«No tengo talla que ponerme»

«No tengo talla que ponerme»

La primavera acrecienta la obsesión por el peso y las dietas

S. F.

«Ha llegado la primavera, que den comienzo los Juegos del Hambre». Si no has oído este chiste relativo a las dietas para perder peso de cara al verano, seguro que habrás escuchado otro muy parecido. La subida de los termómetros llega cada año irremediablemente acompañada de la preocupación por la línea y, cada vez más, del malestar de los consumidores ante el tallaje de los fabricantes de ropa. Hoy día no sólo hay que preocuparse por caber en el vestido del pasado año, sino en subir de talla, a pesar de no haber engordado ni un solo año.

Modelos con una 40 a las que se denomina curvys , antiguas S que ahora son M, etiquetados distintos según tienda y fabricante… Así las cosas, ir de compras puede pasar de ser una actividad placentera a una pequeña tortura. Según un estudio publicado por el Gobierno de Aragón, el no encontrar talla provoca malestar en el 70% de las personas y hay quien, como afirma la psicóloga Pilar Conde, prefiere llevar puesto siempre lo mismo antes que enfrentarse al espejo de los probadores.

Nos vestimos, aclara la directora técnica de Clínicas Origen, tal como nos sentimos o como queremos que nos vean. La manera de vestir es una expresión de nuestra propia identidad personal,y también un reflejo de nuestro estado de ánimo, al igual que la manera de peinarnos, o de pintarnos. Cuando una persona quiere verse de una forma determinada y no consigue hacerlo porque no puede encontrar lo que quiere, «siente que tiene limitaciones respecto a como le gustaría proyectarse y como le gustaría verse, lo que puede generar frustración, inseguridad».

También malestar, tristeza y hasta culpabilidad, puesto que cuando alguien no encuentra su talla en una tienda puede llegar a pensar que no está dentro de los cánones socialmente aceptados. Al sentirse excluida de la norma puede incluso percibirse de manera negativa con respecto al grupo social al que pertenece.

Si hablamos de género, la mujer se ve más perjudicada por la tiranía de la imagen y la talla. Según el estudio antes citado y en el que ha participado ARBADA, la Asociación Aragonesa de Familiares de Enfermos con un Trastorno de la Conducta Alimentaria, el impacto psicológico de no encontrar talla de ropa es mayor entre ellas. Del 46,33 por ciento de los encuestados que se sentían molestos por los cambios de talla, más del 80 por ciento son mujeres.

La mujer es también la más afectada por los trastornos alimenticiosdebido a esta presión social en torno a la imagen, que hace prevalecer, en determinadas ocasiones, la autoestima física por encima de otros factores del desarrollo personal.

Cuando existe una preocupación excesiva por no engordar se habla de permarexia, aunque el diagnóstico aun no está reconocido como tal. Detrás de la permarexia pueden encontrarse, explica Pilar Conde, otra serie de problemas como falta de autoestima, miedo al rechazo y exigencias personales. Se teme que el cambio físico pueda llevar a fracasar en otras áreas de la vida como la personal, laboral o social.

Paradójicamente, la preocupación excesiva por la báscula puede llevarnos a comer más, incluso a presentar una elevada ansiedad por la comida y hasta a protagonizar episodios de atracones. Se produce ,según la experta, una retroalimentación: no encontrarme bien con mi cuerpo me produce ansiedad, una ansiedad que solo la calmo con la comida, como, y el sentirme culpable me produce más ansiedad. Es el círculo vicioso de la comida.

Afortunadamente, desde Origen aclaran que cada vez existe mayor concienciación por parte los sectores sociales implicados. De un lado, institucionalmente y desde el propio mundo de la moda se están adoptando posturas más responsables en cuento a las tallas. A la vez, educadores, padres y médicos vigilan actitudes y comportamientos que puedan ser sospechosos de esconder un trastorno alimentario. Asimismo, modas y tendencias tratan de ser más inclusivas.

Finalmente, y muy importante, el lenguaje. No hablemos de dietas, hablemos de educación nutricional o de hábitos de vida, explica Pilar Conde; de cambio de estilo nutricional, de actividad y de gestión emocional. «El sentir que se tiene un cuerpo saludable es real cuando se consigue sentirse bien con el cuerpo y peso, y ello no conlleva riesgos para la salud física, ni por exceso ni por defecto», concluye.