No a la 'gordofobia'

«No puedes saber si alguien está sano o no sólo con mirar su talla», argumentan las asociaciones que combaten la creciente marginación de las personas más corpulentas

Después de utilizar la palabra 'gordo', uno casi se ve en la necesidad de disculparse, mientras que al aplicar a alguien el calificativo de 'delgado' se tiene la sensación de haberle soltado un buen piropo. Los modos dominantes de pensar van llenando el lenguaje de connotaciones hasta convertirlo en un arma cargada, y asuntos como el tamaño físico se han vuelto tan delicados que parecen ya un campo de minas: hace cincuenta o sesenta años, el gordo era simplemente una persona que pesaba más que la media; hoy en día, se le ve como un peligroso inconsciente que descuida su dieta, pone su vida en peligro, acapara presupuesto sanitario, resulta molesto a la vista y, seguramente, presenta comportamientos igual de irresponsables en otras facetas de la vida. En Estados Unidos, surgió ya en los 60 un movimiento contra la discriminación de las personas por razón de su talla, pero ha sido en los últimos años cuando ha adquirido toda su fuerza por reacción a esta omnipresente «gordofobia», que consideran cada vez más grave. Ellos usan la palabra 'gordo' sin disculparse, con una insistencia que se sitúa entre el reto y la catarsis, tratando de reducirla de nuevo a su inocente condición descriptiva.

«En Estados Unidos, la discriminación basada en la talla corporal está ahora a la par con las de raza y sexo. A menudo las personas gordas no somos contratadas a pesar de nuestra cualificación y experiencia. Se nos paga menos por el mismo trabajo, especialmente a las mujeres, muchas veces se nos ignora para promociones y ascensos y en algunos casos simplemente se nos despide. A menudo se nos diagnostica mal o se nos niega el tratamiento apropiado por nuestro tamaño. Y leemos o escuchamos noticias todos los días sobre servicios por los que se nos quiere cobrar un precio extra», enumera Peggy Howell, de la Asociación Nacional para Avanzar en la Aceptación de los Gordos (NAAFA, por sus siglas en inglés). Pero no se detiene ahí: «No es raro que, en la tienda, algún extraño haga comentarios sobre la compra de una persona gorda, ni tampoco que las personas gordas que hacen 'footing' sean insultadas desde los coches que pasan. Y, muchas veces, amigos y parientes con buena intención asumen la responsabilidad de insultarnos o decirnos lo que deberíamos hacer. Por nuestro bien, claro».

Gordos sanos y flacos enfermos

El movimiento de aceptación se basa en unas premisas muy claras. Una resulta indiscutible: no se le puede perder el respeto a una persona sólo porque es más gruesa que la media. Otra puede resultar más controvertida: la vinculación entre sobrepeso y mala salud supone una generalización y, como tal, es simplemente injusta, porque hay gordos perfectamente sanos y hay delgados que están para el arrastre. «La gente se preocupa por la gordura a dos niveles. En primer lugar, tenemos la idea social de que resulta poco atractiva. En segundo lugar, tenemos la idea de que es mala para la salud -recapitula la profesora e investigadora Linda Bacon, autora del libro 'Health At Every Size', algo así como 'Salud en todas las tallas'-. Ninguna de las dos está basada en la ciencia ni en la razón. Con respecto a la primera, la belleza es un concepto aprendido, no algo objetivo, y la forma actual de entenderla deja fuera a la mayoría de la gente. Podemos aprender a apreciar la belleza en una gama diversa de tallas. Con respecto a la segunda, tenemos que reconocer que el peso es mal representante de la salud: todo el mundo, gordo o delgado, se puede beneficiar de los hábitos saludables, así que deberíamos dirigir la promoción de la salud a todos, en vez de estigmatizar a la gente de más tamaño». La campaña contra la obesidad infantil impulsada por Michelle Obama ha soliviantado a estas organizaciones rebeldes, por estar orientada a que los gordos pierdan peso y no a que todos los niños mejoren sus hábitos de dieta y ejercicio. NAAFA se ha enfrentado directamente a la esposa del presidente y ha asegurado que su programa causará «más daño que beneficio». Los responsables de la asociación aseguran que la marginación de los muchachos de más talla ha aumentado un 40% en los últimos treinta años y recuerdan que «los niños gordos son ya la diana de un 'bullying' despiadado». Por su parte, la Asociación por la Diversidad de Talla y la Salud ha reclamado que los afectados siempre tengan voz en la toma de este tipo de decisiones: «¿Han considerado los legisladores preguntar a los niños gordos cómo se van a sentir en septiembre, cuando vuelvan a la escuela en pleno 'Mes de la Conciencia sobre la Obesidad Infantil'?».

