Un club con reina y gobernador

Cuando no hay campeonato, las pistas de hierba de Wimbledon están reservadas a las élites británicas

ÍÑIGO GURRUCHAGA
La historia. Imágenes del museo del All England Lawn Tennis and Croquet Club. ::
                             IONE SAIZAR/
La historia. Imágenes del museo del All England Lawn Tennis and Croquet Club. :: IONE SAIZAR

Mañana comienza en Wimbledon The Championship ('El Campeonato'), un torneo que junto a los de París, Nueva York y Melbourne forma parte del Grand Slam, pero que, a diferencia de los otros tres, se disputa realmente en un club de tenis.

En Roland Garros, Flushing Meadows y el estadio de Melbourne las federaciones nacionales han creado centros de formación. En las pistas de los abiertos de Estados Unidos y de Australia puede jugar cualquier aficionado. No así en París y, desde luego, tampoco en Londres.

Wimbledon es un barrio del sur de la capital británica. Allí, el huésped del torneo es el All England Lawn Tennis and Croquet Club, que comenzó su andadura como una sociedad de cróquet, un juego muchísimo más antiguo que el inventado por el comandante Walter Clopton Wingfield, cuya red elevada, sostenida por unos postes, se extendió a finales del siglo XIX porque, entre otros motivos, el aparataje para montar una pista cabía en una caja de madera.

Sin embargo, fue otro club, el de críquet Marylebone, el que dictó las normas del tenis: el tamaño de las pistas, la altura de las redes y la forma de puntuar -inspiradas en los cuadrantes del reloj (15, 30, 45, convertido en 40 para simplificar el anuncio por los árbitros del resultado)-. Los socios del All England adoptaron el juego unificado y empezaron a organizar una competición entre sus socios.

En 1921 se trasladaron a la actual sede, en Church Road. El Campeonato se había convertido en un evento del calendario deportivo y, como se celebraba en julio, los espectadores comían las fresas de temporada. Por eso las fresas con nata han quedado como una de las tradiciones de Wimbledon, aunque ahora se celebre un mes antes.

En el museo que hay en el interior del All England se puede ver una fotografía aérea del club en 1921. Había entonces una pista central y nueve anexas, todas ellas de césped, que es la traducción de 'lawn'. Ahora, la vieja arquitectura del club ha sido sumergida bajo un complejo de estadios: desde el majestuoso de la pista central hasta el más remoto de la pista doce, con su grada descubierta y sin distinciones de asiento.

En la actualidad tiene diecisiete pistas de hierba, seis de arcilla y cinco de resina acrílica. En unos terrenos que se utilizaban como aparcamiento durante la competición y que fueron adquiridos por el club hay otras veintidós de hierba y dos acrílicas, donde los profesionales practican mientras se celebra el torneo. Es el Parque Aorangi, una expresión maorí para una montaña que evoca al club de la comunidad neozelandesa que estaba allí.

En todas esas pistas de hierba no juega nadie desde setiembre a mayo. El 31 de agosto, el All England cierra sus puertas y queda en manos de los jardineros, que cada año levantan el césped, siembran de nuevo con semilla de Rye Grass (Lolium Perenne), alisan la superficie y esperan la llegada de la primavera para volver a plantar.

Los jardineros cortan la hierba en primavera a 50 milímetros, con la llegada del verano bajan a 12 milímetros y para 'El Campeonato' la dejan con 8 milímetros. Es este un club, un juego y una competición que es posible gracias a la invención de la máquina cortacésped, que permitió a los directivos contemplar la ampliación de sus instalaciones, mantenidas hasta entonces con un rodillo tirado por un póney.

Como todos los años, dos mujeres socias del All England recibieron ayer una llamada telefónica para invitarlas a ser las primeras en disfrutar de la pista central. Jugarán con recogepelotas, árbitros, jueces de línea y megafonía. Si disputan dónde cayó una bola, se recurrirá al ojo de halcón. En ellas recaerá el privilegio de comprobar en la mañana de hoy que todo está bien dispuesto para el estreno.

Cuando termine 'El Campeonato', los miembros del club podrán jugar en las pistas ya gastadas hasta el final de agosto. Se disputarán también partidos de la Copa Davis, si se da el caso, y competiciones fomentadas por la Federación de Tenis de Hierba (LTA), que contribuye a la organización y recibe el excedente de beneficio, cerca de 50 millones de euros anuales, que deja esta competición.

Mariscales y lores

Otros clubes británicos podrán acordar algún intercambio con los miembros del All England, de tal modo que, como sucede en sociedades de tenis en todo el mundo, unos podrán jugar en las pistas de los otros. Pero, a diferencia de lo que ocurre en Flushing Meadows o en Melbourne, un aficionado cualquiera perdería su tiempo intentando jugar en Wimbledon. La única manera de pisar el césped del All England es por invitación de alguno de sus miembros.

No es sencillo lograrla. La manera más simple de jugar es convertirse en socio del club y eso solo se puede alcanzar si uno conoce a cuatro miembros, a los que debe convencer de que escriban al comité directivo una carta de recomendación. Pero eso no garantiza que el All England le incluya entre sus miembros.

Hay varias clases: socios con pleno derecho, vitalicios, honorarios, temporales y juveniles temporales. De las tres primeras categorías solo puede haber 500. Para ser miembro de la clase honoraria hay que ganar un título individual o ser un «jugador eminente de tenis sobre hierba», benefactor del club o de 'El Campeonato' o haber ofrecido 'servicios especiales' a este deporte. Los temporales son elegidos por el comité del club para ser miembros únicamente durante un año.

¿Quienes son los socios? La patrona es la reina. El presidente es su primo, el duque de Kent. Un rey, Jorge VI, participó en el torneo de Wimbledon. Zurdo, como Nadal, el entonces duque de York jugó con Louis Greig, el amigo en el que se apoyó el padre de la reina para superar sus fragilidades, a pesar de que lo olvide la reciente película de éxito 'El discurso del rey'.

Entre los vicepresidentes hay dos mariscales del aire, un lord que fue político conservador, un excomentarista de partidos y directivo del tenis, algún profesor universitario... En el comité está Tim Henman, que hace una década fue la gran esperanza inglesa para ganar alguna vez lo que ya habían ganado Fred Perry y Virginia Wade sobre estas hierbas en años ya remotos. Y también Mervyn King, el gobernador del Banco de Inglaterra, a quien se puede ver, sea la crisis económica del tamaño que sea, contemplando bolazos desde el palco real de la pista central.

La lista de los miembros es secreta, la cuota anual también es confidencial, como la contabilidad del torneo. Así que en este decorado en el que el verde y el malva, distintivos del club, son omnipresentes, hay que olvidarse del espíritu inquisitivo y disfrutar de lo que esta élite británica ha montado para el deleite del mundo.

Teniendo en cuenta siempre que la tradición es importante -las bolas serán siempre Slazenger y las imágenes, de la BBC ofrezcan lo que ofrezcan las televisiones privadas- como lo es la peculiaridad del lenguaje: ¿De dónde viene 'love' para definir en el inglés universal del tenis el cero en la puntuación? Obviamente del francés. Del huevo, que se dice 'l'oeuf'.