¿Mal educados?

El autor compara los modelos educativos de Alemania y España. Y concluye sobre el segundo que «cada experimento que no busque solo la foto inaugural de un nuevo pantano educativo añadirá algo a un país que necesita urgentemente espabilar»

DIEGO ÍÑIGUEZDOCTOR EN DERECHO
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                             JOSEMARI ALEMÁN AMUNDARAIN/
:: JOSEMARI ALEMÁN AMUNDARAIN

Qué hace bueno, o mejor, un sistema educativo: la igualdad de oportunidades o la excelencia? Quizá las cosas no sean tan sencillas. Para empezar, ¿cómo se miden? Hace diez años, los resultados del primer estudio PISA produjeron consternación en Alemania: sus escolares quedaron en una posición mediocre y se vio que el nivel educativo y económico de los padres determinaba el de los hijos como en ningún otro país de la OCDE. España tuvo resultados parecidos -un poco por delante de Alemania en dos de las tres pruebas-.

La culta sociedad alemana creía seguir teniendo uno de los mejores sistemas del mundo, saberlo retrasado fue un choque que llenó portadas y estudios. Cada estado emprendió reformas, se han establecido estándares y pruebas unificadas, reducido itinerarios, ampliado horarios. El gasto educativo es el único que no ha sufrido recortes. La reacción social en España fue escasa, indiferente. En Italia, duele la sospecha de que decaen sus liceos humanísticos, como en el Reino Unido que los laboristas hayan sacrificado los Grammar Schools a una concepción ideológica (que no siempre ha de significar poco realista e insensata) de la igualdad.

En los estudios posteriores Alemania queda mejor. ¿Han mejorado los sistemas -dieciséis, tantos como estados federados- o han aprendido a hacer mejor los exámenes? Las dos cosas. La preocupación por mejorar es profunda en la sociedad, los dirigentes políticos saben que lo educativo hace ganar y perder elecciones: los democristianos y verdes de Hamburgo quisieron reformar la estructura escolar contra su base social y perdieron el gobierno, como los democristianos en Renania del Norte.

Pero, ¿está tan mal el sistema alemán? Sí para los hijos de inmigrantes que no aprenden bien la lengua y pierden sus posibilidades de integración laboral; para los chicos con padres que no se ocupan de que estudien; para los que maduran tarde en un sistema que selecciona implacablemente a una edad temprana. No si se mira la calidad de la industria y la invención alemanas, la potencia de su economía, la calidad del consenso social y el debate político, la sensación palpable de que en Alemania hay menos ciudadanos más iguales que otros que en países con leyes rebosantes de igualitarismo.

Los gobiernos alemanes se hacen preguntas estratégicas sobre educación: qué va a hacer falta al país en un contexto global, cómo conseguirlo. También prácticas: cómo reclutar a cientos de miles de profesores que reemplacen a la generación que se jubila ahora, cómo formarles más prácticamente, cómo organizar la jornada escolar para reducir las diferencias sociales. Tiene buenas raíces: su concepción de la educación como Bildung, una formación integral en que cada uno toma parte activa y consciente para ser un ciudadano culto. Reconoce el esfuerzo educativo (por eso han tenido que dimitir dirigentes políticos muy populares que habían plagiado en sus tesis) y a los profesores. Tiene institutos de secundaria especializados -en idiomas, matemáticas, deporte, tecnología- y una formación profesional óptima, con 450 profesiones tituladas. Su sistema de educación complementaria comprende las universidades populares para adultos y unas escuelas municipales de música que enseñan a un millón de niños. «Lo perdimos todo cuando tuvimos que huir de los rusos en el 45, mis padres solo pudieron darnos estudios: todos los hermanos somos doctores y, naturalmente, cada uno toca dos instrumentos», explica un periodista. Toda una visión del mundo.

.que no nos es tan ajena: los hijos de los inmigrantes españoles en Alemania llegaron a la universidad en mayor proporción que los propios alemanes. Pero uno se pregunta si nuestro sistema está de verdad un poco por delante del alemán. Las familias se preocupan porque saben lo que se juegan sus hijos en un mundo más expuesto, complicado, con más competidores, pero no tienen cauces para expresarlo: los institucionales son rituales, la universidad produce análisis inteligentes -lean 'La máquina de la educación' de García Garrido- pero no influye tanto, los sindicatos defienden sus intereses. Sabemos poco de la visión del mundo que anima los programas políticos educativos, salvo de los que miman las peculiaridades lingüísticas de entornos pequeños y autoreferenciales: una reacción típica frente a la globalización, a veces una versión actual de 'The Big Rock Candy Mountain'.

¿Qué hacer? Casi cualquier cosa que abra el horizonte, que mejore algo de manera mesurable, comparable. Que impulse la innovación, dé autonomía a los centros y sus directores, haga atractivo el trabajo de estos héroes anónimos, les mueva a hacer experimentos -con calma, sin exigencias- y a especializarse. Que anime a los profesores que, por jóvenes o por mayores, sabrían hacer mejor las cosas pero ni lo intentan, desanimados por la pesadez mediocre de sus centros y las coartadas habituales de la izquierda o la derecha, la igualdad o la excelencia, la concertada o la pública. Que deje entrar aire fresco, integrando en el sistema a profesores visitantes, auxiliares de conversación, doctorandos y becarios con sus idiomas y experiencias. Cada experimento que no busque solo la foto inaugural de un nuevo pantano educativo añadirá algo a un país que necesita espabilar.

Porque si no abrimos al mundo nuestro sistema educativo, el choque con la realidad de la globalización dejará zapatera la sorpresa alemana cuando descubrió que su gran sistema educativo histórico se había convertido en uno mediocre, desigual e insuficiente.

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