547 amigos / cap. I

LORENZO SILVA
547 amigos / cap. I

Recibí la llamada mientras estaba preparando las maletas. El destino era lo de menos. Desde hace tiempo ya sé que en todas partes me estoy esperando yo, así que tampoco hay que torturarse demasiado pensando adónde ir. Si acaso procuro buscar algún sitio donde haya aire, horizontes abiertos. Con un paseo largo, a poder ser, para no chocarme más de la cuenta conmigo mismo. Ayuda que tenga mar. Añoro el mar en Madrid.

Iba a contar que yo fui un niño con un mar delante de los ojos todo el tiempo, y que eso me acostumbró a mirarlo y a echarlo de menos después. Iba a contar que ese mar era gris o marrón, según el día, y que lo llamaban Río. De la Plata, para más señas. Pero a quién le importa todo eso. Quizá ni a mí, que desde que me alejaron de allí, con siete años, no he hecho el esfuerzo de volver y he aprendido a conformarme con otros mares, otros colores, otras gentes. Con esto de los muertos.

Esto es lo que importa: el muerto, o mejor dicho la muerta, que esta vez era una de esas que le emploman a uno el día. Una de esas que no debería encontrarme, pero que a veces me encuentro. Fue Chamorro, mi sargento, quien me interrumpió mientras dudaba qué camisas doblar y contaba calcetines y calzoncillos. También fue ella quien me puso al corriente de los primeros y tristes detalles (siempre lo son) del trabajo:

-Víctima de sexo femenino, catorce años, estrangulada. Los padres habían denunciado la desaparición ayer mismo. Lugar, zona de descanso de la AP-6, pasado El Espinar, Segovia.

-¿Pasas tú a buscarme?, le pregunté.

-Claro, para eso eres el jefe.

-Vale, así me da tiempo a deshacer la maleta, que la tenía ya medio hecha. Llama al chico y recógelo a él antes.

-Lo siento. Lo de la maleta.

-Yo no. Todavía no había empezado a doblar camisas. Eso que me ahorro. No me apetecía nada, la verdad.

-El teniente coronel, en todo caso, me dice que te traslade sus excusas por esta demora en el inicio de tus vacaciones. Que cuentes con disfrutar luego los días que pierdas ahora.

-Muy amable, el teniente coronel. ¿Se oían chapoteos de fondo mientras te decía todas esas cosas?

-No, me lo dijo en persona. Sigue aquí, en la unidad.

-Ah, intrigando. Qué se traerá entre manos.

-Y a ti qué más te da. En media hora te recojo.

Es lo malo que tiene Chamorro, la exactitud. Veintinueve minutos después, sonaba el timbre. Con la lentitud mental y física que imponía el calor insufrible del julio madrileño, apenas había acabado de guardar las cosas y estaba todavía dudando qué americana y qué pistola coger. Era verano, hacía treinta y un grados (y subiendo) y se trataba de un asesino de niñas. Así que me puse la americana de trapillo de Zara y escogí la pistola pequeña. Nunca hay que cargar con pesos inútiles.

Chamorro había pillado el Passat V6. Es lo bueno que tiene el verano, aunque mi ciudad se haya convertido por efecto del cambio climático en una sucursal del infierno. Todo lo que durante el resto del año está disputado, queda vacante. La pauta valía tanto para el coche estrella de la unidad como para el asfalto de la M-30, que esa mañana se veía felizmente despejado. Mientras avanzaba por los túneles a los 70 por hora reglamentarios, Chamorro nos fue poniendo en antecedentes a mí y al guardia Arnau. Éste, muy tieso en el asiento del copiloto, como el primer día que lo había ocupado, la escuchaba con un gesto adusto que desde mi posición, derrengado en el asiento trasero, tan sólo podía adivinar. Pero lo adivinaba. Un año y medio después, todavía no había conseguido que se atreviera a tutearme. Desde algún lugar de la eternidad, el duque de Ahumada lo observaba complacido. Un benemérito digno del tricornio.

-La chica salió de casa ayer a las cinco -explicó Chamorro-. Según los padres, dijo haber quedado con unas amigas y ellas lo confirmaron. El cuerpo lo encontró a las seis de esta mañana un turista francés, a quien está costando un poco retener. Por lo visto esperaba estar subido en la tabla de windsurf en Tarifa esta misma tarde. La cuestión es que la mataron en esa ventana temporal de trece horas. Supongo que el forense nos permitirá acotar la hora un poco más, cuando la examine.

-¿Cómo estaba la chica?, pregunté.

-¿A qué te refieres, en concreto?

-Ropa.

-Vestida, completamente. Con la que dijeron sus padres que llevaba cuando fueron a denunciar su desaparición. Tejanos claros, blusa fucsia, zapatillas deportivas Converse.

-¿Marcas de violencia?

-Sólo en el cuello.

-¿Algo bajo las uñas?

-No me ha dado tiempo a preguntar tanto. Pero es muy probable que lo puedas mirar tú mismo in situ. Les he pedido a los segovianos que no la muevan hasta que lleguemos.

-Espero que su señoría se avenga a esperarnos.

-No había llegado aún cuando los llamé.

-Claro, es pronto. ¿De dónde es la chica?

-Bueno, eso es curioso, hasta cierto punto. Hispano-belga. Nerissa Van den Broek Zurita. Residente en Pozuelo de Alarcón.

-Ah, padres con pasta habemus.

-Eso parece. Por sus profesiones.

-¿A saber?

-La madre, ejecutiva de un banco. El padre, director general de la sucursal de otro en España.

El dato me sacudió un poco, no lo oculto.

-Vaya -observé-, eso no se ajusta mucho al perfil habitual de los padres de muchachas asesinadas y abandonadas en zonas de descanso de autopistas.

-¿Existe un perfil de eso? -preguntó Arnau.

-¿Lo preguntas en serio? -repuse.

-Eh. Supongo que no -dudó.

-¿A que ahora te provoca más? -intervino Chamorro.

-Tenía sólo catorce años -dije-. Me da igual que fuera rica. Iba a ponerme de su lado igual. Que se prepare el que lo hizo.