«Un río de lodo entró en Talis, llevándose las casas por delante»

El guipuzcoano Ortzi Akizu relata desde Pakistán cómo se reconstruye el país tras las últimas inundaciones

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Ortzi Akizu trabaja junto a unos paquistaníes cerca de Skardu./
Ortzi Akizu trabaja junto a unos paquistaníes cerca de Skardu.

Un joven recoge dinero en uno de los puestos instalados en Khapulo, localidad de unos 7.000 habitantes situada en el valle de Hushé (Baltistán), al norte de Pakistán. Los vecinos van dejando las pocas rupias que llevan en el bolsillo y ofrecen su mano de obra. Con el dinero recaudado compran arroz, harina y mantas para trasladarlas a localidades vecinas, como Talis, que han sido devastadas por las inundaciones provocadas por las lluvias monzónicas que azotan este país asiático desde comienzos de mes.

Ortzi Akizu, natural de Ezkio-Itsaso, está trabajando con ellos para reconstuir la zona. Este guipuzcoano de 27 años, ingeniero especializado en energía solar, es cooperante de la oenegé vasca Felix Baltistan Fundazioa, que desde hace diez años trabaja por el desarrollo de esta región, una de las más olvidadas por su situación geográfica aislada entre montañas.

Ortzi llegó junto a Guillermo Maceiras, también cooperante de esta oenegé y natural de Santiago de Compostela, el pasado 28 de julio a Islamabad. Viajaron con la intención de trasladarse hasta Machulu, donde se encuentra la sede de la Fundación, para comenzar unos cursos de secado de albaricoques. Pero la catástrofe cambió sus planes. Estuvieron seis días esperando a que volase un avión desde la capital paquistaní y finalmente viajaron en 'jeep'. «La carretera principal estaba cerrada y tomamos una vía alternativa. Fue una odisea», recuerda Ortzi. En el camino encontraron tres puentes destrozados y ayudaron a la población local a construir unos pasos provisionales «con piedras y troncos de pino». En esta labor también colaboró un grupo de vascos que iba a practicar 'trekking'.

A los dos días llegaron a Gilgit y de allí partieron hacia Skardu, atravesando a pie un río con el agua a la altura de las rodillas. Allí se reunieron con miembros locales de la Fundación y conocieron el desastre ocurrido en Talis, situada a un kilómetro de Machulu. «Nos dieron la noticia de que un riachuelo había entrado en forma de río de lodo en Talis. El agua entró de forma alucinante, llevándose casas por delante», relata Ortzi.

«Censo casa por casa»

Entonces, el grupo se dividió. Guillermo y otras tres personas subieron a la capital del distrito, Khapulo, a unos 2.700 metros de altitud, para comprar comida y dar la primera ayuda humanitaria. Ortzi permaneció en Skardu junto a Shamshair, coordinador de FIFBM, el grupo local, para organizar las ayudas. La población comenzó a buscar cadáveres y desaparecidos, además de acoger a los vecinos damnificados. En Talis fallecieron 15 personas y en Comora, otro municipio de la región, 38. «Vimos familias viviendo a la intemperie, escarbando entre el lodo», señala Guillermo. Él, junto a Basharat, director de la escuela Munawar, elaboró un censo «casa por casa», en el que clasificaron a las familias según las pérdidas sufridas.

En la categoría A se agrupan aquellas que lo han perdido todo y no cuentan con el apoyo de otros familiares. En la B, las que han perdido todo pero pueden hospedarse en casa de parientes. Por último, el grupo C incluye a las personas que han sufrido daños en sus cosechas y ganados. Así, a cada una de las 42 familias de la primera categoría se le entregó un saco con cinco kilos de arroz y otros tantos de harina, mientras que las de la segunda, cifradas en 233, recibieron 2,4 kilos de cada producto. En total, se repartieron 1.040 kilos de cada alimento. También se instalaron tiendas de campaña para acoger a quienes la inundación ha dejado sin vivienda. Para ayudar a las familias del grupo C, están buscando métodos para salvar las cosechas. En este momento, todas disponen de abastecimiento para un mes.

Por su parte, el Gobierno paquistaní está actuando de forma ineficiente. «Aunque ha ayudado en la canalización del río y ha colocado alguna tiendas de campaña, está lejos de los ciudadanos», asegura Ortzi. «Viene el político del distrito con cinco jeeps, da el pésame a las familias, los militares colocan unas cinco tiendas de campaña y ya está».

Uno de los principales problemas que afrontan es el aislamiento. «En Talis no hay luz, ni línea telefónica, ni gasolina, y la carretera principal está cerrada», explica Ortzi. Por eso, tiene que desplazarse desde Machulu a Khapulo en bicicleta. En el trayecto de ida y vuelta tarda casi cuatro horas. «En Khapulo hay línea telefónica y, si hay suerte, cuando se conecten los generadores, internet», cuenta desde un teléfono de esta localidad. Cuando dispone de internet, envía sus crónicas sobre lo ocurrido para publicarlas en la página web de la Fundación: www.felix-baltistan.org.

Campos anegados

Ahora, trabajan para impedir que la humedad siga destruyendos las cosechas. «Se ha perdido el trigo, los albaricoques y las patatas», lamenta. «El río, aunque ya no entra directamente al pueblo, no tiene su cauce original y va a los trigales. Día a día vemos como se inundan los campos». El balance de pérdidas agrícolas es «devastador». Ante esto, preocupa qué sucedera cuando llegue el invierno, «a 20 grados bajo cero y sin cosecha».

La agricultura y la ganadería de la zona son de autoconsumo. Por eso, muchos se emplean como cocineros o lavaplatos en la ciudad o trabajan como porteadores de montaña para ganarse la vida. «El turismo es una fuente de ingresos. Con el dinero que obtiene una persona que trabaja en el porteo, puede sobrevivir toda su familia un año», afirma el guipuzcoano.

La reconstrucción de las viviendas aún no ha comenzado, ya que «todavía están enterradas en barro». Para evitar desastres futuros, están pensando en «una acción preventiva para trasladar las casas que estaban cerca del río y dejarlas a salvo», explica. Además, han construido un canal de regadío temporal y un tubo para llevar agua potable. Los habitantes de la región tienen iniciativa y se está organizando, pero necesita más recursos. Aún queda mucho camino por recorrer.