Euskadi es la segunda comunidad donde menos antibióticos se consumen

Los farmacéuticos advierten de que, pese a los buenos datos en Euskadi, «no hay que bajar la guardia»./
Los farmacéuticos advierten de que, pese a los buenos datos en Euskadi, «no hay que bajar la guardia».

La resistencia de las bacterias a estos medicamentos es un problema creciente que causa 3.000 muertes al año en España

TERRY BASTERRA

La resistencia de las bacterias a los antibióticos se ha convertido en un problema de salud pública. Así lo aseguran los expertos y lo creen también en la OMS. La preocupación no es nueva y desde los 90 se actúa en Euskadi para evitar que infecciones que a día de hoy son curables se conviertan en mortales por la ineficiencia de los fármacos. También se trabaja a nivel nacional y europeo. Toda esta labor de concienciación realizada con médicos, boticarios y pacientes para realizar un uso responsable de estos medicamentos ha situado al País Vasco como la segunda comunidad autónoma en la que el consumo de antibióticos fuera del ámbito hospitalario y con receta médica es menor. Está en 20,97 dosis diarias por cada mil habitantes, según figura en el mapa de consumo publicado por el Plan Nacional frente a la Resistencia Antibiótica (PRAN). Solo Baleares tiene una cuota más baja, con 20,36. Las ciudades de Ceuta y Melilla también presentan unos niveles inferiores. La media de España está en 25,1.

Para lograr estos resultados se han realizado distintas campañas y habrá más en los próximos meses. Todas ellas persiguen el mismo objetivo: optimizar la dispensación y el uso de estos fármacos. ¿Cómo? Prescribiendo solo aquellos «que sean estrictamente necesarios para evitar tratamientos superfluos e intentar seleccionar el más adecuado en cada caso para conseguir un mejor éxito terapéutico y evitar las resistencias», explicaba el coordinador de Programas de Salud Pública del Gobierno vasco, Enrique Peiró, durante la presentación del programa para optimizar la prestación de los antibióticos en Euskadi para el periodo hasta 2020. En favor de los facultativos hay que recalcar que en muchas ocasiones «no es fácil distinguir una infección bacteriana de una vírica». De ahí que existiese la costumbre de recetarlos por parte de algunos médicos de forma casi preventiva.

Según destaca Juan del Arco, director técnico del Colegio de Farmacéuticos de Bizkaia, los buenos datos de Euskadi y la tendencia a la baja en el consumo «no nos deben hacer bajar la guardia». En lograr el objetivo de que los antibióticos no pierdan eficacia tienen que tomar parte facultativos, farmacéuticos y pacientes. Los médicos deben recetarlos cuando sean estrictamente necesarios, los boticarios no dispensarlos sin receta y los enfermos «completar el tratamiento». «Los síntomas de una infección aparecen cuando la población bacteriana es alta. El antibiótico reduce ese malestar y sus señales, pero el que no sean evidentes no quiere decir que hayan desaparecido los microbios. Si no acabamos el tratamiento porque ya nos encontramos mejor, esos últimos gérmenes se quedan en nuestro organismo y se vuelven más resistentes a la medicación la próxima vez que suframos una infección de la misma causa», detalla Del Arco.

La cifra

20,97
es el número de dosis de antibióticos por cada mil habitantes que se consumen en Euskadi cada día con receta médica fuera del hospital. La media nacional está en 25,01.

Los médicos deben recetar solo aquellos que sean necesarios, y los pacientes acabar el tratamiento

Los más recetados son los de la familia de los betalactámicos. Aquí se integran la amoxicilina, la ampicilina y todos los derivados de la penicilina. «Son muy eficaces, pero también van perdiendo fuerza porque las bacterias han aprendido a resistir su efecto. Hay microbios contra los que la penicilina ya no funciona y lo mismo sucede con la meticilina», explica Lucía Gallego, profesora de Microbiología Médica de la UPV/EHU. Esta alta resistencia es algo que ya ocurre en productos que sirven para tratar enfermedades que se transmiten de animales a humanos. Sucede con la salmonelosis y la campilobacteroris. Hay países en los que en el segundo de los casos los antibióticos tradicionales con fluoroquinolas ya no sirven para curar una enfermedad infecciosa del tracto intestinal que normalmente contagian las aves al hombre.

Necesarios para la cirugía

A día de hoy 3.000 personas mueren al año en España por microbios resistentes a los antibióticos. En tres décadas serán 40.000, según las estimaciones recogidas por el Ministerio de Sanidad. «Sin antibióticos la cirugía no sería posible porque cualquier procedimiento quirúrgico los necesita. Heridas que no cierran bien y se infectan podrían acabar desembocando en una amputación», advierte Gallego. Para salvaguardar su eficacia hay productos que se intentan preservar de los gérmenes y solo se utilizan en casos de extrema necesidad. Esto sucede ya con la Colistina, cuyo uso se ha reducido «un 85%» para garantizar su eficacia y que las bacterias no desarrollen resistencia contra él.

Para Gallego la lucha contra los microbios «es un reto» y, aunque «los laboratorios farmacéuticos ha dejado de desarrollar nuevos antibióticos porque alegan que no les es rentable y llevan sin descubrirse nuevas moléculas desde los años 60», disponemos de las herramientas para lograr el objetivo. Fundamental es la concienciación en hacer un uso responsable. Otras son más sencillas de lo que parecen: lavarse las manos con jabón «disminuiría en un 80%» las infecciones por estas bacterias.

«Son un contaminante cada vez mayor para el medio ambiente»

El problema de la resistencia de las bacterias, aunque comenzó en los hospitales, no solo es sanitario. Está considerado ya un problema medioambiental. Lucía Gallego, profesora de Microbiología Médica de la UPV/EHU, destaca que ya son considerados «un contaminante emergente». Los antibióticos que consumimos son eliminadas por la orina y los excrementos, llegan a las plantas depuradoras y allí se quedan en los lodos o pasan a las aguas residuales y acaban en los ríos. Cada vez se detecta más su presencia en los abonos orgánicos con los que se fertiliza el campo.

En los animales «el problema también es importante». «El 80% de estos fármacos tienen un uso veterinario, en muchos casos se administran de forma preventiva para evitar infecciones en las granjas», detalla Gallego. Clones de los gérmenes que infectan a animales se pueden transmitir a humanos. «Manipulamos sus carnes, las ingerimos y al final nos quedamos también esas bacterias», apunta la profesora. Ella forma parte del grupo integrado por Neiker Teknalia, la UPV y el centro vasco por el cambio climático BC3 para investigar sobre la resistencia microbiana. También colabora con el plan que incluye de aquí a 2021 la adopción de una nueva legislación sobre fármacos de uso animal y piensos medicamentosos para aumentar el control sobre su utilización.