Llevo cinco años reviviendo mi dolor en cada uno de los accidentes de carretera de los que tengo noticia, especialmente cuando afecta a los jóvenes. Ese mismo tiempo es el que he utilizado, y continúo, en pedir a los jóvenes que no dejen su vida, que apenas han comenzado a vivir, en el asfalto. Pero cada día se produce una nueva muerte, a veces, como hace unos días en Eibar, cuatro a la vez. Mientras, los jóvenes se reúnen para enterrar a sus amigos, para llorarles, para ver cómo los padres que quedan se pierden en un mundo de dolor y, a la vez, se pierden tantos sueños, esperanzas y futuro. Pero para muchos de los jóvenes estos momentos duran un instante, el momento del entierro; unos días después se olvidan de lo que causó tanto dolor. No lloréis a los amigos. No os quedéis sólo en eso. Haced lo posible para que no se pierdan más. Os necesitamos para que este mundo no se pare. No dejéis vuestras vidas en el asfalto. Vuestro dolor es también el mío.