El templo de la luz y de la cruz

Cientos de fieles asistieron a la consagración de la nueva iglesia donostiarra Iesu. La parroquia, diseñada por Rafael Moneo, sorprendió a los feligreses por su luminosidad

JAVIER GUILLENEASAN SEBASTIÁN.
Rafael Moneo lee unas palabras de agradecimiento. ::                             USOZ/
Rafael Moneo lee unas palabras de agradecimiento. :: USOZ

Rafael Moneo firma autógrafos a las personas que hacen cola para acercarse al arquitecto, que aguarda con rostro de felicidad en uno de los bancos del templo. Acaba de terminar la ceremonia de consagración de la iglesia y los feligreses se esparcen para admirar su interior mientras en las paredes desnudas y blancas retumban las notas del órgano. Iesu abrió ayer oficialmente sus puertas y no es exagerado decir que debería formar parte cuanto antes de cualquier guía espiritual, arquitectónica o turística de San Sebastián. Y si es posible, de las tres a la vez.

La nueva iglesia del barrio donostiarra de Riberas de Loiola es ante todo luz. Fue ayer un día oscuro y no por eso pareció resentirse la luminosidad del templo. La claridad que penetraba a través de la cruz asimétrica que conforma la cubierta del edificio y de los ventanales abiertos a la derecha del altar, bastaba para alumbrar una ceremonia repleta de ojos asombrados por lo que veían y sentían. El interior del templo en un mediodía soleado de verano será sin duda una explosión de luz.

La puerta principal de la parroquia Iesu se abrió a las once de la mañana y por ella entraron los miembros de un coro mientras entonaban una canción gregoriana. Aún en el exterior, en el atrio que antecede a la fachada principal, la música sonaba en sordina, como si no tuviera fuerzas para extenderse. Pero ya en el interior, cuando el coro atravesó la nave repleta de gente, sus voces se expandieron llevadas en volandas por una acústica que acabó por fusionar sonido y templo.

La consagración estuvo presidida por el obispo de San Sebastián, José Ignacio Munilla, quien en su homilía pidió a los fieles que alzaran sus ojos para mirar a la cubierta de la iglesia. «En ella se nos narra extraordinaria y amablemente nuestra fe», dijo. «La luz sostiene la cruz. Por la cruz llegamos a la luz», explicó el prelado, que resumió en una sola frase el significado de la nueva parroquia. «Rafael Moneo nos ha ofrecido esta arquitectura de la luz y de la cruz», afirmó.

Iesu es un cúmulo de sorpresas visuales y simbólicas. Por ejemplo, sólo de forma simbólica puede interpretarse el retablo del altar, un tríptico elaborado por Javier Alkain que abierto contiene simplemente un fondo gris sin ninguna imagen ni matiz y cuando está cerrado muestra una figura que sugiere la gran cruz de la cubierta. Y también sorprende la capilla del sagrario, en una nave lateral del templo, con su techo a una altura de 28 metros y su vidriera de cristal y alabastro, donde el sonido del órgano se transforma espectacularmente y se convierte en un fragor a medio camino entre la tormenta y el oleaje. En un breve discurso, el propio Moneo explicó a su manera el sentido de su obra. «Agradezco que se me haya permitido llevar a cabo un proyecto que ayuda a establecer contacto con lo trascendente», señaló.

Zonas recogidas

Apenas ha acabado la ceremonia y ya en los bancos de la capilla se arrodillan algunos fieles. «De la iglesia me gusta la cruz y también los recintos pequeños y recogidos que tiene. Hay veces que parece que te tienes que escapar al monte para encontrar silencio y paz, pero aquí han conseguido ese ambiente», afirma José Cruz.

A su lado, un matrimonio confirma que el elemento arquitectónico que más llama la atención es la cubierta en forma de cruz. Pero Loli e Iñaki van más allá y lanzan algunas sugerencias. «Imaginamos que faltarán algunos complementos, como el vía crucis, para que no quede una masa muy fría en las paredes», aseguran. «¿Vacío?», se pregunta José Cruz al ser interrogado por el minimalismo del templo. Su respuesta es contundente y deja poco espacio a la réplica. «El vacío es lo que tiene que llenar cada uno», explica.

Luisa atraviesa una capilla en la que sólo hay un mueble al que hay que mirar dos veces para imaginar que es un confesionario. La mujer confiesa que antes de entrar en la iglesia no estaba muy convencida de lo que iba a encontrar. «Cuando la miraba desde fuera me parecía que no me iba a gustar», reconoce. Pero todo ha cambiado desde que cruzó las puertas del templo y ahora no disimula su entusiasmo. «No me la imaginaba así, ha sido una gran sorpresa, me parece maravillosa».

En mitad de la ceremonia se encienden las lámparas entre el murmullo de los feligreses, que quedan iluminados por una fila de bombillas cuya baja altura contrasta con las altas paredes del templo. La luz artificial forma una especie de cubierta a escasa distancia de las cabezas de los fieles. Muy por encima, sobre la cruz, la luz del cielo sigue alumbrando.

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