El premio

PELLO SALABURU
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                             ALEMÁN AMUNDARAIN/
:: ALEMÁN AMUNDARAIN

La concesión del Premio Euskadi a Joseba Sarrionandia ha metido en un buen embrollo al Gobierno Vasco. Eso, la concesión del premio y el embrollo es lo único que queda como algo no discutido en esta historia. Todo lo demás se ha prestado al comentario grueso, comedido, educado o no, cuando no a la manifestación involuntaria de cierta ignorancia.

Joseba Sarrionandia es alguien en las letras vascas, eso no me parece muy discutible. Es también un miembro de ETA que se fugó de la cárcel de Basauri y tiene cuentas pendientes con la justicia, tampoco es cuestión de discutir eso. Tengo que confesar que no es mi autor preferido: de hecho, no he leído el libro premiado, ni lo he ojeado. Tiene multitud de seguidores que compran sus libros. Muchos no los leen jamás. Como aquel 'Lagun izoztua' que hubo que reeditar a toda prisa en Durango. Un diario nacional afirmaba que se vendieron 7.000 ejemplares, solo en la feria. Pues saquen la cuenta: toca un libro por cada 90 vascohablantes, contando como lectores a recién nacidos, ciegos, dormidos, etc. O una de dos: o el dato no es cierto, o el personal compra y no lee, como sucede en todos los idiomas. La salvedad, aquí, es que el personal compraba el libro por méritos ajenos a los literarios, tengo la impresión, sin entender siquiera el idioma. Muchos se llevaban no un libro, sino un icono. No estoy criticando nada, porque yo tampoco pude acabarlo. Sarrionandia es un buen escritor, pero con altibajos, como pasa con muchos y grandes escritores: al lado de muy buenos textos, tiene otros que aburren (aunque a lo mejor son buenísimos, vaya usted a saber).

El caso es que han llovido las críticas. Para alguno, los partidos en el gobierno deben impulsar con su actuación el fomento de los valores culturales sobre los que quieren incidir. Es una ocasión única, y la deben aprovechar, porque para eso están en el gobierno. Se me hace un poco complicado imaginar cómo se puede plasmar esto en la práctica, como no sea concediendo premios de forma directa desde el despacho del consejero de turno. Sería una posibilidad, de hecho Franco la utilizaba con frecuencia. Desde luego, ese sistema es muy eficaz para la transmisión de valores como el compadreo, el amiguismo y cosas así.

El problema surge si en lugar del consejero es una comisión independiente quien decide el destino de los premios. Lo malo de estas comisiones es que pueden acabar premiando un libro escrito por un militante de ETA. ¿Entonces? Entonces se usa otro argumento: es indigno premiar a un terrorista, tenemos que tener las ideas claras en esto. ¿No han visto acaso lo que hizo Sarkozy con el alabado Céline? Excelente narrador, pero abiertamente filonazi: lo siento, no hay homenaje.

Me encantaría a mí tener las ideas tan claras, porque evitan momentos de zozobra personal. Lo malo es que si pongo las neuronas a trabajar, la situación se antoja, cuando menos, confusa. Lo primero que me llama la atención es que, y vuelvo a utilizar el ejemplo de Celine, una persona que se proclama tan de derechas y amigo de Sarkozy, el filósofo Henry Levi, se ha quejado abiertamente de que no se le haya hecho a Céline el homenaje merecido. No me parece que el filósofo sea un descerebrado para nada, sino una persona de gran sentido común. Pues ya ven: clamando atención para un filonazi.

Lo segundo que se me ocurre es que no sé si sería yo capaz de establecer los límites para decidir si alguien pueda recibir un premio o no, cuando me alejo del plano estrictamente literario. ¿Decimos que los miembros de ETA no lo pueden recibir? Es una posibilidad. ¿Lo podría recibir un miembro del Grapo? ¿En caso negativo, bajo qué criterios establecemos una lista? ¿Pedimos la lista de organizaciones terroristas a la CIA y decimos que nadie de esa lista pueda recibir nunca un premio de estas características? Esto se acaba complicando un poco.

Escarbemos un poco más: ¿Podría tener opciones alguno de los miembros de las fuerzas de seguridad condenados por torturas, o lo prohibimos también?

¿Y qué hacemos si el finalista es un maltratador o un asesino confeso como el noruego? ¿Podría recibir el premio, lo podría hacer sin que nadie protestase y a todo el mundo le pareciera de lo más normal? ¿Dónde ponemos los límites? ¿Hacemos extensivo esto a todos los presos? ¿Se les puede privar de ese derecho, sosteniendo al mismo tiempo que las penas de prisión tienen, además de su objetivo legítimo de purgar por el mal causado, una función pedagógica también? ¿Resulta muy pedagógico prohibir a un preso que pueda optar a un premio literario?

Llevemos el argumento un poco mas allá, porque en esta ocasión se ha retenido el importe del premio. ¿Se hará lo mismo si quien es premiado está en prisión provisional por malversación de fondos? ¿Podrá optar al premio, pongamos, un diputado de Álava a quien Hacienda le esta reclamando que devuelva fondos recibidos del erario publico a los que no tenía derecho? ¿O alguien que haya acabado en la cárcel por evadir impuestos (bueno, igual no se da el caso)?

Como ven, no tengo más que preguntas, mi mente esta más confusa que la de otros pero, mientras tanto, tengo la confianza absoluta en la decisión que ha tomado la comisión. Ellos fueron llamados para elegir un libro sin firma. A eso se limitaron. Y la Consejería de Cultura se encontró con un embolado. Todo esto se solucionaría si en la contraportada del libro figurase el certificado de penales. También lo hacia el franquismo.