Las frases que hacen que la ansiedad por la comida empiece desde niños

Las frases que hacen que la ansiedad por la comida empiece desde niños

Algunos mensajes aparentemente bien intencionados que recibimos durante la infancia nos desconectan de las señales del cuerpo y nos conectan con el «hambre emocional»

RAQUEL ALCOLEA DÍAZ

«De pequeña comía muy poco y mi madre me administraba un 'estimulante del hambre'. Aunque el medicamento no me estimulaba nada, me encantaba su sabor y me lo tomaba a modo de biberón. Cosas de la vida, de mayor desarrollé un hambre insaciable. A veces me pregunto si me pasó igual que al galo Obélix, que siendo pequeño cayó dentro de la marmita de poción mágica y la sobredosis de pócima a tan corta edad le causó efectos permanentes...». Este fragmento con el que la especialista de alimentación consciente Laia Solé arranca las «consideraciones previas» de su libro 'Adiós al hambre emocional' permite a la autora subrayar el hecho de que la infancia puede ser ese momento en el que, sin que apenas nos demos cuenta, comienza a cocerse una relación adictiva con la comida.

Durante gran parte de su vida adulta Laia Solé estuvo en conflicto con la comida y con su cuerpo, sufriendo ansiedad por comer, dándose atracones, saltando de una dieta a otra y después machacándose en el gimnasio con sentimientos de culpabilidad. En su diálogo interno figuraban frases como «hoy no ceno y mañana salgo a correr», «el próximo lunes empiezo, de verdad», «me como otro donut porque, total, si ya lo he hecho mal hoy, ¡qué más da!»... Pero un día buscó ayuda y se formó en disciplinas de desarrollo personal, centrándose en la alimentación consciente. Descubrió que su conflicto con la comida era la expresión de problemas más profundos y hoy asegura que tiene una relación armónica con la comida, consigo misma y con su cuerpo. De hecho, con su libro «Adiós al hambre emocional» la experta intenta aportar las herramientas que ha aprendido a utilizar para desviar la atención del plato y ponerlo en uno mismo y en el modo en el que comemos.

La comida como premio o castigo

Cuando somos niños, según asegura Laia Solé, tenemos la habilidad natural pasa saber cuánto, cuándo y qué comer. «En ese momento comemos lo que nos pide el cuerpo porque estamos conectados con un sensor interno que nos indica cuándo debemos comer y cuándo debemos dejar de comer. De alguna manera, se puede decir que comemos a demanda», afirma Solé.

Sin embargo, a medida que crecemos perdemos esa conexión con esa especie de sensor y dejamos de comer a demanda por dos motivos. Por un lado porque no nos enseñaron a escuchar las señales del cuerpo. Los mensajes aparentemente bien intencionados que se lanzan con frases como «acaba todo lo que hay en el plato porque es bueno para ti», «con los niños que hay por ahí que se mueren de hambre», «con lo mal que lo pasó tu abuelo en la posguerra» hacen que un niño deje de confiar en su cuerpo y empiece a comer por «hambre aprendida».

Tampoco nos enseñaron a escuchar, entender y validar las emociones desagradables y esto ha hecho que, ya de adultos, no sepamos descifrar los mensajes que esconden estas emociones. «Cuando un malestar nos suplica que tomemos un descanso, lo acallamos a menudo con la comida, con el móvil, fumando o tomando un café... para seguir tirando», explica la autora.

Así, es probable que durante la infancia tus padres o familiares te atiborrasen de comida para distraerte de un problema o de un disgusto o enfado al calor de frases como «no estés triste y tómate este helado», «las niñas guapas no se enfadan», «los niños no lloran» o «eres demasiado susceptible». Tal como revela la experta, esas acciones y también el hecho de que alguna vez te castigasen sin comer lo que te gusta por portarte mal o incluso que te premiasen con algo dulce «por ser bueno o buena» tienen como consecuencia que también en la edad adulta se siga usando la comida como premio o castigo.

En este sentido, la experta incide en que no se trata de buscar culpables (ni en los familiaries ni en uno mismo), sino que lo que tenemos que hacer es asumir la responsabilidad como adultos de aprender a autorregular las emociones, desprogramar los patrones aprendidos y restablecer la sabiduría innata del cuerpo. «A cada cual le corresponde hacerse cargo de regular sus emociones, en vez de encomendarle esa tarea al chocolate», explica.