Una década de ausencias

Maixabel Lasa evoca el atentado de ETA que acabó con la vida de su marido, Juan Mari Jáuregui, hace diez años. «Mi marido intentaba tender puentes para que acabara el terrorismo, y no le dejaron»

LORENA GIL
Maixabel Lasa se emociona al mirar una fotografía de ella y su marido, Juan Mari Jáuregui, antes de que ETA acabara con su vida. :: IGNACIO PÉREZ/
Maixabel Lasa se emociona al mirar una fotografía de ella y su marido, Juan Mari Jáuregui, antes de que ETA acabara con su vida. :: IGNACIO PÉREZ

Aquel verano de hace diez años Juan Mari Jáuregui pasaba unos días de vacaciones en su tierra, el País Vasco, cuando ETA le arrebató la vida. Había vuelto a su casa de Legorreta, con su mujer, Maixabel Lasa, y su hija María para descansar unos días y celebrar sus bodas de plata. La pareja, natural de este municipio de Tolosaldea, contrajo matrimonio en 1975 por lo civil, «con lo que eso suponía en pleno franquismo». Juan Mari vivía por entonces en Chile y trabajaba a lo largo y ancho de Sudamérica para la empresa de la cadena de tiendas de aeropuertos Aldeasa. «Nos veíamos cada tres meses», evoca Lasa. Aquel 29 de julio de 2000 fue la última visita.

Las ausencias han sido una constante desde entonces. Maixabel, que en la actualidad ejerce de directora de la Oficina de Atención a Víctimas del Gobierno Vasco, recuerda ese fatídico día como si fuera ayer. ETA había colocado en la diana a su marido desde su época como gobernador civil de Gipuzkoa, puesto que ocupó entre septiembre de 1994 y mayo de 1996. Le señaló «no por ser un buen o un mal hombre, sino por su cargo, ni más ni menos», según recogió la organización en un boletín interno un mes después de su asesinato. Juan Mari había quedado con Jaime Otamendi, entonces director de informativos de ETB, para tomar un aperitivo en el bar Frontón de Tolosa, municipio del que la víctima fue concejal por el PSE durante seis años, cuando un pistolero del comando Buruntza le descerrajó dos disparos en la cabeza. Falleció tras hora y media de agonía. «Cuando llegué allí, tenía la cabeza vendada. Pero si algo se me ha quedado grabado es su rostro; estaba tranquilo», evoca su viuda. En febrero de 2004, la Audiencia Nacional condenó a sendas penas de 39 años de cárcel a Patxi Xabier Makazaga e Ibon Etxezarreta, y a 36 años a su compañero Luis María Carrasco acusados de perpetrar el atentado.

El destino quiso que ese día Maixabel no presenciara el asesinato de su marido. «Solíamos ir juntos al Frontón, pero aquella vez no fui porque teníamos cena con los amigos en la sociedad y me tocaba a mí prepararla, así que me quedé en casa para adelantar tarea», recuerda. Un policía había advertido a Jáuregui de que su vida corría peligro -su nombre había aparecido en varios 'zutabes' de ETA-, pero él «no se esperaba que le pudiera pasar eso». «Algo intuía. Sobre todo, tras el asesinato el 7 de mayo de José Luis López de Lacalle, pero no hasta ese punto», reconoce Lasa. Juan Mari dio instrucciones a su familia de colocar contraventanas en la parte trasera de la casa como medida de seguridad. «Nos habían hecho ya pintadas», apunta. Jáuregui, de 49 años, militó en su juventud en la lucha antifranquista y estuvo enrolado durante un periodo corto de tiempo en ETA, si bien cuando se escindieron las ramas de ETA V y VI se comprometió con la última opción, que abandonaba la actividad armada. A mediados de los ochenta, en plenos años de plomo, pasó a engrosar las filas del PSE.

La mañana en la que la organización terrorista le arrebató la vida, el ex gobernador civil de Gipuzkoa hizo una confesión a su mujer que la dejó «de piedra»: «He soñado que me mataban», le espetó. Poco después, una llamada de teléfono confirmaba los peores augurios. «Cuando mi hermana me dijo que no saliera de casa, lo supe. Llámalo intuición», expresa Maixabel. María, la hija del matrimonio, tenía entonces 18 años.

«Lo que me engatusó de Juan Mari es que era un hombre con don de gentes, extrovertido, sencillo; una persona que vivía el presente, disfrutaba con sus amigos y tenía claro que hasta que no se demostrara lo contrario todos éramos buenos», describe su viuda. Este jueves hará diez años que Maixabel perdió a su marido, pero también a su «mejor amigo». «Éramos del mismo pueblo y empezamos a salir en la época de la universidad. Conectamos enseguida porque teníamos las mismas inquietudes culturales», explica. Desde el atentado, no ha vuelto a entrar al Frontón. «Es algo que tengo que hacer. Quizás vaya este año con Jaime Otamendi», se plantea.

