547 amigos / cap. V

LORENZO SILVA
547 amigos / cap. V

Los administradores de la red social por cuyo conducto Nerissa mantenía el grueso de su contacto con el mundo exterior se mostraron, tal y como previera Chamorro, extraordinariamente colaboradores. No sólo consintieron en bloquear de inmediato el acceso a sus datos, para evitar cualquier posible fuga, sino que en cuanto tuvimos la orden judicial nos facilitaron sin pérdida de tiempo la consulta de toda la información. Se los veía muy preocupados por impedir que, como había sucedido en otros casos anteriores, se filtrara todo el material personal de una víctima menor de edad. En especial, las fotos y los vídeos que sus jóvenes clientes colgaban con profusión en sus espacios.

Tanto les preocupaba, que nos pidieron que el acceso a la información de Nerissa lo verificáramos en sus propios ordenadores y en sus oficinas. A mí igual me daba en un sitio o en otro, así que dejamos a Arnau en la unidad, para que se viera las cintas de las videocámaras del peaje, y nos dirigimos a las oficinas de la empresa. Allí nos recibió una joven abogada, que hizo mucho hincapié en los protocolos de protección de datos que tenían implantados y en los recursos que invertían para prevenir usos inapropiados del servicio que prestaban. O en cómo cribaban su base de clientes de usuarios menores de 14 años, que era la edad mínima que según sus normas, y a fin de proteger a los niños, se exigía para poder darse de alta en su red. Para completar su alegato pro-empresa nos recalcó que formaba parte esencial de su política la cooperación con la justicia cuando la información que almacenaban en sus ordenadores pudiera ser relevante para esclarecer un hecho delictivo. Siempre con la oportuna orden judicial que les permitiera facilitarla sin vulnerar el derecho a la intimidad de sus clientes, naturalmente. Como nosotros la teníamos, se ponían a nuestra entera disposición.

Mi compañera no mostró gesto alguno de aprobación o desaprobación ante el discurso de la abogada. A mí, la verdad, me pareció bien, y no me privé de exteriorizarlo. Me parece mucho mejor que las empresas estén preocupadas por los derechos de sus clientes y abiertas a colaborar con la justicia. Tiendo a no creer que todo eso les vaya nunca a importar tanto como ganar la pasta que hacen a costa de sus clientes (en este caso, a costa de toda la información que sobre ellos mismos les suministraban día a día quienes se conectaban a sus servidores, y sobre la que después diseñaba la empresa las eficaces acciones de márketing que le permitían poner tan alto precio a sus espacios publicitarios). Pero acepto que vivo en una economía capitalista, y recibo con gratitud cualquier ayuda que alguien me preste sin sacar provecho a cambio. Y lo cierto era que por dejarnos fisgar en sus ordenadores aquella gente no iba a ganar ni un euro.

Por eso, tampoco me permití compartir con aquella amable y solícita abogada mis reparos éticos ante el hecho de que hicieran negocio con la inmadurez de chavales que no tenían ni siquiera capacidad legal para celebrar el contrato que suscribían con ellos a golpe de clic. Como vimos en seguida, al examinar la cuenta de Nerissa, los adolescentes eran muy generosos a la hora de exponerse en aquel espacio de dudosa privacidad, en el que más bien todo, desde el diseño gráfico hasta el sistema de cómputo de amigos, acicate de competencias y vanidades, invitaba al exhibicionismo más desenfrenado. Por mucho que me insistieran, no podía creer, sin ir más lejos, que Nerissa tuviera, de verdad, los 547 amigos que se acumulaban en su perfil. Era evidente que la chica, en el afán de ser más que nadie, había rebajado los requisitos de la amistad hasta el punto de admitir a cualquiera con el que se tropezara en la Red, por la que, a juzgar por la cifra, debía de navegar con asiduidad. Otra posibilidad era que ascendiera automáticamente al rango de amigo a cualquier amigo de amigo. O a cualquier amigo de amigo de amigo.

Examinar los perfiles de todos era un empeño titánico. Nos contentamos con hacer una especie de muestreo. Vimos que había de todo, aunque eran mayoría los varones, comprendidos entre los 15 y 20 años. Pero también los había mayores. Después de hacer un breve recorrido, Chamorro opinó:

-Esto no va a ser rápido.

-Me temo que no. Hay que discriminar. Buscar a los que le pusieran más comentarios y mensajes. Y tendremos que acceder también a las cuentas de correo electrónico, para cruzar los datos y ver si en alguna de ellas hay algo que nos cante.

Mi compañera me observó con gesto dubitativo:

-Después de todo, no es imposible que se la llevara alguien con quien se tropezara por puro azar.

-Ni probable, Vir. Le pidió cobertura a la amiga, así que algo raro se traía entre manos, algo que tenía que ocultar a sus padres y que, si esa chica te ha sido sincera, ni siquiera le podía contar a su mejor confidente. Todo eso, por sí solo, podría no significar nada, pero combinado con su cadáver, forma un rompecabezas del que no creo que nos sobre ni una pieza. Y no es seguro, pero si esta chica era como tantas de su generación, en esta melée de amigos está, al 99 por ciento de probabilidad, el que nos interesa a nosotros. Así que vamos a tener que recopilar toda esta información y desbrozarla con inteligencia.

-¿Estaremos a la altura del desafío? -bromeó la sargento-. A ver, vamos a echar un vistazo a los álbumes de fotos.

Chamorro pinchó en la pestaña correspondiente. Lo que apareció no me dio ninguna buena sensación. El rompecabezas seguía sumando piezas. Y seguía sin sobrarnos ninguna.