Nueva cultura política y desarrollo nacional

La nueva cultura política es un impulso de renovación y de cohesión democrática, de mayor implicación recíproca entre la ciudadanía, sus necesidades y aspiraciones sociales, y la política

JOXEAN REKONDO MARTÍN BERAMENDI * :: ALFONSO BERRIDI
Nueva cultura política y desarrollo nacional

Al hablar de cultura política, queremos señalar la importancia de compartir colectivamente un fondo de valores, normas y actitudes que ayudan a cohesionar y afianzar la vida social y su integración con las instituciones públicas. Algo que compartimos o aspiramos a compartir, sin pretender una uniformidad que perjudique la sana articulación de las diferencias inherentes al pluralismo. Hemos asistido, en los últimos tiempos, a un claro declive de la cultura política que, conformada durante los largos años de resistencia y en el marco de las expectativas de la restauración democrática, ha predominado entre los grandes partidos que han pugnado por protagonizar la política de los vascos desde entonces. Una cultura sólida que, sobre la base de una potente y activa imbricación social, había legitimado -pese a las reservas de una minoría autoexcluida- las instituciones de gobierno recuperadas tras la dictadura y había confiado también en la labor de los partidos, en cuyas manos recae la responsabilidad de la gestión institucional. El desgaste de este modelo se ha debido a varias causas. Sin pretender ser exhaustivos, podríamos decir, en primer lugar, que los partidos políticos se han ido cerrando en sí mismos y les cuesta adecuar sus programas y actividades a la respuesta a unas demandas sociales en constante transformación. Y en segundo lugar, que la irrupción de prácticas administrativas dañinas para el interés público y para la relación de transparencia entre política y sociedad es también un relevante factor de la pérdida paulatina de la confianza social en la política.

Los datos de las encuestas son contundentes: el desinterés por la política de la sociedad vasca se sitúa ya por encima del 75% por ciento de la población, y el alejamiento de la sociedad de los partidos políticos mantiene unas cifras semejantes. La lectura, no obstante, no es de falta de identificación con las instituciones, o de desconfianza hacia el administración pública vasca, (cuyos índices de satisfacción rondan un más que honroso 60%, al mejor nivel de los países más avanzados de la Unión Europea), sino de falta de confianza en los partidos, a través de los cuales se gestionan aquellas.

Ante esta situación, el gobierno foral de Gipuzkoa ha apostado por lo que ha llamado nueva cultura política. La nueva cultura política es, como hemos dicho al inicio, un impulso de renovación y de cohesión democrática, de mayor implicación recíproca entre la ciudadanía, sus necesidades y aspiraciones sociales, y la política. La apuesta acarrea la provisión, más allá de las opciones electorales, de cauces y herramientas de interrelación y participación política. De ahí la creación de un nuevo marco normativo que instituye procesos deliberativos y participativos, incluyendo la celebración de consultas populares. Aunque, más allá de estas medidas de carácter formal, el programa implica o debe implicar también un compromiso por una nueva cultura que impregne la actuación de los partidos políticos, y que por la razón antes apuntada va a reclamar, más temprano que tarde, una más abierta concepción de los mismos que posibilite nuevos modos de hacer política.

Desde un punto de vista complementario, la nueva cultura política es también una apuesta estratégica del nacionalismo, extensible a nivel de país, ya que es inconcebible un desarrollo nacional positivo con una política escindida en frentes o con una sociedad cada vez más desvinculada de la 'res publica'.

Cuando hablamos de 'liderazgo compartido', 'colaboración público-privada' o de 'participación de la ciudadanía', no estamos hablando de separarnos en polos o trincheras. Estamos hablando, al contrario, de fórmulas para buscar la mejor unión en torno a las políticas que a todos nos interesan. 'No existe fórmula mejor para proseguir nuestra lucha que la unión vasca', dijo el recordado Agirre en su último mensaje de Gabon. La unión vasca (que, añadía el primer lehendakari, 'a todos beneficia y a nadie daña') es perfectamente materializable en esa dimensión aglutinante de la nueva cultura política.

Hoy por hoy, el caudal más intenso que discurre por el cauce central del país se identifica con el nacionalismo vasco. Por eso, los nacionalistas no podemos eludir esa mayor responsabilidad que nos corresponde a la hora de renovar la cultura política vasca en la línea descrita. Se podrá argüir que la responsabilidad que asume un nacionalismo dividido en diferentes siglas no puede sino ser una responsabilidad dispersa o descompuesta. Esto es, ciertamente, un problema cuando los cerrados intereses de grupo predominan sobre el superior requerimiento de colaborar en favor del interés común. La dispersión de siglas no será, sin embargo, un problema para la asunción de responsabilidades en equipo y para establecer 'estrategias en común', tal y como pedía recientemente el diputado general de Gipuzkoa. Su mandato es, de hecho, el más vivo ejemplo de trabajo en común, de cohesión en la gestión y de liderazgo compartido. Ese es el proceso a continuar, acentuando los valores de colaborar y compartir de la nueva cultura, para que el nacionalismo vasco consiga inspirar una nueva y sólida unión vasca que reemprenda el desarrollo nacional adecuado a la voluntad de su gente.