Maixabel, al contrario de lo que le ha tocado vivir a las familias de otras víctimas, asegura haber sentido el arrope de su pueblo y de sus vecinos tras el asesinato de su pareja. «En Legorreta nos conocemos todos. De hecho, nosotros nos relacionábamos con gente de distintas sensibilidades, también de la izquierda abertzale, y muchos nos dieron el pésame», señala.

Su primera nieta, Nerea

La decepción les llegó desde su círculo más cercano. Un sobrino de Juan Mari, entonces concejal de Batasuna en Legorreta, se negó a condenar el atentado. Dos meses después, Lasa descubrió un monolito en memoria de su marido en su localidad natal con la inscripción en euskera: «Los que te queremos, te recordamos». La obra ha sido atacada en dos ocasiones por los violentos, pero Maixabel tiene muy claro que «tantas veces lo rompan, esas mismas se reparará». «Hay que ser fuerte y demostrarles que con la violencia no se va a ningún sitio. A ver quién aguanta más».

Echar la vista atrás resulta demasiado doloroso y la viuda de Jáuregui no puede reprimir las lágrimas cuando repasa el vacío que el terrorismo ha dejado en su vida. «Al principio no puedes creértelo. Al residir fuera, hablábamos unas dos o tres veces al día y recuerdo que pasé semanas esperando su llamada. Me costó tanto hacerme a la idea de no volver a verle», se sincera. A la mitad de la entrevista, suena su teléfono móvil. Es su hija, que acaba de ser ingresada en un hospital para dar a luz a una niña, que llevará el nombre de Nerea. El rostro de Maixabel se ilumina. «¡Me va a hacer abuela!», sonríe. Entonces piensa en Juan Mari. «Son sentimientos encontrados. Ojalá pudiera conocer a su nieta», se lamenta impotente.

La vida de Lasa no tardaría en dar un nuevo giro inesperado. Apenas tres meses después del atentado, en octubre de 2000, intervino por primera vez en un acto público. El Gobierno Vasco, en manos entonces del jeltzale Juan José Ibarretxe, solicitó a la viuda de Jáuregui que como víctima del terrorismo pronunciara unas palabras al término de la manifestación que recorrió las calles de Bilbao bajo el lema 'ETA no'. «Cada vez que me acuerdo de toda la gente que había se me pone la carne de gallina», declara. Un año después, el por entonces lehendakari y su consejero de Interior, Javier Balza, citaron a Maixabel en San Sebastián para proponerle llevar las riendas de la que vendría a ser la nueva Oficina de Atención a Víctimas del Ejecutivo de Vitoria. «Hablé con mi hija y con mi círculo cercano, y les pareció buena idea, así que acepté», rememora. Lasa asumió el cargo en enero de 2002, aunque la publicación de su nombramiento apareció antes, en el Boletín Oficial del 28 de diciembre. «Casualidad, el Día de los Santos Inocentes», señala.

«Se trata de un mundo en el que merece la pena trabajar; somos parte de la historia de este país», resume. Maixabel y su equipo se han ganado en ocho años el respeto de los colectivos de afectados, así como de los diferentes partidos políticos. Pero el camino no ha sido fácil. «Cuando empezamos nos encontramos con muchos silencios, muchos reproches. Aunque las cosas han ido cambiando para bien», se congratula.

«Una deuda pendiente»

Lasa concibe su trabajo como una «deuda pendiente» con su marido. «Juan Mari era de los que intentaba tender puentes para que el terrorismo terminara. Como él no pudo seguir adelante porque no le dejaron, creí que yo podría hacer algo para consensuar el reconocimiento institucional y social de todas las víctimas y conseguir la paz», defiende. Con una larga experiencia a sus espaldas, afirma «recordar todo lo sufrido» con cada nuevo atentado, si bien asegura que su cargo le ha hecho sentirse «útil». «Te vuelcas en arropar a las familias y te identificas tanto con ellas... Pero también he llorado mucho», confiesa.

La dedicación a su trabajo y su decidida apuesta por luchar por el reconocimiento de todas las víctimas hicieron que en noviembre de 2008 ETA señalara de nuevo a Maixabel. En un comunicado, la organización la acusó de ser «una militante antiabertzale que derrama lágrimas de cocodrilo». «Me quedé aturdida. No me esperaba que después de matar a Juan Mari ahora me pusieran en el punto de mira», manifestó a este periódico. La viuda de Jáuregui, que considera que la reinserción de los presos de ETA, «aunque resulte doloroso para las víctimas, siempre es positiva cuando se reconoce el mal hecho», decidió seguir adelante por su marido. Pero desde entonces se vio obligada a llevar escolta.

Tras la entrada de los socialistas en Ajuria Enea, el actual consejero de Interior, Rodolfo Ares, propuso a Maixabel continuar al frente de la Dirección de Víctimas, ofrecimiento que no dudó en aceptar. «Todavía hay trabajo por hacer si queremos convivir en una sociedad en la que la violencia no tenga cabida. Es la mejor herencia que dejar a las nuevas generaciones. A mi nieta», concluye.

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