El oficio de los areneros pasó a la historia hace 40 años

A.V.SAN SEBASTIÁN.

No hace tantos años podía verse en el Urumea, entre los puentes del Kursaal y Santa Catalina, a los gabarreros que recogían con palas la arena del fondo del cauce del río. Esa arena servía para hacer mortero en los caseríos, con cal y arena mezclados, también para huertas, para revolver con la tierra y engrosarla, para la construcción, para camas del ganado...

Aquellas gabarras, negras y planas, navegaban medio hundidas por la carga cuando ascendían lentamente aguas arriba, impulsadas a golpes de pértiga por los gabarreros. Las últimas salidas, que realizaron para recoger arena, pueden situarse en el año 1965 o 1966, señala Félix Elejalde en su libro 'Pasado, presente y futuro de Loiola', a quien cito a continuación.

«La gente se quedaba admirando el esfuerzo de aquellos atléticos gabarreros, que hora tras hora tenían que clavar la pala en la arena, amontonarla simétricamente, distribuyéndola en dos grandes montones, uno en cada extremo de la gabarra, y además eliminar el agua con un achicador. Cada gabarra cargaba unas 15 toneladas. La hora del inicio de la fatigosa tarea la marcaba la marea. Tenía que ser marea baja para aprovechar la hora de la subida con la gabarra cargada. Hasta tal punto eran incansables aquellos fornidos gabarreros que, si la ocasión era propicia, aprovechaban dos mareas en un mismo día. Cargaban y subían, descargaban y volvían a bajar».

Comenzaban el trabajo por mareas y se guiaban por la luna. Empezaban de la cuartera a la media luna; en la próxima cuartera empezaban de madrugada para terminar por la tarde. Embarcaban en el barrio de Loiola, en el puerto de Gorriti, bajaban hasta los puentes del Kursaal y el de Santa Catalina, empujando siempre con la pértiga -agaya-, fondeaban, llenaban la gabarra y esperaban a que llegara la marea, para poder subir.

Se ponían ropa vieja para meterse en el agua. Trabajaban ocho y nueve horas. En los dos montones habría unas 14 ó 15 toneladas, lo que venía a suponer 1.300 kilos por metro cúbico. Se vendía a 50 pesetas el metro cúbico, obteniendo ellos cinco duros por metro. El trabajo era muy duro. Todos acabaron con reúma.

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