Antonio pone el dedo en la llaga

Un hostelero de Avilés se corta el índice con un hacha en el Ayuntamiento, desesperado ante el silencio administrativo

JULIÁN MÉNDEZ
Antonio Sebastián Montero, con el dedo amputado vendado. ::                             SERGIO LÓPEZ/
Antonio Sebastián Montero, con el dedo amputado vendado. :: SERGIO LÓPEZ

Lunes. Primera hora de la mañana en las dependencias del Ayuntamiento de Avilés, Plaza de España 1, en Asturias. Antonio Sebastián Montero, 46 años, casado, dos hijos, oficial primero, albañil en paro, con gafas de cristales al aire, pelo al cero y los dos brazos tatuados, pregunta, otro día más, por el concejal de Urbanismo. El policía municipal de la puerta le remite a la Alcaldía. Allí, Antonio Sebastián repite la pregunta ante un funcionario. Le dan largas... otro día más. Antonio Sebastián desenvuelve entonces el paquetito que lleva bajo el brazo, bien envuelto en una hoja de periódico, saca un hacha, se arrodilla en el suelo y, de un tajo limpio, se corta un dedo. Se pone de pie. «Toma, dále esto al concejal de mi parte», dice Antonio. Acto seguido, entrega al atónito funcionario la primera falange de su dedo índice de la mano izquierda. ¡Horror!

Un par de ciudadanos salen de estampida. Hay gritos y carreras. Pero Antonio está tan tranquilo. «No me dolió nada. Estaba desesperado, pero ¿qué iba a hacer? ¿Tirarme al tren? ¿Una burrada para que me metan a la cárcel? Me he cortado un dedo para que me den lo mío», declaró ayer a este periódico Antonio Sebastián desde su casa asturiana.

Cuando se quedó en paro, Antonio, su mujer y su hijo pequeño, tomaron en arriendo un pub, el 'Estudio'80', en Sabugo, el mejor barrio de copas de Avilés. Las cosas les iban bien. Hasta que hubo una denuncia por ruidos, Antonio hizo caso omiso de la orden de cierre -«me lo dijeron por teléfono»-, abrió un día de Carnaval y se lo precintaron. Parece que las denuncias por ruido iban contra los anteriores propietarios, que unas obras que hicieron en el patio trasero son ilegales... Hace diez meses de aquello. Diez meses de calvario administrativo, asegura. «Me han toreado. Iba de un sitio a otro. Estuve tres meses preguntando por la concejala y nada. Pasaron semanas hasta que me dijeron que no era concejala, que era un hombre, un concejal. No sé ni cómo se llama. Andaba todos los días del concejal a la 'municipala', con los papeles que nos pedían y sin que nadie nos diera una solución... Nos han quitado el pan de la boca, porque cada mes cerrado teníamos que seguir pagando los mil euros de alquiler... Hasta que me he hartado. Ahora parece que todo va como la seda», asegura el amputado tras poner el dedo en la llaga del contencioso.

Antonio trae a su memoria vejaciones, olvidos y desplantes, burlas y artimañas funcionariales en este país que no es el de 'Cuéntame' sino más bien el de 'vuelva usted mañana' que tan bien retrató Larra. «Una vez, el funcionario nos tiró los documentos a la papelera y nos dijo que allí se iban a quedar. Se nos han reído a la cara desde el principio. No han hecho más que darnos largas», se lamenta el antiguo albañil.

«Esto no es un circo»

Hasta que Antonio estalló. Parece un argumento de película. «Pero esto no es un circo», protesta. «Solo quiero que me dejen trabajar. No les pido que me den un puesto ni un subsidio. Solo les pido poder trabajar», repite.

El fragmento de dedo se quedó allí mientras los municipales se llevaban a Antonio al Hospital Central Universitario de Asturias. Alguien tuvo la feliz idea de guardar el apéndice en hielo y meterlo en un frasco. Pero cuando llegó a Urgencias ya era tarde para intentar un reimplante.

Ahora el Ayuntamiento de Avilés ha husmeado en el expediente, en la rotura del precinto, en las denuncias vecinales por ruido, en algunos problemas con el cambio de titularidad... Minucias. Ayer hubo un comunicado público donde se precisa que «resueltos en su mayoría los problemas para la apertura del local, el expediente se encuentra próximo a su finalización para proceder al cambio de titularidad y el decreto de apertura». ¡A buenas horas, mangas verdes!

«Llegamos a pensar que tenían algo contra nosotros. Cada tres meses nos decían una cosa distinta y nadie resolvía nada», se duele Pilar Sáez, la esposa de Antonio Sebastián. Ayer mismo, Pilar fue recibida por el concejal de Urbanismo, Luis Ramón Fernández Huerga, quien le expresó «lo mucho que sienten lo ocurrido», según comenta la mujer. «Nos dicen que no se tenía que haber llegado a esto, pero te acaban mareando y ya no sabes qué hacer», sostiene Pilar. «Me han dicho que en unos días se acercarán al local y que, si todo está en regla, podremos abrir», suspira.

Pero hasta que Antonio no se pegó el tajo... aquí nadie ha movido un dedo.