La huella literaria del crimen

Txertoa reedita 'Crímenes truculentos en el País Vasco', de Santiago Aizarna. De las luchas banderizas al crimen de Beizama, repasa algunos episodios destacados de la historia negra vasca

NEREA AZURMENDISAN SEBASTIÁN.
La huella literaria del crimen

«Lo peor que puede ser un asesinato es vulgar», escribía Santiago Aizarna (Oiartzun, 1928) en tiempos en los que la corrección política todavía no había convertido al humor negro en un proscrito, sin conseguir por ello reducir la cuota anual de crímenes ni calmar el interés del público por ese tipo de hechos. Lo escribía, en 1987, en el prólogo del libro 'Crímenes truculentos en el País Vasco. De las tropelías banderizas al doble asesinato de Beizama', editado por la Primitiva Casa Baroja, que en aquella década publicó otros tres libros del autor, incluida 'Amesgaitzak', su única obra en euskera.

Tras permanecer muchos años fuera de circulación, la recopilación comentada de crímenes truculentos que Santiago Aizarna publicó antes de convertirse en libro en 'La Hoja del Lunes' de San Sebastián ha sido recientemente reeditada por la editorial Txertoa.

Una perspectiva literaria

Si por voluntad propia hubiera tenido que reeditar alguno de la docena de libros que ha escrito y publicado, Santiago Aizarna asegura que habría optado por 'Humano animal', un libro de poemas «del que no se sabe absolutamente nada pero que es, a mi juicio, el que mejor contiene mi visión de las cosas, el más representativo».

No es ese el tono de 'Crímenes truculentos del País Vasco', que sin embargo tiene el interés añadido de enlazar con una de las principales facetas de la actividad profesional de Santiago Aizarna, el periodismo, en cuyos problemas más prosaicos tienen origen los textos que integran el libro.

«'La Hoja del Lunes' tenía las págunas centrales dedicadas al fútbol, pero cuando llegaba el verano y no había fútbol había que llenarlas con otras cosas», recuerda Aizarna. Cuando tal tarea le correspondió a él, comenzó con una serie de reportajes históricos, hasta que «encontré el filón éste de los crímenes».

Y del filón ése de los crímenes Santiago Aizarna sacó mucho más que crónicas criminales. Con la perspectiva de los muchos años que han transcurrido desde que se sumió en la historia negra del País Vasco y la contó, Santiago Aizarna -que no ha releído sus textos, porque «volver a leerme es una de las cosas que más me molesta»- cree que el conjunto de crónicas «constituye una serie bastante interesante desde el ángulo literario».

Porque prácticamente todos los crímenes más o menos truculentos que seleccionó tenían su vertiente literaria. Y en los casos en los que no era muy evidente Santiago Aizarna, erudito en la materia, se la encontró, convirtiendo el libro en algo mucho más rico que un mero relato de truculencias.

Crímenes nada refinados

El viaje que une sangre y literatura arranca con los cantos, tanto oñacinos como gamboinos, que relatan la dramática quema de Mondragón en 1448, y finaliza con esa literatura de urgencia que es el periodismo de sucesos, que vivió un auténtico clímax con el doble asesinato de Beizama, en 1926, al que dedica los dos últimos capítulos. El último, por cierto, específicamente dedicado a la repercusión literaria que tuvo un crimen que en la infancia de Aizarna estaba todavía muy presente, que dio pié a una novela de Baroja y que «todavía mueve rescoldos, porque hubo gente falsamente acusada a la que siempre persiguió la sombra, la huella del crimen».

Entre ambos episodios, el romance de Berdabio, el falsificador que escribió un bertso cada uno de los días que transcurrió en prisión, de los que sólo se convervan cinco y es «el que más me interesa literariamente». O el poema que entona, arrepentido, José Larreina, de Mendaro, que no escatima detalles al contar algunos de los 14 asesinatos que se le atribuyeron en la primera mitad del siglo XIX y que Aizarna considera «el poema más tremebundo» de cuantos ha recogido. Sin olvidar, entre otros muchos capítulos destacables, las particulares peripecias del dantzari, folklorista e historiador de Zaldibia Juan Ignacio de Iztueta, de quien dice que «se le atribuía una supuesta vida de facineroso, a la que se le puede quitar la presunción...».

Así, pasa del siglo XV al XX a través de hechos y personajes generalmente deleznables pero muy presentes en la memoria colectiva -«el morbo no es una particularidad de nuestro tiempo, siempre ha sido así», asegura- y en la literatura; en la vasca, que predomina, y en la universal, presente en muchas y pertinentes pinceladas.

Porque, al igual que en la literatura, en materia criminal el hecho diferencial cuenta. «No quiero que esto tenga nada que ver con lo que está pasando en este momento», subraya Santiago Aizarna antes de indicar que «tengo la idea de que en los crímenes que se daban aquí la truculencia venía de las herramientas que se venían a utilizar: un hacha, un cuchillo de cocina..., muchas veces en manos de gente marginada. No era esa cosa más refinada del estilete o el veneno».

«El estudio de la criminalidad de un pueblo aporta mucha luz», escribió Santiago Aizarna hace más de veinte años. En este caso, además, aporta una nueva forma de aproximarse a la literatura.

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