Los 'valles de los caídos'

Casi cuarenta años después de su muerte, Franco sigue acaparando titulares en los periódicos. La sombra de sus obras conmemorativas es muy alargada. Tanto que llega a San Sebastián.

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Aspecto que luce la cruz esquelética del monte Mendizorrotz, 70 años después de la construcción del monumento. ::
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Aspecto que luce la cruz esquelética del monte Mendizorrotz, 70 años después de la construcción del monumento. :: GONTZAL LARGO

No es la primera vez que hablamos de Franco y de las huellas físicas que la Guerra Civil y la Dictadura dejaron en San Sebastián. Algunas de ellas se esfumaron con la democracia. Otras en cambio han esquivado los cambios políticos o, simplemente, se han sumergido en el mayor de los olvidos. Si por algo se caracterizó el régimen del Caudillo y en general los movimientos totalitarios fue por su pasión a la hora de sembrar ciudades y paisajes de monumentos, placas conmemorativas o cruces que recordaran el triunfo de la 'cruzada'. San Sebastián, con su temprana caída en manos nacionales, fue una de esas ciudades que sirvieron de lienzo para la iconografía franquista. Hoy nos detendremos en dos de esas construcciones creadas al calor de la Dictadura. Una de ellas, el monolito de Ondarreta, formó parte indisoluble de ese rincón de la ciudad durante tres décadas, aunque de él ya no queda nada. La otra, situada en lo alto del Mendizorrotz, lugar mucho menos frecuentado por los donostiarras, corrió una suerte muy diferente y es un tesoro para los amantes de las reliquias históricas.

Una cruz habita en lo alto del Mendizorrotz, ese monte del litoral que muchos ciudadanos conocen con el nombre genérico de 'Igeldo'. En realidad, se trata del esqueleto de una cruz. Es de hierro, está oxidada y los vientos que llegan desde el Cantábrico se enredan en sus varillas. Apenas supera el metro de altura y se esconde tras los muros del fuerte homónimo construido en las guerras carlistas. Tanto la cima del Mendizorrotz como la propia fortaleza llevan una vida discreta: hace años que este rincón fronterizo entre San Sebastián y Usurbil perdió la batalla contra la vegetación que todo lo invade. Si no fuera por las múltiples antenas que lo coronan y el camino asfaltado, los helechos habrían devorado hasta el último metro cuadrado de espacio que hay en la cumbre.

Es evidente que la cruz conoció tiempos mejores. Fue instalada en el año 1941 y su creación también implicó mejorar los accesos y decorar convenientemente la roca de piedra arenisca sobre la que se levanta. Sus promotores también adecentaron algunos de los muros del fuerte y crearon un pequeño tramo de escaleras para que aquellos que subieran allí no sufrieran los rigores ni los sudores del ascenso. ¿Quién se tomó tantas molestias para 'urbanizar' y sacralizar un monte? El Ayuntamiento de San Sebastián. ¿Por qué? Para honrar la memoria del «primer voluntario guipuzcoano caído durante la pasada Cruzada Nacional».

Eran otros tiempos, claro. Franco acababa de salir victorioso en la Guerra Civil y, lentamente, España entera empezaba a ser sembrada de monolitos, cruces, obeliscos y todo tipo de homenajes pétreos que recordaran a los muertos, a los mártires y demás víctimas -por lo general del bando nacional- de la contienda. La cruz de Mendizorrotz venera a José Manuel Gorospe Echeverría, Teniente de Requetés que aquí murió el mismo día en el que San Sebastián fue tomada definitivamente ('liberada', según la terminología franquista) por las tropas sublevadas, el 13 de septiembre de 1936, tras el intento fallido de julio de ese mismo año.

A pesar del cuidado que pusieron en levantarlo, pronto quedó de manifiesto un problema: su remoto emplazamiento propició que el homenaje gozara de una existencia agitada. No había lugar más cómodo y seguro para exteriorizar el descontento contra la dictadura de Franco que éste, a diez kilómetros de San Sebastián, solitario y en un punto de difícil acceso. Por ello, apenas una década después de su inauguración, el mausoleo había sido destrozado casi por completo y borrados a cincel «por manos criminales, los nombres gloriosos cuya memoria ahí se perpetúa, el Escudo de España y los emblemas del Glorioso Movimiento Nacional». Aunque el monumento fue reparado con mimo en 1951, los ataques prosiguieron en los años siguientes.

Paradójicamente, tras su agitada juventud, la cruz ha llegado hasta nuestros días, desprovista de cualquier significación política. Ya no hay referencias a la Guerra Civil, ni a la 'Cruzada', ni se puede intuir emblema alguno. Sólo sobrevive la esquelética estructura y, unos metros hacia el este, junto al mojón oficial que señala la altura del Mendizorrotz, una firma tallada en piedra en 1939, donde se lee el nombre de 'Mario Tosca'. Actualmente todavía pueden apreciarse, aparte de la cruz, las escaleras de acceso, una de las esferas de piedra que decoraban el monumento, así como las huellas de los rótulos y blasones. En uno de ellos figuraba la inscripción que recordaba a José Manuel Gorospe, que «aquí cayó para levantarse vencedor en el Cielo -por Dios, por la Patria y el Rey- el joven donostiarra. ¡Gloria a los Héroes de la Tradición!».

El obelisco egipcio

Serán muchos más los donostiarras que recordarán el obelisco que despuntaba en los jardines de Ondarreta, en el mismo lugar en el que hoy se ubica la escultura 'Zeharki' de José Ramón Anda Goikoetxea, y donde antaño estuvo la cárcel de Ondarreta. Habitó en ese lugar durante casi treinta años y fue derruido en 1980, cuando San Sebastián empezaba a sacudirse el polvo acumulado tras cuatro décadas de dictadura.

La escultura no aspiraba a ser discreta: se trataba de un espigado obelisco de 15,5 metros de altura, inspirado directamente en obras similares, como el de la plaza del Popolo en Roma o los egipcios de la Concordia de París o de Hatshepsut, en Karnak. Como en Mendizorrotz y en centenares de lugares de España, el régimen de Franco buscaba mitificar otro episodio de la Guerra Civil, uno que había tenido lugar en el patio de la cárcel de Ondarreta el 30 de julio de 1936, cuando fueron fusilados - «sacrificados por Dios y por España a manos de los sicarios del Frente Popular», según recogen los documentos oficiales del régimen- 41 personas por el bando republicano. Apenas unos días antes, el 23 de julio, los fieles a la II República habían conseguido repeler el primer ataque del bando nacional.

En el verano de 1951, poco después de que se derribara el presidio de Ondarreta y los presos fueran trasladados al nuevo centro de Martutene, comenzaron los trámites para erigir este monumento «en recuerdo y memoria de los que allí fueron asesinados por los rojos», pero la iniciativa quedó bloqueada por no hallar un sitio adecuado para su emplazamiento. Aún así, un año después se recuperó la idea con firmeza: no solo se erigiría el obelisco sino que se haría lo antes posible, con la intención de que estuviera acabado el 13 de septiembre de 1952 y su inauguración pudiera forma parte del programa de actos de celebración de la 'liberación de San Sebastián'. La obra se terminó a tiempo.

El monolito fue fabricado en hormigón, aunque revestido con piedra artificial que imitara la arenisca de Igeldo y lucía en una de sus caras la inscripción «A la memoria de los inmolados en este lugar el 30 de julio de 1936», junto al escudo de la ciudad. En el resto de flancos se listaban los nombres y apellidos de los 41 fusilados y un par de ramas de laurel.

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