El obrero del fútbol

Luis Rubiales, el representante de los futbolistas, fue un defensa modesto y tenaz martirizado por las lesiones y los impagos. Estudió Enfermería y ahora cursa quinto de Derecho. Colgó las botas cuando jugaba en Escocia para defender a sus compañeros y se ha convertido en el cerebro de la primera huelga de futbolistas en 27 años

PIO GARCÍA
Rubiales, cuando era el número 17 del Levante. A la izquierda, pugna con Leo Messi y, a la derecha, dribla al atlético Antonio López ante la mirada de Diego Forlán. ::
                             AP/EFE/
Rubiales, cuando era el número 17 del Levante. A la izquierda, pugna con Leo Messi y, a la derecha, dribla al atlético Antonio López ante la mirada de Diego Forlán. :: AP/EFE

Poca gente le recordará vestido de futbolista. No jugó en el Barcelona ni en el Real Madrid. Tampoco tenía la magia de Messi, el látigo de Cristiano Ronaldo o el toque geométrico de Xavi. Ni siquiera exhibía la imponente jerarquía de Piqué. Luis Manuel Rubiales Béjar, nacido en Las Palmas en 1977 pero criado en Motril (Granada), ocupó el lateral izquierdo de varios equipos modestos que no suelen salir en los telediarios y que están acostumbrados a sufrir: Guadix, Mallorca, Lleida, Xerez, Levante, Alicante... A Rubiales tal vez no le escogieran los caprichosos dioses del fútbol, pero se ganó una carrera respetable a base de sudor, trabajo y mucha tenacidad. «Como lateral tenía mucho recorrido y buena calidad técnica. Y, sobre todo, era muy comprometido», explica Pablo Pinillos, excompañero de Rubiales en el Levante. «Era un defensa moderno, físicamente muy fuerte. Le gustaba atacar», resume el hoy entrenador del Sporting de Gijón, Manolo Preciado, quien lo tuvo a sus órdenes una temporada, también en el equipo levantino: «Siempre fue un modelo de entrega, leal con todo el mundo», concluye.

El defensa granadino consiguió dos ascensos a Primera División y durante cinco temporadas (2003-2008) se convirtió en un ídolo de la grada del Ciudad de Valencia, sede de la Unión Deportiva Levante, cuyos seguidores le colgaron el significativo apodo de «Pundonor» y hasta formaron una peña con su nombre. Pero, para recoger algunas rosas, Luis Manuel Rubiales tuvo que clavarse muchas y dolorosas espinas. Años enteros perdidos por las lesiones y envenenados por los impagos; años amargos que han modelado su personalidad y que quizá expliquen su inaudita combatividad al frente de la habitualmente mortecina Asociación de Futbolistas Españoles (AFE).

El hijo del alcalde

Luis Rubiales es hijo de Luis Manuel Rubiales López, un político que llegó a ser alcalde socialista de Motril (1995-2003) y que hoy es concejal en el municipio granadino por Convergencia Andaluza, partido en el que recaló tras abandonar ruidosamente el PSOE. Luis Rubiales (hijo) fue un buen estudiante con una pasión absorbente por el fútbol y un ídolo, Bernd Schuster. De crío había llamado la atención de Vicente del Bosque, que quiso incorporarlo a la cantera del Real Madrid, aunque Luis y sus padres acabaron decidiéndose por una oferta paralela del Valencia, que les sedujo con mejores condiciones para su desarrollo educativo y personal. Tenía 15 años. En la ciudad del Turia, lejos de su familia, acabó el COU y aprobó Selectividad, con mención especial del tribunal examinador por la brillantez de sus exámenes. Se matriculó en Educación Física, pero acabó decidiéndose por Enfermería: las clases se ajustaban mejor a su horario de entrenamientos. Entonces le fichó el Atlético de Madrid, lo llamó la selección española sub-18 y Luis Rubiales pensó que sus sueños infantiles se iban a cumplir pronto: ante él parecía desplegarse una mullida y cómoda alfombra roja hacia el éxito. Se equivocaba.

