«Disfruten mientras puedan»

James Lovelock Científico independiente, autor de la hipótesis Gaia. El padre de la 'teoría de Gaia' y profeta de un cambio climático catastrófico plantea que para sobrevivir quizás haya que suspender la democracia

ÍÑIGO GURRUCHAGA CORRESPONSALLONDRES.
«Disfruten mientras puedan»

Había pasado aproximadamente una hora desde el comienzo de la charla de James Lovelock cuando un hombre preguntó al autor de la hipótesis de Gaia qué prueba irrefutable ofrecería a un escéptico sobre sus predicciones catastróficas del cambio climático. Lovelock no tuvo que pensarlo mucho: él ofrecería las mediciones que se han hecho sobre la concentración de CO2 en la atmósfera desde los años cincuenta -¿o eran los sesenta?- en el pico del volcán Mauna Loa, en la isla de Hawai. Difícilmente convencerá a los escépticos. Esas observaciones prueban el aumento de la concentración del CO2 pero no demuestran la relación entre causa y efecto y son mediciones en un tiempo muy limitado.

James Lovelock avanza por su novena década como siempre, menudo y jovial, entre partidarios y críticos. Tiene una salud y vigor envidiables, ha apadrinado una hipótesis científica de grán éxito sobre nuestro planeta -que dice, básicamente, que la Tierra constituye un sistema que se autorregula en busca del equilibrio-, ha fomentado el pensamiento ecologista y propugna una idea catastrófica sobre los efectos del cambio climático.

Lovelock es un hombre con éxito y está en una de sus giras casi proféticas. En el mismo día en el que ofrece una charla en el Queen Elizabeth Hall, con cerca del lleno en su aforo de 900 asientos, ha sido entrevistado en la BBC y en The Guardian. El cuerpo humano es un organismo que busca su equilibro a los 37 grados, el sistema planetario lo encuentra en una serie de constantes químicas y el propio Lovelock parece encontrarlo en la incesante actividad.

Según explica a los periodistas, trabaja ahora en un par de encargos que califica como poco espectaculares para el Ministerio de Defensa y el MI5 ( el servicio secreto británico); lo hace, como desde que tiene 40 años, en su propio laboratorio, como un científico independiente, en Cornualles, en un entorno en el que ha plantado veinte mil árboles, aunque considere que esos gestos no sirven para nada en el contexto de la gran batalla que estaríamos perdiendo.

Ha declarado repetidas veces que las políticas que introducen los gobiernos contra el cambio climático no sirven. Ante el auditorio no va tan lejos, aunque dice que «la Tierra ya se está moviendo» y que los humanos tienen pocas posibilidades de detener ese movimiento. Pero «sería equivocado ser pesimista sobre nuestra perspectiva», dice.

Gente de autoridad

Según el padre de la ciencia que es columna vertebral del catastrofismo sobre el cambio climático, éste «no llevará a nuestra extinción; sobreviviremos al calentamiento en todas partes del planeta». Lovelock inició la charla criticando la especialización científica, que ha llevado a cada rama a entender exclusivamente sus datos a costa de la pérdida de una visión global. Él cree que el conocimiento humano no está tan desarrollado como para entender un problema de la magnitud del cambio climático, y aún aventura algún pronóstico.

No lo menciona en el Queen Elizabeth Hall, pero en su entrevista en The Guardian propone además medidas expeditivas: «Nos hemos convertido en un mundo un poco caradura e igualitario, donde cualquiera puede hablar. Está muy bien, pero hay circunstancias -la guerra es un ejemplo típico- en que no se puede hacer eso. Tienes que coger a una poca gente con autoridad y en la que se confía para que lo dirijan. Me parece que el cambio climático es un asunto tan severo como la guerra. Puede ser necesario suspender la democracia durante un tiempo».

Riesgo por superpoblación

Lovelock comparte el escenario con sir Crispin Tickell, el diplomático preferido de Margaret Thatcher, principal instigador de la creación del Panel Intergubernamental para el Cambio Climático como embajador británico en la ONU. Ambos comparten el patronato de la Fundación para la Población Óptima, que también predice la catástrofe como consecuencia del aumento de población.

Un miembro de la audiencia pregunta a ambos cual es el óptimo de población del planeta y Lovelock habla de la relación entre población y recursos pero no da una cifra. Tickell, vinculado toda su vida a las ideas 'malthusianas' sobre control de la población, afirma que sí existe un óptimo: entre mil y dos mil quinientos millones.

La diseñadora Vivienne Westwood no pregunta sino afirma, desde su asiento, que la crisis financiera es una muestra y una confirmación de la crisis ecológica de la que habla Lovelock, que agradece sus palabras, con las que comulga. Y un estudioso de la obra del científico pregunta : ¿quién es Gaia?

Lovelock se apoya en que todos los sistemas autorregulados tienen objetivos y el de la Tierra también, aunque no tenga un propósito. Es el matiz en las palabras, la eliminación de una voluntad autónoma pero la afirmación de la existencia de un objetivo, el equilibrio, para la dinámica del organismo. El de los humanos es sobrevivir, sentencia.

Y, al cabo de algo más de una hora, James Lovelock se retira del escenario con una frase que ya se ha convertido en su lema: «Disfruten mientras puedan».