547 amigos / cap. VI

LORENZO SILVA

Mientras miraba las fotos que Nerissa tenía colgadas en su perfil, caí en la cuenta de que apenas le faltaban dos meses para cumplir quince años. O lo que es lo mismo, que en su cuerpo y en su mente peleaban la niña y la mujer que al mismo tiempo era, aunque ya empezaba a imponerse la segunda, en quien todavía mandaban más las hormonas que las lecciones de una experiencia que, o bien no había tenido, o bien no le había dado tiempo a asimilar. Era esa mezcla, la niña no del todo superada y la mujer demasiado impulsiva, lo que explicaba que se pusiera a la vista de sus 547 amigos virtuales en aquellas posturas y con aquellos gestos. Al verla, le comenté a Chamorro:

-Inútil que bloqueen la cuenta. Muchas de estas fotos ya se las ha copiado en el disco duro más de uno. Y sobre todo las que menos interesa que salgan. Espérate que no estén circulando ya por alguna de esas páginas para desahogo de solitarios.

-Seguro -apreció la sargento, sombría.

Algunas de las fotos tenían comentarios. No exactamente los que una persona sensata y prudente haría frente al desliz de una adolescente confundida, si es que cabía hacer otra cosa que callar o sugerirle que le diera un descanso a la cámara. Pasamos deprisa por los de contenido más obvio y elemental. Si había sido capaz de engatusar a aquella chica, que tocaba el violín, que escribía sin apenas faltas de ortografía y que leía libros (a juzgar por los títulos que mencionaba en el apartado donde recogía sus aficiones), el tipo debía de tener alguna sofisticación, por mínima que fuera. Había tenido que construir un cuento medianamente consistente para atraerla. No podía ser uno de aquellos patanes cuyos comentarios no revelaban más que su fisiología de primates. Revisamos sus mensajes durante un par de horas y logramos reunir media docena de candidatos.

Mientras examinaba todos aquellos intercambios, banales, reiterativos y en su mayoría prescindibles, sentí una especie de escalofrío. Gracias a la emanación virtual de su personalidad, la presencia de Nerissa seguía en cierto modo viva. Con sus destellos de talento (era bastante aguda en sus comentarios musicales, por ejemplo, y no le faltaba gracia cuando hacía alguna observación sobre la actualidad) y con sus flaquezas y su mediocridad en tantos otros momentos y detalles. Se me antojaba improcedente, incluso de mal gusto, que sus chismes siguieran ahí cuando ella ya no era más que un cuerpo en descomposición sobre una mesa de autopsias. Recogidos, además, por un tercero que no los había guardado por su valor personal, sino por el negocio que representaba el flujo de información entre esos 547 nodos respecto de los que la difunta Nerissa había actuado como enlace. Un enlace ahora apagado, y cuya extinción suponía la inutilización de ese fragmento de la red.

Con nuestra media docena de sospechosos seleccionados, regresamos a la unidad. Antes de abandonar las oficinas, le recordé a la abogada el deber que tenían de custodiar todo el material de la chica y de cuidar de que no accediera a él nadie más que nosotros. Le pedí también que nos hiciera una copia de todo, para poder unirlo a nuestro expediente. Trató de resistirse, pero le constaba que mi petición estaba respaldada por la autoridad judicial y al final dio su brazo a torcer.

La jornada fue larga e intensa. Mientras Arnau se ocupaba de rastrear las cuentas de correo electrónico de Nerissa y de identificar a los usuarios de los seis perfiles sospechosos que habíamos seleccionado, Chamorro y yo nos dedicamos a interrogar a las personas de su entorno. Hablamos con su amiga Paula, que se ratificó en lo que le había dicho por teléfono a la sargento, y negó saber con quién había podido quedar esa tarde. Nos dijo que en los últimos meses se había vuelto más reservada, después de romper con un chaval con el que había tenido una relación de unas pocas semanas. Ni sus profesores ni el resto de sus amigas con las que contactamos nos dieron apenas información que nos resultara útil. Nerissa era buena estudiante y no había dejado de sacar buenas notas. Algo inferiores a las que por su capacidad podía obtener, según su tutora, pero nada que se saliera de lo normal en las chicas de su edad.

-Les llega la edad del pavo -explicó-, y como tienen tantas distracciones y a los padres muy poco encima, se relajan y no es raro que bajen un poco. Luego se les pasa y se centran. Bueno, la mayoría. Otras se quedan ya descentradas. Pero no creo que ese fuera el caso de Nerissa. Era una chica muy madura.

Nuestros intentos de reconstruir sus últimos movimientos fueron infructuosos. Abrimos un teléfono para la colaboración ciudadana y, como suele suceder, empezó a sonar en seguida. Como era también habitual, decían haberla visto en los lugares más inverosímiles, desde Denia hasta Lugo. Nos llevaría días sacar de ahí algo utilizable, si es que lo sacábamos.

Lo que tuvimos esa misma tarde fue la autopsia. No revelaba más violencia que la producida por el estrangulamiento. La chica había mantenido relaciones sexuales consentidas en las horas inmediatamente anteriores a su muerte, que se situó en torno a las diez de la noche. El individuo había usado preservativo, pero había dejado algunos restos. No iba a costar establecer su perfil genético, aunque para sacarlo, así como para cruzarlo con la base de datos, el laboratorio necesitaba su tiempo.

Íbamos de regreso hacia la unidad, cuando sonó mi móvil. Era Arnau. Parecía tranquilo, pero no lo estaba.

-Mi brigada -dijo-, no se lo va a creer. Lo tenemos.