A los 18 años, cuando jugaba en el filial colchonero, se rompió el recto anterior de la pierna izquierda. El pronóstico fue malo. Terrible. «El doctor Guillén, que hoy es un buen amigo suyo, le operó. Y recuerdo bien cuando, en la habitación de la clínica, le dijo: quizá puedas seguir jugando... aunque sea como aficionado», narra su padre. Perdió el año, el Atlético le dio la baja y el joven Luis Rubiales regresó a Motril estupefacto, roto y acongojado. Sin embargo, aquella desgracia descubrió una de las principales virtudes de Luis: su tenacidad y una fe capaz de doblar el acero. «En lugar de hacer dos o tres horas de rehabilitación, él decidió hacer ocho cada día -narra su padre-. Así durante meses y meses. Sin desfallecer. Se recuperó y a los 19 años tuvo que empezar de cero, como si no hubiera jugado jamás. Lo hizo en Tercera División, con el Granada 74».

Luego llegaron el Guadix, el Mallorca, el Lleida, el Xerez y el Levante. Un lento, fatigoso y trompicado ascenso hacia la élite, continuamente amenazado por sus lesiones en la rodilla. Durante sus temporadas más brillantes, Rubiales se dio el gustazo de ascender a Primera División con el Levante (en 2004 y 2006) y de enfrentarse contra gigantes como Messi, Raúl o Forlán. Hasta logró paladear una inaudita victoria en el Santiago Bernabéu (Real Madrid 0-Levante 1, el 4 de febrero de 2007). Pero el fútbol modesto suele ser un territorio inhóspito, de glorias quebradizas y miserias siempre acechantes. Semanas después de aquel resonante triunfo en el Bernabéu, el Levante se deshacía en girones, víctima de una catastrófica gestión económica. Los jugadores denunciaron impagos prolongados y algunos aseguraron que llevaban año y medio sin cobrar sus nóminas. Incluso amenazaron con una huelga, salvada en el último minuto por un acuerdo con el club. Rubiales llevó la voz cantante en las negociaciones y concitó el apoyo de sus compañeros por sus argumentos coherentes y su claridad expositiva. «Creo que ahí surgió el Luis reivindicativo y solidario que hoy todos conocemos», advierte su padre. Pablo Pinillos no vivió aquella convulsa época en el Levante, pero recuerda que Rubiales siempre fue un tipo cuya opinión pesaba en el vestuario: «Era una persona honrada, que hablaba con sentido común. Se notaba su preparación».

Luis Manuel Rubiales jugó su último partido recién cumplidos los 32 años, el 29 de agosto de 2009, en un escenario remoto y mítico: el Ibrox Park, estadio del Glasgow Rangers. Unos meses antes, el lateral granadino había hecho las maletas y aceptado una oferta exótica: quería acabar su carrera en el Hamilton Academical, un humilde equipo de la Primera División escocesa. Rubiales deseaba probar el gusto de jugar en otra competición y, de paso, acabar la carrera de Derecho (ahora está en quinto) y perfeccionar su inglés, un idioma que llevaba varios años estudiando.

Era la tercera jornada de Liga. Rubiales, lateral izquierdo titular, se había ganado a la hinchada británica con su fútbol veloz, ofensivo y febril. Aquella tarde, el Rangers cumplió el pronóstico y le metió cuatro goles al Hamilton. Cuando el árbitro pitó el final del partido, solo Luis, su mujer, Nela, y su padre, que estaba en la grada, sabían que Rubiales había pegado sus últimas carreras por la banda. Nadie más lo intuía entonces, pero animado por muchos compañeros, Luis había decidido renunciar a su aventura escocesa, resolver (amistosamente) su contrato, colgar las botas y regresar a España. Iba a presentarse a las elecciones de la AFE, un sindicato que se había convertido, bajo el largo mandato de su antecesor, Gerardo González Movilla, en un instrumento ornamental, complaciente y poco bullicioso.

En año y medio al frente del sindicato de jugadores, Rubiales ha revolucionado el guión del fútbol español y ha convocado la primera huelga en 27 años, con un seguimiento total. «Está cansado, pero satisfecho -revela su padre-. Cuando está convencido de algo no hay quien le pare».

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