Tiempos de esperanza

HANS HARMSSOCIÓLOGO

Como ciudadano alemán (frisón) que lleva más de veintidós años viviendo en Euskalherria, concretamente en San Sebastián, debo reconocer que me siento un privilegiado. El clima, la costa, la montaña, la comida y - sobre todo- el carácter de la gente y de una sociedad abierta y solidaria, todo es de mi agrado. Me gusta vivir en este país y me siento identificado con él y su idiosincrasia. Soy sociólogo, aunque esporádicamente trabajo también como guía turístico. Esta ocupación me da la oportunidad de transmitir estas sensaciones sobre el País Vasco a los visitantes -en su mayoría europeos, americanos, etc.-

Pero este sentimiento de bienestar al que me acabo de referir, siempre se ha quedado ensombrecido por otra realidad, sobre la que la mayoría de los visitantes querían también ser informados: la del 'conflicto vasco', incluyendo los atentados, las declaraciones políticas, las treguas, las esperanzas -hasta hoy- siempre frustradas, etc. Toda esta 'espinosa' situación, la cual parecía no tener nunca un final, siempre me ha parecido como fuera de lugar -dado el largo tiempo transcurrido y el nivel cultural y económico de la región-, es decir, un auténtico anacronismo y una pesadilla.

Al fin parece que un tiempo de esperanza se está acercando y creo que no debemos desaprovecharlo. Es más que comprensible que una parte importante de la sociedad reaccione de forma escéptica ante la nueva situación, no fiándose de las declaraciones en contra la violencia para conseguir determinadas metas políticas por parte de las mismas personas que no hace mucho defendían la lucha armada como algo legítimo.

Sensación de escepticismo que se refleja también en relación al grupo internacional de mediadores o facilitadores, encabezada por Brian Currin. Entendiendo que una mediación o intervención de este tipo que no cuenta con el beneplácito de todas las partes implicadas, resulta, en principio, complicada o prácticamente fallida.

Pero hay que constatar que a pesar de las mencionadas dudas sobre el papel de este grupo, la declaración de Bruselas ha surtido efecto. Con su experiencia en casos similares, estas personas han apostado por el fin del conflicto, fijando sus ojos en la banda y sirviendo de garantes de todos aquellos pasos que parecen beneficiosos para la normalización de la situación y el fin de la lucha armada. El perfil plural de los integrantes del recién formado Grupo Internacional de Contacto parece ofrecer además garantías suficientes para entender el problema desde diferentes prismas y para buscar soluciones de entendimiento.

Es verdad que hasta ahora la historia de Batasuna se ha escrito siempre del lado de ETA, lo que explica el mencionado escepticismo de amplios sectores de la sociedad y del Gobierno español. Pero en este momento -posiblemente único y decisivo- hay que constatar lo siguiente: por primera vez se han dado cambios que muestran una intención política sin parangón. Las declaraciones realizadas el día 7 de febrero suponen una ruptura clara con la intención de conseguir la independencia mediante la fuerza y el acatamiento de unos estatutos que se basan en el fin de la violencia para la consecución de metas políticas.

Resumiendo: creo que estamos ante una situación nueva y única que permite cambiar de forma definitiva el tablero de la realidad vivida en los últimos cuarenta años. Creo además que no tenemos nada que perder, pero sí mucho que ganar si se permite la legalización y la participación electoral de Sortu.

Porque la participación de la izquierda abertzale no significa, como opinan muchos, una claudicación del Estado de Derecho, sino su definitiva aprobación por todos.