¿Hay que tener miedo a los transgénicos?

¿Hay que tener miedo a los transgénicos?

Lo primero que debemos saber es que todo lo que comemos está modificado genéticamente. Pero, ¿qué son los transgénicos? ¿Son un avance científico o un riesgo para la humanidad?

JAVIER MORALLÓNProfesor de biología y experto en tecnología alimentaria

Si uno busca por internet la palabra transgénicos, en especial, las páginas de ciertas organizaciones ecologistas, verá que el listado de desdichas y calamidades que se les atribuyen compiten en desventuras con el propio Apocalipsis de San Juan.

Mal sabor, uso de pesticidas, cancerígenos, reducido valor nutricional… algo que los convierte en una abominación de laboratorio engendrada por la desequilibrada mente de algún perverso científico.

Ante semejante panorama, la continua intoxicación de las partes interesadas y la falta de una deseable alfabetización científica. Cabe preguntarse, ¿es cierto?

¿Qué son los transgénicos?

Lo primero que debemos de saber es que todo lo que comemos está modificado genéticamente. Si hoy viéramos las primeras plantas de maíz que empezaron a cultivar las poblaciones mesoamericanas hace miles de años nadie reconocería la planta. Es lógico que el hombre seleccionara los especímenes más productivos para volver a plantar sus semillas y de esta forma mejorar el rendimiento de la siguiente cosecha. Cuando estas modificaciones se acumulan, generación tras generación, en unos pocos siglos tenemos individuos completamente diferentes a los que iniciaron dicha línea evolutiva. Esto ocurre también con la ganadería, poco tienen que ver las vacas lecheras del Medievo, que daban unos pocos litros, con los actuales ejemplares que dan decenas diariamente.

Este proceso no es exclusivo del hombre. Cualquier herbívoro que paste durante una temporada en una pradera la modifica genéticamente. La razón es que no se comerá todos los brotes, solo los que más le gusten favoreciendo, de este modo, a dichas especies ya que sus semillas serán plantadas con una dosis extra de abono.

En el caso de los transgénicos el proceso es un poco diferente. Todos los seres vivos tenemos miles de genes y cada uno de estos genes expresa una proteína. En el caso de los transgénicos introducimos uno o dos genes, procedentes de otro ser vivo o de síntesis en un laboratorio, que expresaran proteínas con ciertas propiedades como protección contra plagas, mejora de rendimiento, suplementación nutricional…

¿Cuánto llevamos haciéndolo?

Pues la verdad es que la manipulación genética, de forma controlada, lleva realizándose casi un siglo. En los años veinte se aplicaban radiaciones ionizantes a plantaciones enteras para provocar mutaciones aleatorias. De forma casual alguna de esas plantas tenía, por ejemplo, más resistencia a la sequía, espécimen del que se extraían las semillas para replantarlas de forma masiva.

Hoy en día el proceso es más fino. Se utilizan vectores, normalmente virus y plásmidos que son especialistas en añadir genes al genoma de una célula. Estos vectores tienen los mecanismos metabólicos y estructurales necesarios para llegar hasta el núcleo celular. De forma que son los vehículos ideales para transportar los genes que nos interesen, algo que se realiza de forma muy precisa en laboratorio.

¿Son seguros estos alimentos?

Recientemente se ha publicado el mayor estudio con respecto a los organismos modificados genéticamente (OGM). Una compilación de infinidad de estudios realizados los últimos 30 años analizados por la Academia Nacional de Ciencias de EEUU . En este meta-análisis se concluye que la afectación al ser humano es nula, incluso ha supuesto una ventaja al contener dichos alimentos menor cantidad de pesticidas.

En cuanto al posible daño medioambiental el informe concluye que no reduce la diversidad ni vegetal ni de insectos en los campos donde se plantan e incluso a veces la aumentan. Si alerta de la aparición de posibles resistencias a herbicidas e insecticidas, algo que preocupa y debe ser objeto de un exhaustivo seguimiento.

Conclusión

A día de hoy los transgénicos tienen una potencialidad enorme. Potencialidad que se está desaprovechando por la legislación restrictiva de infinidad de países. Pensemos que la insulina que se inyectan los diabéticos la produce una bacteria a la que se le ha introducido el gen de la insulina humana, es decir, un transgénico. De hecho, decenas de científicos han clamado contra la prohibición del conocido como «arroz dorado» un arroz transgénico que sintetiza vitamina A. Esta vitamina es fundamental para evitar la ceguera en niños con desnutrición, algo muy común en países como Filipinas y Bangladesh. Zonas donde el arroz es un alimento básico convirtiéndose en el instrumento perfecto para hacer llegar este nutriente. La patente es pública, por lo que sería muy barato su desarrollo y los agricultores solo tendrían que adquirir una vez la semilla y luego replantar la cosecha. Se calcula que miles de niños evitarían quedarse ciegos anualmente. ¿Cómo es posible que se prohíba una técnica cuya seguridad y eficacia está avalada por un consenso similar, al del cambio climático, entre la comunidad científica?

Seguramente estén pensando que de liberalizarse el mercado de los transgénicos algunas multinacionales harían su agosto. No les quepa duda, puesto que, por ejemplo, crearían cultivos resistentes a sus propios herbicidas generando un negocio redondo. Pero que exista esa posibilidad no nos puede hacer renunciar a la potencialidad de la ingeniería genética para mejorar nuestra calidad de vida.

Sé que lo políticamente correcto sería recomendar productos ecológicos de temporada, pero eso en un planeta con más de 7.000 millones de personas es, sencillamente, imposible.

Que los organismos internacionales supervisen todos los procesos con las máximas garantías y que se eviten los posibles abusos de las multinacionales pero negarle a la humanidad un avance de semejante valor es de una necedad y ceguera absoluta que nada tiene que ver con el rigor y la excelencia que avalan los logros en ciencia.

 

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