La importancia de llamarle 'nuestro'

Cualquier iniciativa que busque mejorar la convivencia y pretenda imponerse nos llevará al fracaso colectivo

IZASKUN BILBAO BARANDICA :: JOSEMARI ALEMÁN AMUNDARAINEUROPARLAMENTARIA DE EAJ-PNV
La importancia de llamarle 'nuestro'

He seguido con atención y preocupación la polémica en torno a la reformulación del Plan Vasco de Educación para la Paz y los Derechos Humanos del Gobierno Vasco. He releído el documento y las correcciones realizadas por el nuevo gobierno y tengo una opinión clara. Poco aportaría repetir aquí lo que está dicho. Quiero proponer otro punto de vista: cualquier iniciativa que busque mejorar la convivencia y pretenda imponerse nos llevará al fracaso colectivo. La primera versión del documento se aprobó en 2008 contra la opinión del PP y el PSOE. Ahora PNV, EA, Aralar y EB han pedido al gobierno que retire una propuesta que también rechaza la comunidad educativa. Sólo tendrá éxito un plan que se ciña a principios éticos compartidos. Porque es el único que en este delicado territorio será 'nuestro'.

Compartimos el respeto a la vida y a todos los derechos humanos, el reconocimiento de todas las víctimas de todas las violencias y la reparación del daño causado. Queremos construir convivencia desde el respeto a la pluralidad y desacreditar la violencia, un término más correcto que deslegitimarla. Utilizar esta palabra, decía el otro día un académico de la lengua, es decir que la violencia alguna vez fue legítima, lo que es muy distinto a que haya algunas personas o colectivos que apoyen su utilización.

Uno de los objetivos de educar en valores es desacreditar la violencia. En nuestro país está presente en la vida de todas y todos a través de la siniestra y condenable actividad de ETA. Priorizar la condena de sus crímenes y el reconocimiento social que merecen sus víctimas no debería llevarnos a creer que esa es la única expresión de violencia que debemos corregir, ni la única que existe. Porque, sin ánimo de comparar, convivimos todos los días con otras: contra las mujeres, en las familias, en la escuela... Promover la cultura de la paz obliga a enseñar que el origen de cualquier violencia es, precisamente, negar los valores básicos que compartimos.

Desde la política apoyamos estos valores cuando aprobamos juntos la Ley de Reconocimiento y Reparación de las víctimas, montamos de común acuerdo una exposición con las víctimas, avanzamos en el reconocimiento de la existencia de todos las crímenes que han sacudido este país, o reaccionamos juntos ante un atentado. Son el fundamento ético de la sociedad en que vivimos y no deberían resultar afectados por el color del gobierno o la coyuntura política.

Partir de esos principios fue lo que reclamaron las asociaciones de víctimas y las personas que participaron en la creación de la exposición Biktimak-Víctimas. Con ellas ratifiqué que la principal vacuna contra la utilización de la violencia es la empatía con quienes la sufren. Hay que aprender a ponerse en la piel del otro, preguntarse: ¿Y si me pasa a mí? La respuesta nos lleva a una reflexión elemental sobre el respeto a la vida como bien supremo, sobre el sufrimiento y la dimensión humana de las tragedias que aún vivimos. Una verdad que entiende todo el mundo. Por eso las víctimas de ETA insistieron en quitar color partidario a los paneles que formaban aquella exposición. En torno a la misma se abrazaron personas de adscripciones políticas diferentes, porque también hay pluralidad entre las víctimas. Les unió un discurso compartido sobre el único color que tienen el crimen y la negación del otro: el negro del luto y el dolor gratuito. Les motivó la gratificación de poder explicárselo a la gente con toda nitidez.

Contar esto en la escuela requiere además abrirse a la participación y el acuerdo de la comunidad educativa, docentes, alumnado y padres y madres. Las y los docentes son imprescindibles porque son ellos quienes deciden cómo se abordan los temas en las aulas. Y los que están en mejores condiciones para resolver de un modo creativo y eficaz polémicas como la establecida sobre el testimonio de las víctimas de ETA en las aulas. El principio no lo cuestiona nadie: Estas voces han llegado y llegarán al alumnado vasco. El problema es cómo. Porque necesitamos que sea para bien.

Estas son algunas de las lecciones que me han transmitido las víctimas de ETA. Como todas las víctimas necesitan ayuda, cercanía, reconocimiento y soluciones. El presidente de la asociación que reúne al colectivo más castigado por el terrorismo, la de Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, me remitía la pasada semana la carta desgarrada de una de las miles de víctimas anónimas aún que asisten perplejas a estas discusiones. Aquella persona recordaba que «después de treinta años estoy cansada de palabras huecas... me duele el uso político de nuestro dolor... duelen las víctimas protagonistas que no representan al 1%. Me hiere que usen mi nombre en vano y me utilicen con fines políticos». Entre fotos y grandes discursos aún hoy deben recurrir a la intervención del propio presidente del Gobierno, para «superar los largos trámites a que se nos obliga» y obtener las ayudas a que tienen derecho. Por eso, educar de verdad en la convivencia es mucho más que ganarle la partida a «los otros». Hay que hacerlo entre todos.

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