Entusiasta de la música

RICARDO ALDARONDO

La inmediatez de las nuevas tecnologías tiene su cara amarga: estás en Cannes a punto de empezar a ver una película, miras el twitter justo antes de que se apaguen las luces, y te encuentras con el mazazo en 140 caracteres anticipado por Rock de Lux: ha muerto Pedro San Martín. Y al mismo tiempo que empiezan los títulos de crédito en la pantalla, empiezas a hacer un inevitable flashback mental, mientras a duras penas logras seguir el hilo de la película programada. Y se superpone la imagen de Pedro con sus rizos, siempre vitalista, sonriente y hablador y, sobre todo, permanentemente entusiasmado con la música, la suya y la de los demás. Y también aparece el recuerdo de aquel chavalillo aún tímido que acudía a todos los conciertos, en el Txuribeltz o en cualquier otro lugar de San Sebastián y que tiempo después te enseñaba ilusionado su primer single con La Buena Vida. Era 1992 y aquellos amigos serían coprotagonistas de lo que precisamente Rock de Lux llamó después el Donosti Sound, aunque ya había habido otro sonido antes con esa etiqueta. Junto a Family con su único disco y Le Mans con su iluminadora trayectoria, La Buena Vida se convirtió en un grupo de culto, y en inspiración para muchos músicos posteriores, ofreciendo otra cara del pop donostiarra, distinta a los superventas Duncan Dhu o La Oreja de Van Gogh, en primera fila del 'indie' español.

Suele haber tendencia a considerar a los bajistas parte del segundo plano de los grupos, pero Pedro San Martín ha dado siempre la cara por La Buena Vida. Le gustaba participar en las entrevistas, que muchas veces daba junto a Mikel Aguirre, otro pilar del grupo, era el más activo en la relación con los fans por internet, y en directo fue adquiriendo una presencia que parecía dar seguridad a un grupo de timidez innata. También fue aportando cada vez más a la composición de canciones. Su forma de tocar el bajo daba especial consistencia a muchas de los temas, y quizás la canción 'Magnesia' sea uno de los mejores ejemplos de su buen gusto y sentido melódico con las cuatro cuerdas.

Pero sobre todo Pedro era un entusiasta de la música, y cada vez que te encontrabas con él te contaba apasionadamente de algún grupo que había escuchado o los conciertos que había visto. Y uno se lo ha encontrado en la estación de tren de Zaragoza recordando el concierto de Psychedelic Furs en Valencia, o en el aeropuerto de Barajas porque había flipado con My Bloody Valentine en Madrid. Gustos muy diversos y música a borbotones. De Love a Neil Young o Nick Cave. También Los Planetas y Nacho Vegas, músicos con los que había trabado amistad, como con muchos otros del 'indie' nacional. Ayer el twitter y las webs musicales se llenaban de condolencias por la muerte de Pedro y destacaban la importancia de La Buena Vida en las dos últimas décadas, mientras quizás en alguna cabeza sonaban las estrofas de 'Magnesia', sobre ese bajo contundente y cautivador: «lo que quiero es dejarte/un abrazo para siempre/un suspiro, una mirada / un saludo, una palabra.».