También me hizo gracia aquel especial día de 'sanfermines' en que el conductor cambió el recorrido habitual y nos llevó por el barrio de San Juan para decirnos: 'Esa que está en el balcón es mi mujer', y todos le saludamos con la mano. Era otra época», señala.

Asimismo, y como dato curioso, hay que citar que el primer viaje en La Roncalesa entre San Sebastián y Pamplona duró tres horas y su chófer, Jesús Labayen, transportó a 32 pasajeros. Por diez pesetas podías viajar en uno de los once asientos de la parte delantera, junto al conductor. Era la primera clase. Si no, tenías que conformarte con ir sentado atrás y pagabas ocho pesetas y cincuenta céntimos.

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