Entre la libertad y la clandestinidad

GORKA ANGULOPERIODISTA

Da Fundación Popular de Estudios Vascos presentará el próximo sábado en Bilbao, un libro, 'Raíces de libertad', con el que recupera la memoria de los militantes de Alianza Popular, PP y UCD asesinados por ETA durante los 'años de plomo' contra estas y otras formaciones políticas no nacionalistas. Creo que es un libro tan importante como necesario para que los que por edad no tenemos memoria histórica podamos tener historia memorizada o memorable, por el horror y la ignonimia que representa este capítulo negro de nuestra historia reciente. Leyendo este trabajo uno llega a la conclusión de que en la Euskadi de los últimos treinta y cinco años se han dado cita lo mejor y lo peor de España: lo mejor representado por los militantes y cargos públicos no sólo de AP-PP y UCD, también los de Unidad Alavesa y PSE, que han apuntalado nuestra democracia con una dignidad y un coraje admirables, muchas veces -demasiadas- en solitario, no renunciando ni a su carné, cargos públicos y empadronamiento en el País Vasco. Y lo peor representado por el pistolerismo etarra y su trama civil.

En los años setenta del siglo pasado, pasamos en poco tiempo de los chivatos que daban cuenta de los malos españoles a los Guerrilleros de Cristo Rey, la Guardia Civil o la Brigada Político-Social, a los chivatos que informaban sobre los malos vascos a ETA o su red de aprendices y predicadores. Así ETA comenzó a matar a supuestos o declarados franquistas cuando el dictador había muerto, unas veces con acusaciones directas, otras con el cargo de 'confidente' o 'colaborador'.

Habría que discutir mucho hasta dónde eran franquistas todos los que ocupaban cargos políticos locales durante la dictadura, ya que en las listas de Herri Batasuna de las elecciones municipales de 1979 no faltaron candidatos que habían sido alcaldes o concejales en los ayuntamientos franquistas. Algunos de ellos, tras jurar los Principios Fundamentales del Movimiento, y alguno, incluso, tras haber asistido a misas por el alma del dictador en representación de sus respectivas corporaciones municipales. Con esto quiero dejar claro que, en los años de la dictadura, algunos de los posteriores adalides del abertzalismo parece que estaban más cómodos a la sombra del régimen, que otros que optaron valientemente por plantar cara al franquismo pagándolo con la cárcel, el exilio o la clandestinidad, y que aquí tuvimos franquistas a los que ETA condenó a muerte y franquistas a los que ETA puso en sus listas electorales.

El 25 de noviembre de 1975, ETA anunció una campaña contra los cargos públicos municipales y provinciales, campaña que ya había comenzado años antes con los atentados y amenazas contra los alcaldes de Oiartzun, Ondarroa, Zeberio y Oñati.

Los asesinatos del alcalde de Galdakao y diputado provincial, Víctor Legorburu, y de los presidentes de las diputaciones de Gipuzkoa y Vizcaya, Juan María de Araluce y Augusto Unceta-Barrenechea, provocaron la dimisión de numerosos cargos locales, lo que privaría a la derecha vasca, organizada en Alianza Popular y UCD, de candidatos experimentados para las primeras elecciones generales, municipales y vascas. La campaña anti-alcaldes unida a posteriores acciones de las diferentes ramas de ETA y las intimidaciones de su trama política contra militantes de AP y UCD, dejaron a un importante sector del electorado vasco condenado a la marginalidad, la abstención o el voto a otros opciones, por el desistimiento y la huida que provocó el terror de ETA en filas de AP y UCD. El dato más elocuente es el de las elecciones municipales de 1979. AP con la marca Unión Foral del País Vasco solo logró presentar cuatro candidaturas en Álava. UCD obtuvo 127 concejales con un reparto desigual que reflejaba la situación del momento: 109 en Álava, 18 en Vizcaya y ninguno en Gipuakoa, donde no pudo presentar ni una sola candidatura.

Fueron tiempos de desamparo, miedo y estigmatización en la inmoralidad de una sociedad vasca que miraba para otra parte y de unos dirigentes políticos nacionales que no venían a Euskadi ni a los funerales de sus militantes asesinados, calificando la presencia de sus formaciones políticas en el País Vasco como una causa perdida.

En 1995, con el asesinato de Gregorio Ordóñez, ETA trataba de devolver a los militantes más veteranos del PP vasco a esos tiempos, pero el efecto fue el contrario, porque la sociedad vasca, su clase política y los dirigentes nacionales del PP arroparon como nunca a la gente del PP ante las embestidas y persecuciones de ETA y sus palmeros. Esto supuso la incorporación a la política desde el compromiso altruista de una nueva generación que actualmente lidera y representa a los populares vascos.

Muchos militantes del PP en otras partes de España -sobre todo los que se plantean la militancia política para vivir del cuento y las corruptelas- quizá nunca valoren suficientemente el trabajo en los tiempos duros, a cambio de nada o de una esquela, de conocidos o desconocidos militantes del PP vasco que, desde AP, UCD o PP, se han jugado vida, familia y empleo para mantener en Euskadi unas siglas, un electorado y una militancia.

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