Idilios realismos

RICARDO ALDARONDO

Es una película ambiciosa, con aspiraciones líricas, descriptivas, étnicas, sentimentales, históricas y hasta sobrenaturales. Una historia con numerosos personajes entrecruzados cuyas decisiones pretenden definir, no solo sus propias vidas, sino la esencia de una tierra. Y en esa ambición encuentra 'Arriya' algunos de sus atractivos, pero también muchas de sus flaquezas. Combina 'Arriya' algo cercano al realismo mágico, una serie de elementos poéticos y metafóricos, con un realismo a secas, descripción a ras de tierra de las formas de vida de un lugar y de las formas de ser de sus gentes. También se balancea el segundo largometraje de Alberto J. Gorritiberea entre una serie de detalles correspondientes a distintas épocas, que conforman un tiempo indefinido, imposible, para la acción de la película. Una suma de extremos demasiado atrevida como para que el relato encuentre lógica y fluidez. En el tiempo que dura una apuesta ocurren demasiadas cosas (boda incluida), y aspectos como la actuación de la Guardia Civil adquieren tintes grotescos.

Con vocación de melodrama a la antigua usanza, 'Arriya' ensalza e ideliza los elementos de la estética más tradicional de Euskal Herria, apoyándose en una lucida y eficaz fotografía, para contar una historia heredada una vez más de 'Romeo y Julieta', que sin embargo presenta la tradición como atadura para el joven que quiere labrar su propio camino. Pero lo hace con un estilo constreñido, en el que priman los diálogos, mientras las escenas de acción (la de la piedra al comienzo, la del toro) quedan torpemente expresadas y han de ser luego explicadas por los personajes. Iban Garate y Begoña Maestre sobresalen en un conjunto actoral irregular y 'Arriya' se queda en una evocación de lugares y sentimientos que pueden resultar atractivos en sí mismos, pero que no logran encajar en una dramatización sólida y coherente.