547 amigos / y cap. VII

LORENZO SILVA
547 amigos / y cap. VII

No fue un golpe de suerte. Habíamos hecho nuestro trabajo, de coco y de campo. Además, coincidía que nuestro adversario, como habíamos supuesto desde el principio, no andaba nada ducho en el arte de borrar sus huellas. Sólo tuvimos que cruzar dos grupos de datos. Por un lado, las matrículas registradas por el peaje entre las diez de la noche y las seis de la madrugada. Por otro, las direcciones IP desde las que se conectaban con más frecuencia los interlocutores sospechosos de Nerissa. Resultó ser uno que se hacía llamar BadRomance, como la canción de Lady Gaga. El titular de la dirección IP desde la que se conectaba principalmente era el mismo a cuyo nombre estaba el permiso de circulación de un Volkswagen Scirocco blanco que había cruzado por el peaje a las 2.35 de la mañana. Las casualidades existen, pero, cuando son tan extremas, se convierten en certezas. Nuestro buen Arnau, pese a su bisoñez y su poca propensión a expresarse de forma categórica ante su viejo brigada, había podido hacer sin titubeos su afirmación. Lo teníamos.

Lógicamente, no lo detuvimos en seguida. Esperamos a tener su ADN y a recopilar todas las comunicaciones que había mantenido con la chica. Entre tanto, le pinchamos el teléfono, lo sometimos a vigilancia y terminamos de informarnos sobre todas las circunstancias de su vida que podía convenirnos saber para derrumbarlo cuando decidiéramos echarle el guante.

No tenía antecedentes y el ADN que se logró extraer de sus sus restos biológicos no se correspondía con el de ninguno de los agresores sexuales con que contábamos en nuestra base de datos. Pudimos averiguar que se había inscrito dos meses atrás en el club deportivo al que acudía Nerissa. Supuestamente para utilizar el gimnasio y la piscina, pero le quedaba demasiado lejos de casa para que ése fuera el verdadero motivo. Dedujimos que era una manera de acercarse a ella, de espiarla, o incluso, quién sabe, una tentativa de entrar en su vida. Sus comunicaciones nos permitían establecer sin ningún género de dudas que habían contactado en la Red, algunas semanas antes de que el sujeto se apuntara al club. Por lo que se desprendía de sus conversaciones y e-mails, habían coincidido en un foro de música. También de sus mensajes se deducía que en ese primer contacto el tipo se había presentado como un muchacho de 19 años. Doce menos de los que contaba en realidad. En los últimos mensajes cruzados con la chica, quedaba probado que, antes de encontrarse, él deshizo esa mentira. Y que a ella no le pareció mal la verdad. Incluso al contrario.

Esta información, como algunas otras de las que manejábamos, era de las que habría que cuidar que no se filtraran. Se trataba justo de la clase de carnaza que alguien estaba esperando ahí fuera; es decir, de los pormenores que no hacía ninguna falta que los padres de Nerissa leyeran en los periódicos.

Cuando lo tuvimos todo bien atado, fuimos por él. Confieso que hice algo que no habría debido hacer, y que ahora que lo recuerdo no me enorgullece. Organicé su detención a la puerta de su oficina, en una torre de la Castellana, delante de sus compañeros de trabajo, con los que salía a comer en ese preciso momento. Podría haber escogido otro lugar, que resultara menos humillante para él. Pero él no se había preocupado de escoger para abandonar a la chica un sitio que resultara menos degradante para ella. Qué quieren, me pareció justa la simetría.

Al principio del interrogatorio optó por mentir, creyendo que eso podría salvarle. Pero cuando comprobó que las tres preguntas que le había hecho eran otras tantas trampas, porque ya me constaba lo que le estaba preguntando y tenía pruebas para desmontar sin esfuerzo sus embustes, se vino abajo.

Suele ocurrir con algunos asesinos: los que matan por miedo, que son más abundantes de lo que se cree, y que con frecuencia coinciden con los delincuentes sexuales. Es el temor a unas consecuencias que no pueden soportar lo que les lleva a quitar la vida a sus víctimas, y cuando la táctica de ocultación de sus actos fracasa, y se ven expuestos a la luz (y a las consecuencias que querían evitar) se hunden. El asesino de Nerissa no llegó al extremo de romper a llorar. Aunque no habría sido mi primera vez, le agradecí que me ahorrara ese trago.

Pero aquel tipo no se privó de intentar una indignidad, seguramente peor. Ya a la desesperada, ofreció una excusa:

-Ella fue la que quiso que nos viéramos. Ya sé que era muy joven, pero les aseguro que su mente no era la de una niña. Para nada. Y por lo que pude comprobar, experiencia no le faltaba, precisamente. Fue luego, cuando me dijo que podía denunciarme por abuso de menores y hundirme la vida. Fue la sonrisa diabólica con que me lo dijo. Ahí se me fue la cabeza.

Lo miré, dándole por unos segundos la esperanza de que aquella declaración miserable pudiera servirle de algo.

-Verá usted -dije al fin-. Puedo perfectamente creer eso que dice y puedo perfectamente no creerlo. A mis efectos, da igual, no va a alterar en absoluto lo que tengo que hacer con usted. Así que, como me lo puedo permitir, prefiero no creerlo. No me da la gana creerlo, vamos. Y le doy un consejo, si los acepta. No vuelva a jugar esa carta. Bastante tiene con lo que tiene.

Esa noche, conduciendo de vuelta a casa, puse la radio y entró Lady Gaga. Bad Romance. Rollo Chungo, al cambio. Escuché la letra: I want you ugly, I want you diseased. «Te quiero feo, te quiero enfermo», cantaba la neoyorquina. Pensé que el tipo había elegido bien el apodo. Le iba como un guante. FIN