El espejo retrovisor

Estamos en otros tiempos, eso es evidente. Pero no deben servir para olvidar la barbarie, para desterrar de nuestra memoria las salvajadas cometidas aquí

PEIO SALABURU
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                             ALFONSO BERRIDI/
:: ALFONSO BERRIDI

Mucha gente en este país ha confiado en Bildu, pensando, quizás, que en la medida en que se ocupe de la gestión, se abrirá un nuevo tiempo, todos seremos felices y comeremos perdices. La mayoría de sus votantes votaban antes a Batasuna. Se les sumaron luego los responsables de EA y Alternatiba, partidos que estaban llamados, casi con seguridad, a desaparecer. Fue un favor impagable el que les hicieron, porque EA y Alternatiba contribuyeron a cargar de razones la propuesta: ¿Quién iba a dudar de la calidad democrática de EA, que hasta anteayer estaba en el Gobierno? ¿Quién lo iba a hacer con Alternatiba, si nadie sabía que existía siquiera? Ha sido tan impagable el favor que nunca se lo van a pagar. Coexistirán hasta el momento que quieran los independientes: luego desaparecerán. Si una imagen vale más que mil palabras, resultaba patético observar en la noche electoral a Oskar Matute hablar de «nosotros y nosotras, los trabajadores y trabajadoras de este país, que nunca nos dejaremos pisar», al estilo de un Ángel Pestaña equivocado de siglo, mientras el resto estaba a lo que estaba. Las fotos publicadas unos días más tarde reflejan al recién elegido diputado general de Gipuzkoa extendiendo, con sonrisa beatífica, su mano a Rufi Etxeberria, otro conocido independiente, mientras parece obviar el abrazo de Urizar, que se le acerca (o se le abalanza) desde un lado. En otra, Garitano da la mano con educación a Matute, al tiempo que se sitúa de espaldas y mira exactamente en la dirección opuesta, como no sabiendo ni de quién son esos dedos que imploran atención. Favor impagable, como digo. Pero todo esto forma parte de la política.

Luego se vuelve a la vida diaria: y esto de la vida diaria se traduce en gestionar, cobrar impuestos y cosas así. No cabe duda de que, por ejemplo, la alcaldesa de Andoain apunta maneras, y muestra una delicadeza tan tierna como suave en el trato al amenazado. Decide por eso que una parte importante de sus municipales dedique sus horas de trabajo a impedir la entrada en el edificio a los escoltas del alcalde anterior, porque ya no es necesario, estamos en otros tiempos. Aunque acaban de detener en la frontera franco-italiana a un angelito de ETA con la maleta llena, estamos en otros tiempos, no hay que preocuparse, el alborozo de las nueva época no debe distraernos con menudencias. Lo contrario significa mirar por el retrovisor. Y, claro, mirar al retrovisor y ver la cantidad de gente que ETA -esa organización tenebrosa a la que muchísimos votantes de Bildu han defendido sin ambages- ha dejado en la cuneta, les debe remover un poco las entrañas. Así que mejor no mirar nada, no vaya a ser que alguien descubra secretos. Pretenden, de esta forma, socializar el olvido, igual que en su día pretendieron -y consiguieron en gran medida- socializar el sufrimiento. Pretenden que nos durmamos, que olvidemos: no ha existido aquí nada. Es verdad que ha habido algunos asesinatos, pero pelillos a la mar: tan diputados eran unos como otros. ¿Condenar a ETA? «Hoy no toca eso» (ni hoy ni nunca, por cierto).

Quienes estamos en contra de la violencia condenamos el asesinato salvaje de Muguruza, diputado de HB. Y hemos seguido condenando los centenares de asesinatos que ha cometido ETA después, porque pensamos que todos los asesinatos son eso: asesinatos. Así que no, no estamos dispuestos al olvido, por mucho que gobierne Bildu y le moleste. Estamos en otros tiempos, eso es evidente. Pero estos otros tiempos no deben servir para olvidar la barbarie, para desterrar de nuestra memoria las salvajadas que se han cometido aquí, cometidas por quienes las han cometido, con el beneplácito de muchos, muchísimos de los que hoy han decidido votar a Bildu.

A veces produce sonrojo mostrar lo evidente, pero ante estos intentos de socializar el olvido y esta arrogancia con personas aún amenazadas, es necesario que alcemos la voz, y que digamos con voz clara que aquí han sucedido muchas cosas, y que si no siguen sucediendo más no es porque se ha producido un súbito vuelco en su forma de pensar, una conversión paulina, sino porque las leyes y la actuación policial, así como la reacción de la propia sociedad, les han puesto en el disparadero: o cambiamos o desaparecemos. Y como tampoco son tontos, han cambiado, y han proclamado, si no la venida del Mesías, sí al menos la venida de nuevos tiempos. Tiempos sin retrovisor: todos somos hermanos, nos queremos mucho, todos hemos sufrido, y esto es jauja. Así que vamos a olvidar y mirar siempre hacia adelante. Empecemos de cero.

¿De cero? ¿Y el reguero de víctimas? ¿Y nuestra propia vergüenza colectiva ante los duros años de plomo y el silencio social? ¿Y esas familias destrozadas? ¿Y los asesinados que nunca podrán disfrutar de los «nuevos» tiempos? La normalización no se entiende desde el olvido, sino mediante esa práctica tan humana que consiste justamente en lo contrario: la asunción del pasado, porque solo nos podemos ver hoy en lo que hemos sido ayer. Reconociendo y asumiendo el pasado se puede avanzar en la convivencia. Reconociendo el daño causado, condenando de forma clara a ETA (eso siempre toca), se puede construir un mundo nuevo, y se pueden abrir ventanas a otros horizontes.

Afirmar que «todos hemos sufrido» es una absoluta banalidad, aunque lo diga el señor diputado. Así lo diga mil veces. Porque no es cierto: las mentiras, por mucho que se repitan, no se convierten en verdad. Algunos no han sufrido nada, más bien lo contrario: han gozado, con cara farisaica, eso sí, haciendo sufrir al personal, y otros han sufrido porque han calculado mal el alcance de sus actos. La mayoría ha sufrido porque unos desalmados les han hecho sufrir. Para muchos de ellos jamás habrá nuevos tiempos. Bildu aún puede aterrizar: nuevos tiempos sí, pero siempre con referencia a los viejos, no se nos vayan a olvidar.