Adiós a un veterano salón de belleza

Pilar Luzuriaga posa en el local en el que ejercía su profesión de esteticista. /
Pilar Luzuriaga posa en el local en el que ejercía su profesión de esteticista.

Pilar Luzuriaga se jubila tras más de cuatro décadas de ejercer como esteticista

. Algo de mucho calado tiene que tener la estética y la belleza para el ser humano, cuando los entendidos en la materia hablan, de que, en su permanente evolución la cuestión, al día de la fecha, alcance la categoría de culto al cuerpo. En cualquier caso y sin llegar hasta ahí, existe un estadio previo, que podríamos englobar como el cuidado del cuerpo, que es lo que nos ocupa, y a lo que se ha dedicado durante 43 años, Pilar Luzuriaga.

Natural de Los Arcos (Navarra), a la hora de dar sus primeros pasos en el ámbito laboral su hermana le enrolaba, como auxiliar de enfermería, en el Hospital de Donosti, donde trabajó casi 3 años. Pero en unos carnavales de Tolosa le conoció al que luego sería su marido, el ordiziarra Marcelino Romero, y cosas del amor, la decisión de la pareja fue establecerse en Ordizia, lo que le llevaba a Pilar a dejar su trabajo en la Residencia, si bien antes de que eso ocurriera aprovechó su horario para acudir a una academia de la capital guipuzcoana al objeto de sacar el título de estética. Formación que redondeó durante tres meses en un gran salón de belleza, insiste, de Barcelona.

Con el título, el rodaje y los aparatos que había comprado en la propia Ciudad Condal, se instalaba en el piso que el matrimonio había comprado en la calle Gipuzkoa. Corría el año 1973.

En aquellos primeros años 70, recuerda, ir y venir, a diario a Donosti era algo imposible. Las pocas profesionales que en aquel entonces se dedicaban a este menester, apunta, lo hacían en su domicilio. Eran días en los que la clientela se centraba en un público femenino que, fundamentalmente reclamaba servicios de manicura, depilación, maquillaje y limpieza de cutis.

Y como todo, apunta Pilar, la estética evolucionó al compás de los tiempos. Quince años después, a finales de los 80, llegaba la fórmula 'spa', masaje con emplastes para hacer frente a la celulitis, etcétera, que tras el tratamiento utilizando mantas calientes, etc, el proceso exigía finalmente, tras una gran sudada, una reparadora ducha. Enseguida llegó el solarium, etc.

Con tres hijos, la vivienda no daba para más, lo que reclamaba buscar un local a pie de calle. «Fui pionera, y al lado de casa, en 1987 abrí el salón de belleza», recuerda.

Llega la 'lepi leydi'

Y aquello de verse bien, y pisar fuerte en la constelación de la belleza pronto propuso la depilación eléctrica. Tras la aparición de la cera de usar y tirar, recuerda, llegó la depiladora personal o de uso doméstico, 'epilady', popularmente 'lepi leydi' que hizo que el negocio, en este apartado se resintiera. Luego llegó la depilación láser y las aguas en gran medida volvieron a su cauce. Lo último han sido los micropigmentos.

Y mezclado con todo este trajín, mucho maquillaje ante las grandes celebraciones como las bodas y demás acontecimientos, y por aquello de estar en Bustuntza una relación, desde mucho tiempo atrás con las cantineras de la tamborrada de los mayores.

«Me acuerdo de la primera vez -apunta Pilar Luzuriaga-, hace muchos años, vino al salón un chica, tendría 17 años, por supuesto sin ingresos, y hablando de todo, salió en la conversación el tema de los gastos que conllevaba, para una chica participar en el desfile festivo; llevar al traje al tinte, peluquería, maquillaje, etc. No era como ahora -insiste-, y me acordé de aquella colaboración con tantos grupos a los que mi padre, desinteresadamente, llevaba de un lugar a otro en su camión, en Los Arcos. Lo tomé como mi propia aportación a la tamborrada y desde entonces he maquillado a la mayoría de las cantineras; un año a todas, incluso a chicas que han salido en las carrozas. Tengo muchas fotos en el salón».

Cuatro décadas de cambios sociales de vértigo. La mujer sigue siendo coqueta, y los hombres, sobre todo los jóvenes, tienen su sentido de la estética. Ahora utilizan cremas, algunos se depilan, etcétera.

Más de cuatro décadas al pie del cañón dan para infinidad de vivencias y anécdotas. Llega el momento de la despedida. «Han sido días muy emotivos. He llorado mucho. Junto a mi familia, esto ha sido mi vida. He mantenido una relación muy estrecha con mi clientela. Me faltan palabras para agradecer tanta fidelidad y confianza. En la calle noto el cariño de la gente. Me voy muy satisfecha. La labor como enfermera te da muchas alegrías, pero si volviese a nacer volvería a regentar un salón de belleza. Y que conste que aún siendo navarra de cuna, allí a donde voy hago bandera de Ordizia», concluye.

 

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