547 amigos / cap. II

LORENZO SILVA
547 amigos / cap. II

Todavía no se habían llevado el cuerpo. El juez ya estaba allí. Era un tipo cordial, que apenas parecía juez. Vestía bastante informalmente, con unos vaqueros y un polo de color celeste, algo dado de sí. Tenía su señoría un ligero sobrepeso, cabello ensortijado y sonrisa fácil. Incluso se le escapaba en medio de aquel trance, lo que no parecía sin embargo irrespetuoso hacia la víctima. Era una sonrisa comedida, social, con la que acompañó el apretón de manos que me dio para recibirme, después de que me lo presentara el teniente López, de la unidad territorial de Segovia. Luego se tomó incluso la molestia de indicarme dónde estaba el cuerpo. Me hizo notar su deferencia:

-Me han dicho sus compañeros que deseaban verla tal cual. Así que no la hemos movido. Miren lo que necesiten y por favor, en cuanto pueda ordenar que se la lleven, me avisan. Los padres están ahí, y nos está costando un poco impedirles que se acerquen. Háganse cargo de lo que es para ellos tenerla así.

Miré hacia donde estaban los padres. Más allá de la zona acordonada, a unos treinta metros de distancia. No los pude distinguir bien. Apenas la complexión y el color de pelo. Muy alto y castaño claro él. Bastante más bajita y morena ella.

-Nos hacemos cargo, señoría -dije-. Serán sólo unos minutos. Se lo prometo. Virginia, Juan, venid conmigo.

Chamorro y Arnau me siguieron. La chica estaba a unos cinco metros de la zona asfaltada, sobre un terreno de bastante consistencia. Ni había huellas de calzado ni las íbamos a dejar nosotros. Me encargué de descubrir el cadáver. Arnau sujetó el cobertor mientras la sargento y yo examinábamos el cuerpo. No tenía más desperfectos visibles que las magulladuras del cuello. Un fino cuello, dicho sea de paso, que habría cautivado a más de uno si a su propietaria le hubieran permitido crecer. Nerissa Van den Broek era morena como su madre y algo más alta, aunque no tanto como su padre. Le habían cerrado los ojos, por lo que no pude ver de qué tono los tenía. Su ropa era bonita y cara, de marca, y no se veía sucia, salvo por la parte que estaba en contacto con el terreno. Diríase que la habían depositado con cuidado en el suelo. Estaba caída sobre un costado, con una mejilla apoyada en tierra, las piernas ligeramente dobladas y las manos ante sí. Me puse unos guantes de látex, precaución esta que ya habían tomado Chamorro y Arnau. Le levanté una mano, la derecha, ateniéndome a la probabilidad estadística. Salvo que perteneciera a la minoría de zurdos, en esos dedos tendría más fuerza. Bajo sus uñas había, notoriamente, tejido epitelial.

-Bingo, dijo Chamorro.

-Un aficionado -juzgué-. En cuanto haya sospechosos, a mirarles los antebrazos. Y a desconfiar si llevan manga larga. Es una suerte que nos las veamos con un idiota. A lo mejor la autopsia nos proporciona todavía más material. Ya sabes dónde.

-Sí, ya sé, asintió la sargento.

-Idiota del todo no es- observó Arnau. Se deshizo de ella en un sitio donde podía estar seguro de que no dejaría huellas de neumáticos. Y como lo debió hacer de madrugada, apenas se arriesgó a que otro conductor parase y lo sorprendiera.

Mientras examinaba las suelas de las zapatillas de Nerissa, completamente limpias, por cierto, sacudí la cabeza:

-No, mi querido Arny, te equivocas, el tipo al que buscamos no sólo es tonto del culo, sino que se puso nervioso y la tiró donde primero se le ocurrió. Sólo un imbécil abandonaría un cadáver en una autopista de peaje. Tenemos todas las bazas para cazarlo sin despeinarnos. No hay más que pedir las cintas de las cámaras del peaje de entrada y del de salida. Y ver qué coche tarda un poco más que los otros en recorrer el tramo en cuestión. Así que ya tienes tu primera tarea. Ya estás buscando entre esa gente arremolinada ahí a quien represente al concesionario de la autopista. Y que nos vayan sacando copia de la peli de la noche pasada, para que puedas verla cuanto antes. Arnau enrojeció levemente.

-Confieso que no lo había pensado.

-No te preocupes, hace mucho calor, has dormido mal, eres joven. Se te puede disculpar que no se te ocurriera.

-Tampoco te dejes abrumar-lo consoló Chamorro-. Si el tipo le metió zapatilla al coche y fue rápido con la operación, la genial idea del brigada no nos servirá para nada. Tendremos que buscarlo igual entre los cientos de coches que hayan pasado esta noche por delante de esas cámaras. Y me temo que va a ser así. No se alejó mucho para deshacerse del cuerpo, y yo diría que ya estaba muerta cuando pasó por el primer peaje.

Clavé en la sargento mi mirada más suspicaz.

-¿Y de qué deduces eso?

Chamorro señaló el pantalón de la víctima, a la altura de las posaderas. Sobre el tejido claro, había algo que me había pasado inadvertido hasta ese momento. La sargento explicó:

-Una mancha de grasa. Y por la forma, es como si se la hubiera hecho al restregarse contra algo. Por ejemplo, con el cierre engrasado de un maletero al sacarla de él.

-Bien visto, Virgi -aprobé, a mi pesar-. Y además tu perspicacia nos suministra otro dato. Esta chica no pesa arriba de cuarenta y ocho kilos. El tipo al que buscamos es un flojo.

-O el maletero tiene boca estrecha -apuntó Arnau.

-También -admití.

Le pedí a Arnau con una seña que volviera a cubrirla.

-Busca al de la autopista, Juan, y pídele las cintas -insistí-. Y tú, mi sargento, diles a los de criminalística que le saquen a la chica muestras de debajo de las uñas y que peinen todo lo que tengan que peinar antes de que se la lleven. Yo me voy a hablar con los padres. En cuanto puedas, te me unes.