La evolución del mundo laboral femenino a lo largo de una centuria

Trabajadoras de Gráficas Marqués a principios de la década de los años 40 de la pasada centuria. /
Trabajadoras de Gráficas Marqués a principios de la década de los años 40 de la pasada centuria.

A la venta en las librerías la publicación 'Mujeres y trabajo en Ordizia (1880-1980): una perspectiva de género', de Beatriz Gallego Muñoz

El Diario Vasco
EL DIARIO VASCOORDIZIA.

El fruto de la cuarta edición de la beca Victor Mendizabal daba lugar a la publicación de la labor de investigación titulada 'Mujeres y trabajo en Ordizia (1880-1980): una perspectiva de género', llevado a cabo por la investigadora Beatriz Gallego Muñoz, licenciada en Historia y en Antropología social y cultural. Sin duda una interesante referencia y radiografía de las ordiziarras de esa centuria.

En los últimos tiempos y desde diferentes disciplinas, apunta la autora, se están realizando estudios que analizan y ponen en valor la contribución de las mujeres a la Historia, las Ciencias, la Política, etc. Es lo que se ha pretendido con este trabajo de investigación, cuyo objetivo era visibilizar la presencia y evolución del mundo laboral femenino como reflejo de otras transformaciones sociales, políticas y económicas a lo largo del tiempo.

Insiste Beatriz Gallego, que la bibliografía, la documentación y las fuentes orales nos hablan de mujeres trabajando en Ordizia, a lo largo de esos 100 años objeto de estudio, en los tres grandes sectores económicos, es decir, agricultura, industria y los servicios. Lo que se va modificando, al igual que sucede con la mano de obra masculina, es, lógicamente, la proporción empleada en cada uno de ellos, en paralelo a las transformaciones económicas a lo largo de esa centuria, del periodo analizado. Por ejemplo, la mayoría de las mujeres que aparecen en el censo de 1857, cuando la localidad apenas superaba los 1.100 habitantes y todavía no se había producido el proceso de industrialización, eran criadas y sirvientas. A mediados del siglo XX, en cambio, tenemos además mujeres trabajando en las fábricas, la enseñanza, los comercios y, por supuesto, en los caseríos. Pero en esta evolución a lo largo del periodo de estudio hay algunas características especiales.

La primera es el menor acceso femenino a la instrucción y las consecuencias derivadas de ello. Así, en una sociedad de subsistencia como ha sido la nuestra hasta hace pocas décadas, la educación era secundaria respecto a necesidades más inmediatas.

Eso se traducía en una deficiente escolarización y, a la larga, en un acceso mayoritario, para las mujeres, a las categorías laborales menos cualificadas y a los sectores más precarizados. Pero además, tanto el currículum escolar como la mentalidad tradicional daban prioridad a la escolarización del varón. Por otro lado, tenemos la existencia de unas leyes y códigos sociales que dificultaban el acceso de las mujeres al mercado laboral o, al menos, procuraban restringirlo a aquellos ámbitos considerados 'femeninos'.

Esta circunstancia se hizo aún más evidente durante la dictadura franquista, cuando se incentivaba que las mujeres abandonaran sus empleos al casarse.

Labores femeninas

Dada la tradicional división de tareas en función del sexo, a las niñas se las orientaba además hacia otras labores consideradas femeninas: el cuidado de hermanos menores, o las faenas domésticas. Su colaboración en estas tareas suponía cierto alivio para la madre, es decir, le permitían liberar tiempo para dedicarlo a otro tipo de labores más exigentes en el propio caserío o a emplearse en otros lugares a cambio de un salario.

Es así como, durante generaciones, el servicio doméstico ha supuesto un importante nicho laboral para multitud de mujeres que han trabajado como criadas, sirvientas, cocineras, lavanderas, planchadoras, etc.

Otro fenómeno también vinculado al hogar, aunque con características diferentes, es el del pupilaje. La oferta de vivienda en la localidad a mediados del siglo XX no era suficiente para albergar la masiva llegada de población foránea, atraída por la demanda de mano de obra que generaban las industrias de la localidad. Esa circunstancia supuso una oportunidad para muchos hogares con bajos ingresos o que atravesaran por dificultades, como la enfermedad o la muerte del cabeza de familia. Existían también otras posibilidades de trabajar de manera remunerada dentro del propio hogar y en ámbitos también específicamente asignados a mujeres. Un claro ejemplo lo encontramos en el mundo de la costura, un tipo de conocimiento en el que las niñas eran instruidas en el propio hogar y también en la escuela. Otra posibilidad era confeccionar o arreglar ropa por encargos puntuales o de una clientela fija a la que se atendía en casa. Ese fue el origen de modistas de gran tradición en Ordizia e incluso de comercios de ropa que todavía se mantienen.

Precisamente, sectores como el comercio o la hostelería son paradigmáticos cuando hablamos de empleo femenino. La abundancia de anuncios publicitarios en la revista de Santa Ana de 1950, nos puede dar una idea de su importancia en la economía de la localidad.

Además, tendríamos otros oficios tradicionalmente feminizados, como el de maestra o enfermera, por ejemplo.

Por un lado, no abundan las referencias a lugares de trabajo con una gran presencia femenina a excepción del mercado, que en Ordizia constituye todo un símbolo en ese sentido. De hecho, si la desaparición física del patrimonio industrial de una localidad supone la pérdida de un elemento referencial, la desaparición de aquellas fábricas que en su día tuvieron una gran presencia de mujeres (Bilore, Nadal, La Modelo, etc,) afecta de manera especial al imaginario laboral femenino. Por otro, muchas de las actividades feminizadas (criada, cuidadora, hostelera, comerciante, profesora, enfermera, secretaria, etc) tienen en común la tradicional subordinación respecto a otra figura de autoridad, habitualmente masculina.

Como conclusión, subraya Beatriz Gallego, el menor acceso a la educación, la existencia de medidas legales que llegaron a establecer los tiempos y lugares de trabajo impuestos o prohibidos para ellas y la vigencia de ciertas costumbres sociales han repercutido en la normalización de actitudes y creencias sobre el trabajo femenino que tienden a minusvalorarlo. A través del caso específico de Ordizia es posible conocer algunas características generales del mundo laboral femenino, condicionado por una mentalidad patriarcal que convertía a la mujer en símbolo del hogar y la maternidad, pero también en una ciudadana de segundo orden.

Frente a esta situación, es necesario poner en valor y reivindicar la aportación económica y social de esas mujeres trabajadoras.