Cuando la comida es una adicción

Comedores compulsivos se reúnen cada viernes en Donostia para prestarse ayuda

ANE URDANGARINSAN SEBASTIÁN.
Anónimo. Merche y María son las impulsoras de las reuniones de comedores compulsivos. ::                             LUSA/
Anónimo. Merche y María son las impulsoras de las reuniones de comedores compulsivos. :: LUSA

Pongamos que se llaman Merche y María. Estos nombres son ficticios, pero lo que cuentan es real. «Sí, me he levantado a las tres de la mañana para ir a la basura y comer el trozo de pizza que tiramos la víspera; he comido cosas que aún no estaban descongeladas; he comido medio kilo de pistachos después de cenar; he comido con dolor de estómago, o incluso con gastroenteritis; he escondido un trozo de chorizo en el baño para encerrarme a espaldas de mi marido para comérmelo; he comido de los platos de otras personas, sin que ni siquiera se diesen cuenta; hoy es el día en que si veo una gominola en el suelo no me agacho porque hay gente, que si no...».

Desde hace muchos años, las vidas de María y Merche se conjugan con el verbo comer. «Todo gira en torno a la comida. Es una obsesión, una droga». Una adicción que les llevó a las dietas sin fin, al aislamiento, al autoengaño y a la frustración. A la infelicidad. Hasta que reconocieron su problema, «que es una enfermedad», le pusieron nombre, «sí, somos comedoras compulsivas», y empezaron a dominarla. «Porque esto no se cura. Es para toda la vida», pero se puede conseguir tenerla bajo control.

Merche lo ha logrado. Es «abstinente», lo cual significa que ha dejado de tener comportamientos compulsivos respecto a la comida. Aunque siempre existe el riesgo de la recaída. Como con el alcohol. «Las dos adicciones se parecen mucho». Tanto, que hace 60 años dos mujeres estadounidenses que no podían parar de comer comenzaron a asistir a las reuniones de Alcohólicos Anónimos. Allí vieron que los doce pasos para permanecer sobrios también les servían. Donde dice «admitimos que éramos impotentes ante el alcohol y que nuestras vidas se habían vuelto ingobernables», cambiaron alcohol por comida. Adaptaron este sistema y crearon Overeaters Anonymous, los comedores compulsivos anónimos.

Actualmente, en Gipuzkoa funcionan 39 grupos de Alcohólicos Anónimos, con cerca de 900 miembros. De momento, sólo hay un grupo de comedores compulsivos en Donostia, el creado por Merche, María y otra mujer que, como cada tarde de viernes, hoy se volverá a reunir durante dos horas en un local en el barrio de Larratxo. Su enfermedad no es muy conocida. Y, en muchas ocasiones, pasa por un simple problema «de estar gorditas, de dejadez, de no tener fuerza de voluntad... Lo primero que cuesta es aceptar que sí es una enfermedad. Que no somos culpables, aunque sí responsables de lo que hacemos con ella».

Desde la infancia

En estas reuniones semanales exponen sus experiencias, sus vivencias. Merche, por ejemplo, está segura de que nació adicta a la comida, «aunque cada persona es distinta», matiza. Ya de niña comía más de lo habitual, especialmente en los momentos emocionales más críticos. En la adolescencia, cuando empezó a tener problemas con los chavales, o con su vida social, esta tendencia se agudizó. «De noche, en la cama, planificaba cuándo iba a encontrarme sola al día siguiente para comer. Y eso no es hambre, porque después de cenar no voy a saber qué hambre voy a tener al día siguiente por la tarde. Eso es obsesión con la comida».

Merche reconoce que durante muchos años no ha sido capaz «de ser lo que soy. Me he avergonzado de mí misma, he pretendido ser otra persona, mostrarme simpática, alegre... Mis miedos y mis complejos me han hecho esconderme. Y en ese conflicto entra la comida». Hasta el punto de que, relata, encuentras cualquier excusa para comer y seguir comiendo. «¿Que estoy contenta por algo? Me premio con comida. ¿Que estoy triste? Como. ¿Que siento nervios? Más comida. ¿Que discuto con mi marido? Como. La mente empieza a buscar cualquier excusa para comer». Eso sí, casi siempre a escondidas, «porque aprendes a controlarte delante de los demás, aunque en tu cabeza no hay más pensamiento que la comida».

También les pasa algo parecido a las personas con anorexia, que dejan de comer, o a las bulímicas, que compensan un atracón provocándose el vómito o haciendo ejercicio hasta la extenuación. «A nuestra enfermedad también se le llama, en algunos casos, bulimia no compensatoria, porque comemos de forma compulsiva pero luego no hacemos esas acciones», explican.

Las dietas y las visitas a médicos y nutricionistas son habituales en sus vidas. «Mi primer régimen fue con 18 años. Después de 20 años, de subir y de bajar, ahora peso 30 kilos más que cuando empecé aquella dieta», dice Merche.

En el caso de María, fue una nutricionista quien le recomendó que acudiera al psicólogo por su problema con la comida que, según ella, nació en la infancia. «De pequeña, por llevar la contraria a mi padre, no comía. Hasta que fui a unas colonias y me di cuenta de que la comida estaba muy rica. A la vuelta, cada vez que comía bien, mis padres empezaron a premiarme y a quitarme castigos. Así que cuando tengo un problema como, porque lo asocio a que se va a ir o me lo van a quitar. Esto lo he averiguado siete años después, tras leer cosas sobre el tema, preguntar...».

«Te ves como un bicho raro»

María empezó a ir a las reuniones de comedores compulsivos en Bilbao, donde nació, aunque ahora reside en Gipuzkoa con su marido. Merche comenzó a acudir a las sesiones de Pamplona con una amiga. «Me creía un bicho raro, sin derecho a vivir, a hablar, a ser feliz... Y cuando ves a un grupo con gente de distintas edades, sexos y creencias, y que tiene tus mismos sentimientos, vergüenzas y miedos, sientes que no eres tan rara».

Estas sesiones les permiten, según cuentan, sacudirse miedos y complejos, controlar el perfeccionismo, porque tienden a poner el listón tan alto que las metas inalcanzables les llevan a la frustración, o a esquivar esos desequilibrios también muy comunes entre los comedores compulsivos que les hace pasar de periodos de una actividad frenética a otras de pereza absoluta.

Y, aunque no sea fácil, permiten una vida mejor. Merche cuenta que ahora tiene relaciones «más sanas» con los demás, «encuentras tu sitio en el mundo. Mi hijo se ha dado cuenta de que ya no me enfado tanto, que estoy más tranquila». María se encuentra mejor, y hasta se ha reconciliado con su padre.