Jesús Zulueta vuelve a la sociedad Altarte

Jesús López 'Zulueta', delante de unos de sus cuadros que se  exponen en Altarte. /
Jesús López 'Zulueta', delante de unos de sus cuadros que se exponen en Altarte.

El más prolífico de los artistas goierritarras ofrece una muestra de sus últimos trabajos en la sociedad de Altamira

RAFA ARIZMENDI

El artista Jesús López Zulueta, bilbaino de cuna, beasaindarra de adopción y goierritarra de sentimiento, si bien hace podio entre los artistas decanos de la comarca, es sin duda el más prolífico de todos ellos, capacidad creativa, que logra y atestigua por ser el único del triunvirato que ha hecho de la creatividad plástica su forma de vida.

Constancia ante el caballete que en cualquier caso no ha tenido al menos en Ordizia, un paralelismo; una cadencia temporal en consonancia, a la hora de reencontrarse con el público. La última vez que lo hizo en la localidad, fue precisamente en la sociedad Altarte a comienzos del 2007.

Prolífico y fecundo, no sólo como pintor sino en lo tocante a la escultura, opción tridimensional en la que ha llevado a cabo varias incursiones, y otro tanto en la escritura, concretamente en la poesía. «Me gusta, apunta, son momentos especiales, como ahora en Navidad, que sigo mandando las felicitaciones, o cuando me toca prologar un catálogo o simplemente cuando llega el momento. En ese instante sujeto a la musa de la inspiración con las dos manos y a continuación escribo».

Volver a estar con el amigo Jesús Zulueta siempre resulta gratificante. Gran conversador, queda claro que el paso de sus 74 calendarios, no ha alterado lo más mínimo esa mística, que sitúa a la naturaleza, no sólo como motivo de inspiración sino como referencia y esencia existencial, desde su visión humanista del mundo y de las cosas.

«Antes se decía que los hijos nacían con un pan debajo del brazo, personalmente no tengo la menor duda de que todos venimos a este mundo con la biblioteca de la vida, con una sabiduría natural que reclama ir pasando páginas», expone. Para demostrar que esa apreciación es cierta sirva reseñar que el recién nacido, nada más llegar a este mundo, busca el pecho de su madre sin que nadie le haya hecho la menor indicación. En la medida que vamos creciendo van pasando hojas de esta biblioteca vital.

«En ese discurrir, uno de los ámbitos que más me llama la atención es la hora del recreo en los colegios, cada uno desarrolla, ya, una faceta, una habilidad natural», indica.

«A mi modo de ver, no cabe duda de que la que nos hace y nos esculpe es la naturaleza, que es parte de nosotros y nosotros parte de ella», destaca.

La metáfora del Txindoki

Uno de los temas que más he trabajado y trabajo, es el Txindoki, a modo de metáfora se diría que es el padre que nos mira con los brazos abiertos y nos cuida. Indudablemente hay que mirar más a las cumbres de nuestros montes y menos a las cuevas. «Las cimas nos abren el alma, el espíritu. En nuestro entorno, en todos los pueblos hay un monte de referencia. Resulta fundamental mantener una observación permanente de la naturaleza», subraya.

Para quien acredita casi cinco décadas de discurrir ante el caballete esa longeva trayectoria plástica le sitúa en un momento de gratificante madurez artística. «Con absoluta humildad, cada vez me veo mejor, afirma. En cualquier caso, sigo pretendiendo mejorar, empeño que afortunadamente nunca se consigue» expone.

A la sociedad Altarte vuelve con una docena de obras, entre las que incluye dos bodegones como punto de partida y alusión a una etapa anterior, que da paso a varios de los últimos cuadros que han salido de su taller.

Aquellas láminas cargadas de pigmento aceitoso, cuerdas lacadas, etc, etc, que derivaban en auténticos bajorrelieves, han dado paso a obras con mucho menos carga y espesor cromático, en las que el juego de colores y la luz asumen el protagonismo de sus siempre figuraciones cubistas.

Se diría que tan longevo peregrinaje artístico le ha servido para desprenderse de lo accesorio para centrarse en lo importante, al menos que su devenir creativo le ha traído hasta aquí.

«Puede parecer pretencioso llamarlo estilo y calificarlo de propio, pero es en lo que ahora estoy centrado y no miro a otro sitio», afirma. Mis cuadros siguen siendo construcciones. Son interpretaciones de lo que veo, tras pasar por el tamiz de sentimientos, emociones; mis sensaciones interiores, eso sí, sin alejarme de la realidad».

Neopastel

Y sin perder su carácter artesano, recurriendo ahora, como técnica al neopastel, y utilizando, siempre, algo tan propio del arte manufacturero, como las manos, Jesús Zulueta construye trabajadas láminas que hablan del mar, a menudo en su relación con el ser humano. «Vivimos al lado de la costa y antes, en cada desembocadura de nuestros ríos, como en Hernani, etc, había pequeños astilleros. Y no falta como tema recurrente, el Txindoki, a modo de tótem que eleva la espiritualidad en su mirada al cielo para descender a lo más profundo de su esencia natural. El Txindoki me encanta», insiste.

Abordar un cuadro, sigue siendo un proceso duro que en parte me recuerda al empeño de los alpinistas, cada vez que afrontan el ascenso a una gran cumbre. Tu momento de gran satisfacción surge en el instante que has llegado a la cima.

«Para mi enfrentarme a una lámina representa, de salida, hacer frente a un 'totum revolutum', un duro proceso que de manera paciente reclama, ordenar, construir. Cuando le das los últimos toques, los brillitos, etc, es cuando mejor lo pasas. Me encuentro en un momento en el que me siento más a gusto que nunca», concluye.

 

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