Horizontes para el entendimiento

El Gobierno Vasco tendría que asumir con claridad que un Plan de Educación para la Paz debe ser integral, esto es, debe incluir a todas las víctimas de la injusticia, en sus diversas expresiones

XABIER ETXEBERRIAASESOR EN EDUCACIÓN PARA LA PAZ DE LA DIRECCIÓN DE VÍCTIMAS
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                            JOSEMARI ALEMÁN AMUNDARAIN/
:: JOSEMARI ALEMÁN AMUNDARAIN

La reformulación, por parte del Gobierno Vasco, del Plan de Educación para la Paz está generando un debate político en tales términos que resulta contraproducente para promover la educación que se pretende. En estas líneas me propongo ofrecer algunas sugerencias para colaborar en el esfuerzo por reconducir esta situación.

Lo primero que conviene subrayar es que un proyecto de educación para la paz que persiga insertarse en el sistema educativo precisa un acuerdo suficiente, tanto social como educativo. Dado que no existe, hay que esforzarse en lograrlo. Con una aclaración: no se debe claudicar en cuestiones de justicia -con las víctimas- para que el acuerdo se dé, pero sólo esas cuestiones, no las partidarias, deben bloquearlo. Sobre esta premisa, hay que tratar de llegar a un mutuo entendimiento en las cuestiones básicas.

En este sentido, creo que el Gobierno Vasco tendría que asumir con claridad que un Plan de Educación para la Paz debe ser integral, esto es, debe incluir a todas las víctimas de la injusticia, en sus diversas expresiones. Un Plan así no se improvisa, porque precisa amplias consultas y debates. ¿Debe entonces asumirse el Plan que ya existe, aprobado en la anterior legislatura?

Es aquí donde considero razonable que la hoy oposición tenga en cuenta la reformulación del Plan hecha por el Gobierno. El contenido de ésta se sustenta en dos ideas clave: hay que enfatizar la perspectiva de las víctimas a la hora de afrontar la educación para la paz; y hay que dar la relevancia debida, en reconocimiento y en presencia, a las víctimas del terrorismo.

A partir de aquí el Plan antiguo y la reformulación pueden verse como alternativas. Creo, por mi parte, que hay que verlos implicadamente. Hay razones poderosas para sostener que el Plan antiguo tenía fallos significativos en las dos ideas clave de la Reformulación; y las hay también para defender que la reformulación, por ella sola, no responde al planteamiento integral que se precisa. ¿Por qué, por parte del Gobierno, no ver la Reformulación como correctivos imprescindibles que se hacen a un Plan, que si los asume, se acepta que continúe vigente hasta 2011 según el plazo que se contempla en él? Tras esa fecha, le tocará a él dinamizar la reformulación global del Plan, con todo lo que ello supone. ¿Y por qué, por parte de la oposición, no ver la razonabilidad fundamental de esos correctivos, aunque disienta en determinados aspectos de la actual redacción y pida que se revisen? ¿Podría diseñarse así un horizonte para el entendimiento?

Pasemos ahora a discusiones que tienen que ver con las dos ideas fuerza de la reformulación. Se acusa a su actual versión de que la pretensión de deslegitimación de la violencia a través de la educación se presenta de tal modo que supone adoctrinamiento (en último término, en cuestiones relativas a la identidad nacional). Creo, en este sentido, que hay que pulir significativamente la redacción de la introducción. Y, sobre todo, que hay que garantizar que el enfoque que se pretende para esta educación es prepartidario, realizado de tal modo que deja abierta la posibilidad del pluralismo democrático en cuestiones de identidad, sin entrar en ellas. Pero, a su vez, no hay que ver debajo del rechazo contundente del terrorismo un ataque al pluralismo identitario; aunque, evidentemente, deba incluir a todas las formas de terrorismo. En todo esto, pienso que toca a los políticos, de parte y parte, afinar sus intervenciones en esta dirección, no por mera razón de estrategia, sino por remisión a una voluntad sincera de situar esta cuestión en el ámbito prepartidario. ¿Podría ser ésta una segunda pista para el horizonte de entendimiento?

Otro punto de disenso sigue estando en la presencia física de las víctimas en los procesos educativos. Hay que aclarar algo que cabe en la reformulación sin forzarla, aunque se puede exigir que se exprese más firmemente: desde la perspectiva integral están abiertos a presencias de las víctimas de las diversas formas de violencia; y deben combinarse con la presencia indirecta en función de los contextos educativos. A un sector, con todo, le molesta expresamente lo que la reformulación aporta de más novedad: que haya presencia física de víctimas del terrorismo. Se tiene de nuevo la sospecha del adoctrinamiento, ahora expresamente a través de estas víctimas.

Creo que toca a los responsables de la reformulación enfatizar lo que está en ella: que se promoverá con diligencia que las víctimas de todas las formas de terrorismo que intervengan, asuman la perspectiva prepartidaria, algo que bloquea toda objeción de adoctrinamiento indebido. Las víctimas están convocadas para que, desde su experiencia, afirmen con contundencia, sin neutralidad, los valores humanos fundamentales que han sido quebrantados en ellas, y para motivar la correspondiente interpelación. Y están convocadas, además, para hacerlo colaborando en un proceso educativo, al que tienen que ajustarse, bajo la coordinación del educador. Es la naturaleza de este proceso la que pide la imparcialidad respecto a lo partidario, la que pide la acomodación pedagógica de las intervenciones, etc. En este sentido, unas víctimas serán más adecuadas para esto que otras. Esto no supone hacer ninguna jerarquización. Porque otras víctimas serán más adecuadas para otros espacios. Y habrá víctimas que, legítimamente, querrán ser partidarias, pero entonces tendrán que buscar sus espacios propios. ¿Podríamos de nuevo, a partir de este supuesto, vislumbrar horizontes de entendimiento hacia los que avanzar con los correspondientes diálogos?

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