Hallado un collar de hace 25.000 años en el yacimiento Irikaitz

La joya-herramienta descubierta por un equipo de Aranzadi en Zestoa es del periodo Gravetiense. También se han encontrado piezas de 250.000 años que permiten conocer al Homo Heidelbergensis

TERESA FLAÑOSAN SEBASTIÁN.
El collar. Alvaro Arrizabalaga sujeta la piedra que servía de collar y herramienta en el periodo Gravetiense./
El collar. Alvaro Arrizabalaga sujeta la piedra que servía de collar y herramienta en el periodo Gravetiense.

Los integrantes del equipo de arqueólogos de Aranzadi que se encuentran trabajando en el yacimiento de Irikaitz en Zestoa vivieron el pasado lunes un día de fiesta: celebraban el descubrimiento de una pieza única, un collar de hace 25.000 años, es decir, que pertenece al periodo Gravetiense del Paleolítico Superior. Otro collar famoso, el de la cueva de Praileaitz, tiene 'solo' 15.000 años. Alvaro Arrizabalaga, profesor de Prehistoria en la Universidad del País Vasco, que dirige la excavación, comentaba ayer que «Irikaitz siempre nos ha dado muchas satisfacciones, pero ésta se encuentra por encima de todas. Es muy agradecido».

Visualmente la joya puede parecer el objeto más importante hallado estos días, pero no lo es porque también se han encontrado herramientas mucho más antiguas y que han permitido conocer que el lugar ha estado ocupado en dos ocasiones, con una diferencia de miles de años entre ellas. Una es la que le da mayor valor al yacimiento porque es la menos habitual, la del Paleolítico Inferior. «Empezamos calculando que tendría unos 150.000 años, pero ahora nos estamos acercando más a los 250.000 aproximadamente». Son unas herramientas muy toscas realizadas con cantos de río, concretamente del Urola. «Se asentaban aquí porque encontraban unas materias de tipo volcánico, muy difíciles de localizar en otros puntos del País Vasco. No son ni mejores ni peores que otras, sino que a los habitantes de entonces les atraían, les parecían exóticas y por eso las apreciaban. En este tramo concreto del Urola son del formato y tamaño que les interesaban».

Los numerosos cantos que están depositados en este yacimiento permiten afirmar que tenían su propio taller donde probaban la calidad de las piedras. Les daban un golpe y si no se rompían seguían tallandola. En caso contrario, cerca de las tres cuartas partes de lo transportado, se desechaba. La piezas localizadas estos días muestran que «con dos golpes conseguían una herramienta como un hendidor que servía para cortar porque además de trabajar la piedra, basalto y vulcanita, también eran cazadores». Los restos de hueso han desaparecido porque el suelo es muy ácido y el yacimiento está al aire libre.

Mayor valor

En uno de los hallazgos se ha encontrado la herramienta terminada junto a la lasca retirada de la piedra. «Para nosotros esto es muy importante porque nos permite certificar que las piezas se han dejado donde se tallaron, de forma que el yacimiento adquiere más valor si cabe porque generalmente los objetos pertenecientes a estos periodos han sido movidos».

Más reciente, de aproximadamente hace unos 25.000 años, es una serie de utensilios encontrados, entre los que se encuentra el collar, una punta flecha, un buril y un raspador con un borde redondeado que se utilizaba sobre todo para limpiar las pieles sin cortarlas.

Respecto al collar, Arrizabalaga explica que «ha sido como encontrar una aguja en un pajar, todo porque está entero y porque el yacimiento tiene una extensión de 80.000 metros cuadrados. Se trata de un ornamento personal que empleaban los neandertales y que no es muy abundante en la Península Ibérica. En total se habrán localizado unas veinte 'joyas', en su mayoría realizadas con conchas marinas y colmillos de ciervos, pero todas ellas se han hallado en cuevas».

De un primer estudio, -todavía faltan muchas pruebas de laboratorio-, se desprende que el abalorio tenía una doble función porque además de servir de ornamento, -tiene un agujero muy pulido porque en su tiempo estaba atravesado por un cordel-, se usaba como herramienta. «Tiene una serie de puntitos por las dos caras que se produjeron al retocar y afilar piezas en xiles. Se podría decir que nuestro prehistórico era una especie de MacGyver que llevaba a mano los utensilios». Porque como explica «hace 25.000 años eran cromagnones como nosotros, con las mismas capacidades para pensar y capacidades simbólicas, tendrían alguna creencia y hablaban perfectamente un lenguaje articulado. Otra cosa son los que llegaron aquí hace más de 250.00 años que son humanos, Homo Heidelbergensis, con un tipo de comportamiento diferente».

Desde su faceta de profesor Alvaro Arrizabalaga ha comentado en repetidas ocasiones que «si dividimos la Prehistoria del País Vasco en seis partes cronológicas, de las cinco primeras sabemos muy poco por no decir nada. Pero si algún día se llega a saber algo, será a partir de Irikaitz porque se corresponde a los momentos más antiguos. Si tenemos ocupaciones humanas desde hace 300.000 años conocemos relativamente bien solo los últimos 50 o 60.000. Con la densidad que aparecen los hallazgos en este yacimiento se puede considerar que Irikaitz es imprescindible para entender la Prehistoria, no solo del País Vasco, sino de todo el Cantábrico y es un apoyo sólido para toda la Península Ibérica».

Irikaitz era un asentamiento para los habitantes del Paleolítico Inferior al que acudían todos los años, concretamente en octubre. Se ha podido tener tanta exactitud a la hora de concretar el mes porque se han encontrado cáscaras de avellana quemada, que cocinaban para alimentarse. «Es otro milagro que se conserven desde entonces», apunta Arrizabalaga. Los campamentos eran pequeños, con dos precarias chozas de maderas y pieles que se colocaban a una distancia de cinco o seis metros. «Como repetían todos los años hay muchos restos y parece que los asentamientos eran mucho más grandes, pero como mucho vivirían unas doce personas por temporada. Tenían fuego, lo demuestra una placa de hogar, y utilizaban paravientos».

Irikaitz todavía tiene mucho que ofrecer y aún quedan cosas por desvelar como «por qué colocaban piedras en la zona denominada taller de una manera determinada y ordenada, que no es fruto del azar, pero que no se conoce su función».