547 amigos / cap. III

LORENZO SILVA

Mientras los nuestros de criminalística hacían el rastreo detenido del terreno, los de la funeraria cargaban el cuerpo en el furgón y el juez y el secretario terminaban de formalizar el acta, me cupo el penoso deber de acercarme a hablar con los padres de Nerissa Van den Broek. Su estatus social y económico, con la instrucción que llevaba implícita, les vedaba las expansiones sentimentales propias de la gente de baja extracción, pero eso no quiere decir que no estuvieran alterados. Apenas me planté delante de ellos, la madre me tomó del brazo y me preguntó:

-¿Quién es usted? ¿Adónde se la llevan?

Me había puesto el chaleco verde con las letras de molde que me identificaban como miembro del cuerpo, así que deduje que me estaba preguntando por mi unidad y graduación.

-Brigada Bevilacqua, de la unidad central. Estoy a cargo de la investigación. La llevan al anatómico forense, ahora les indicamos cómo ir. Se la entregaremos tan pronto sea posible, pero aún va a tardar un poco. Entre tanto, necesitaría hablar con ustedes. ¿Serían tan amables de concederme unos minutos?

-Desde luego -tomó la palabra el padre-. Carmen, cálmate, por favor. De momento tenemos que dejar a estos señores que hagan su trabajo. Y ayudarles en lo que podamos.

Su mujer lo miró como si no terminase de comprender. Yo, en cambio, lo miré con simpatía. Si el mundo estuviera habitado por una mayoría de gente comprensiva como él, mi vida sería mucho más grata. Pero Carmen necesitaba desahogarse:

-¿Te parece normal? -se dirigió al marido, alzando la voz-. Que llevemos aquí hora y media y no nos hayan dejado ni verla.

-Lo importante, ahora mismo, no somos ni tú ni yo, sino que no se estropeen las pruebas -dijo él, sereno.

Si hubiera entrado en mis competencias, le habría propuesto para la medalla al mérito civil. Pero mi función era otra:

-Tiene usted razón, señora. Sé lo que siente, y le pido disculpas por tener que anteponer nuestro trabajo a su dolor. De veras que me gustaría que pudiéramos hacerlo de otro modo.

Se amansó de pronto. Era del tipo colérico. Mucho más vulnerable, por tanto, a la humildad que al desafío.

-Está bien -dijo-. ¿Podríamos al menos sentarnos?

-Allí hay un banco -le indiqué.

Hice todas las preguntas de rutina. A través de ellas saqué una primera descripción de quién era Nerissa. Según sus padres, claro está, lo que no dejaba de ser su identidad captada desde un punto de vista particular y, dada la edad de la víctima, cada vez más susceptible de ofrecer una imagen imprecisa. Buena estudiante, con bastante carácter (aquí no pude evitar pensar en la madre) pero en general disciplinada y obediente, más allá de los conflictos típicos de la edad. Nunca se había ido de casa sin permiso ni por más tiempo del autorizado y nunca la habían sorprendido haciendo en sus salidas algo distinto de lo que les hubiera dicho que iba a hacer. De hecho, apenas llevaba un par de años saliendo sola, y por lo que a ellos les constaba, siempre iba con sus amigas y al centro comercial cercano, para tomarse una coca cola o ver una película. Drogas, alcohol y similares, no tenían constancia de que probara. Novios, tampoco le conocían. Aficiones, las normales de la edad. Le gustaba mucho la música. Cantantes preferidos: antes, Beyoncé, y Miley Cyrus; en el último año se había pasado a Lady Gaga y Black Eyed Peas.

La madre me proporcionó todas estas informaciones con un gesto de cierta desconfianza, como si yo fuera más un chismoso frívolo que un poli serio. Me vi obligado a defender mi profesionalidad, no por mi orgullo, sino para tranquilizarla:

-Nunca se sabe cuál es el detalle que nos permitirá armar una hipótesis válida. Lo más probable es que algo de su vida haya traído a su hija hasta aquí, aunque les cueste creerlo. Por eso necesito saber todo lo que puedan decirme. ¿En qué otras actividades, aparte del colegio, empleaba su tiempo?

Aquí tomó el relevo el padre:

-Recibía clases de violín, desde los cinco años. Era bastante buena, aunque no tanto como para aspirar a hacerse profesional. Y jugaba al hockey sobre patines. Tampoco se le daba mal, aunque últimamente estaba pensando en dejarlo.

-¿Y eso?

-Decía que era una pesadez lo de las competiciones, tener que madrugar los sábados. Para mí que no tenía temperamento de deportista, aunque no le faltaban condiciones.

-¿Podía tener algún conflicto con alguien del equipo?

-No, que nos dijera -dijo la madre-. Era un rollo, y doy fe porque me tocaba llevarla. Además, casi nunca ganaban.

-¿Alguna afición más?

En ese momento se nos unió Chamorro. Venía sacándose los guantes y estirando los dedos para airearlos. Con el calor, el contacto del látex resultaba francamente desagradable. Al llegar a nuestra altura, se la presenté a los padres de Nerissa:

-La sargento Chamorro. Mi compañera.

-Mucho gusto -dijo la madre de Nerissa, escrutándola con la misma mirada que, deduje, debía aplicar en las entrevistas de trabajo a las candidatas femeninas, antes de preguntarles a bocajarro cuándo pensaban embarazarse.

-Hagan memoria -insistí-, ¿no se les ocurre alguna otra cosa en la que se entretuviera especialmente, o algo que en los últimos tiempos la tuviera más absorta que de costumbre?

-Por ejemplo, ¿recuerdan si pasaba mucho tiempo frente al ordenador? -preguntó Chamorro.

-Sí, bastante -admitió la madre-. Demasiado, incluso.

Crucé una mirada con mi compañera.

-¿Controlaban ustedes sus cuentas y sus claves de correo electrónico o de redes sociales? -indagó la sargento.

-Pues no, la verdad.

-¿Y tendría el teléfono de alguna de sus amigas?