No es habitual que las noticias sobre casos de discriminación lleguen a los medios, pero, de vez en cuando, algún corpulento personaje popular da visibilidad a este conflicto. En febrero, el director de cine Kevin Smith tuvo que bajarse de un avión porque su tamaño se consideró un «riesgo para la seguridad». Y la actriz de 'Precious', Gabourey Sidibe, ha sido objeto de repetidos ataques públicos sin ninguna relación con su competencia profesional, debidos únicamente a su anatomía. El estudio de referencia sobre los prejuicios relacionados con el peso, elaborado en 2008 por un instituto dependiente de la Universidad de Yale, revela la gravedad de la situación en un país donde el 60% de los adultos y el 50% de los niños está catalogado como persona con sobrepeso u obesa. A mitad de los 90, el 7% de los adultos estadounidenses había sufrido alguna vez discriminación en razón de su peso; diez años después, la proporción había ascendido al 12%. Entre las personas con sobrepeso, el 69% declara haber percibido alguna vez el prejuicio en los médicos, el 43% lo ha notado en sus jefes y el 32%, en los profesores. El estudio rebate el argumento de que el camino más sencillo para evitar la discriminación es perder peso: «Muchos años de evidencia científica demuestran que la pérdida significativa de peso es difícil de conseguir y de mantener ».

Peor para ellas

Precisamente, la inoperancia de las dietas es otro de los caballos de batalla del movimiento por la aceptación, aunque en realidad sus objeciones van más allá: «Qué inquietante es pensar que está bien decirle a alguien que cambie su cuerpo, algo que posiblemente es más personal que la raza, la sexualidad o la religión», se alarma la actriz Jennifer Jonassen, una de las protagonistas de 'FAT' (www.fat-film.com), documental en fase de edición que refleja las peripecias de tres mujeres en relación con la 'gordofobia'. Jennifer es también miembro de R.A.I.D., una compañía de baile «radicalmente inclusiva» con integrantes de diversos tamaños y formas, y se muestra dolorosamente consciente de que la presión social se ceba con especial fuerza en las mujeres. «En nuestra cultura, pese a los avances del feminismo, el valor de las mujeres todavía se juzga primordialmente en función de su apariencia -lamenta-. Se nos transmite ese mensaje desde una edad muy temprana. Cada anuncio e imagen en el mundo está ahí para recordarnos que necesitamos ser hermosas, sexis y deseables y que eso no es posible si estás gorda o, simplemente, más gorda de lo que la sociedad ha establecido como forma ideal. A lo largo de mi vida, los hombres me han dicho repetidamente que soy la mujer perfecta excepto por mi peso. He vivido la mayor parte de mi vida sintiendo que soy indigna del amor».

Los partidarios de la aceptación insisten en que la satisfacción con la propia imagen y el amor a uno mismo también forman parte del bienestar, permiten lograr un equilibrio que la insistencia en la delgadez como criterio está destrozando. «No puedes saber si alguien está sano o no sólo con mirar su talla corporal. El gráfico que relaciona el peso y la salud de la nación tiene forma de campana: la gente menos saludable está a ambos extremos, en los pesos más bajos y más altos. Al moverte hacia el centro de la campana, el grupo más saludable de personas queda realmente en la categoría de 'sobrepeso' según su índice de masa corporal», sostiene Peggy Howell. Lo más terrible es que, en algunos planteamientos, parece latir la idea de que la mala salud justificaría de algún modo la segregación de los gordos. «¿Desde cuando alguien debe tener buena salud para ser sujeto de derechos civiles? -prosigue la portavoz de NAAFA-. Da igual que tengamos ojos azules o marrones, que seamos ingenieros aeroespaciales o peones camineros, que prefiramos Reebok o New Balance: se supone que todos somos iguales ante la ley. Nadie tiene derecho a reducir mis derechos civiles porque soy gorda, ni a decirme que debo hacer las mismas elecciones que él. Por ahora, tengo derecho a decidir el modo de vida que prefiero».

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