La voz en la historia

EMECÉ
Marina Rodríguez-Cusí. ::
                             MICHELENA/
Marina Rodríguez-Cusí. :: MICHELENA

Pese a que la Hermandad de las Villas Guipuzcoanas acordó la demolición de la casa-torre de Igartza, en el año 1457, en tan solo mil días después, 1460, renació de sus cenizas y fue reconstruida. Es único testimonio vivo de la utilización de la madera en la arquitectura vasca del siglo XVI.

En semejante lujo histórico de fraternidad entre piedra y madera, tuvo lugar el concierto que en el día de ayer ofreció la cantante mezzosoprano, nacida en la localidad valenciana de Siete Aguas, y una de las voces de mayor reconocimiento a lo ancho y largo de las Españas y fuera de nuestras fronteras, con una constante participación en representaciones líricas y en oratorio-concierto. Una pena que el noble patio central no tuviera cubiertas todas las sillas colocadas.

En el 50 aniversario del fallecimiento de Jesús Guridi, Marina interpretó, de entrada, sus 'Seis canciones castellanas', en la que su textura vocal, pastosa y de cuajada encarnadura, resultó perfectamente ensamblada en la historia, deleitándonos, sobre todo, con la pieza 'No quiero tus avellanas'.

Emplea esta cantante una musicalidad tímbrica muy equilibrada en su tesitura, pues el dominio que tiene del registro central le permite ir al grave sin oscurecer la voz y subir al agudo con la seguridad de unos buenos apoyos en las notas de paso. Tal así lo demostró en la tensa obra 'Saeta en forma de salve, Op. 60» de Joaquín Turina.

De siempre, la faceta que más ha apreciado quien estas lineas escribe respecto a esta voz es su exquisito gusto, su cuidada expresividad y su correcta dicción, sobre todo sabedora ella de que no tiene una especial anchura, que en vez de ser demérito lo aprovecha para hacer encantamiento meloso en su canto. Buena prueba de ello fue «Punto de habanera' de las 'Cinco canciones negras' de Montsalvatge.

Permanente punto de acertado apoyo fue el elegante piano de Borja Mariño.

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