Anorexia: qué es y por qué se produce

Anorexia: qué es y por qué se produce

Este trastorno de la alimentación suele atribuirse a problemas psicológicos, pero algunas de sus causas fisiológicas están empezando a esclarecerse. Déficits nutricionales, particularidades en el cerebro y los genes, pueden ser determinantes

MARISOL GUISASOLA

Llevaba una sonda nasogástrica clínica y seguir con su vida suponía alimentarse. Noa Pothoven tomó la decisión de no hacerlo porque, en Holanda, una persona de 16 años puede decidir que no quiere recibir tratamiento. Tras sufrir abusos sexuales a los 11 y 12 años y ser violada a los 14, fue diagnosticada de estrés post traumático, depresión y anorexia. Noa se hizo famosa en Holanda en 2018, tras la publicación de su autobiografía, Ganar o aprender, que escribió con la esperanza de ayudar a jóvenes vulnerables.

«Si eres anoréxica, nunca eres demasiado delgada», declara Carmen, de 21 años que, al igual que Noa, creció con terror a engordar. «Cuando te dicen que estás en los huesos, lo oyes como un cumplido. Te saltas comidas, haces trampas en la mesa (fingiendo que masticas pero escondiendo la comida en los bolsillos), quemas calorías accionando músculos cuando estás acostada o haciendo sentadillas durante horas. A eso se añaden los laxantes, los diuréticos y los vómitos, siempre a escondidas. Lo peor es que la sensación de control sobre el hambre te hace sentir bien. Por eso es tan difícil salir de este trastorno», cuenta.

Como en el caso de Noa, la anorexia también puso en peligro la vida de Carmen. Con 1,65 m de estatura y 16 años, llegó a pesar menos de 40 kilos. «Llevaba meses sin tener la regla, se me caía el pelo, dormía mal, tenía arritmias y me sentía agotada, pero lo disimulaba todo. Las redes sociales proanorexia me animaban», explica. Un día, con 16 años, Carmen se desmayó y sus padres la llevaron a Urgencias. Cuando el médico les dijo que tenía muchas probabilidades de morir si no se trataba, la ingresaron en la Unidad de Trastornos de la Alimentación de un hospital. «Allí seguí un tratamiento y ahora estoy bien, pero sé que, si eres anoréxica, lo eres toda la vida, como los alcohólicos», asegura.

Según la ACAB (Asociación Contra la Anorexia y la Bulimia), hay unos 400.000 casos de anorexia en España y el 90% se dan en mujeres. Aunque la mitad de las pacientes se recuperan, las conductas de riesgo han aumentado un 20% desde que existen redes sociales. «La adolescencia es una edad crítica, sobre todo por la presión del entorno y la vulnerabilidad en esa etapa de la vida. El problema es que hoy la gente ve normal que alguien siga dietas de hambre sin control médico», explica Sara Bujalance, directora de ACAB.

El caso de las gemelas rusas Daria y María Ledeneva, de 14 años, es típico. La agencia de modelos que las contrató les obligó a adelgazar. Al llegar, ambas pesaban más de 50 kilos. Acabaron con 36 y 40 kilos respectivamente. Aterrada al verlas tan escuálidas, su madre intentó ingresarlas en varios hospitales, pero ninguno quiso tratarlas. Al final, una campaña de crowfunding permitió su ingreso en una clínica privada de Moscú.

Diferencias cerebrales

¿Por qué las chicas con anorexia nerviosa son capaces no comer aunque tengan hambre? Esa es la pregunta del millón. «Nuestra teoría es que tienen particularidades cerebrales específicas», explican especialistas del programa para el Estudio de Trastornos de la Alimentación de la Universidad de California en San Diego. Para comprobar su teoría, estos investigadores tomaron imágenes cerebrales de dos grupos de chicas: uno que había superado la anorexia y otro de jóvenes sanas. Publicado en la revista Biological Psychiatry, este estudio demostró que la parte del cerebro que impulsa a comer cuando tienes hambre era menos activa en las chicas integradas en el primer grupo.

Además, el circuito cerebral que controla el razonamiento intelectual estaba más activado en las que tenían un historial de anorexia. ¿Qué significa eso? Pues que, aunque hayan superado su trastorno, estas chicas no se sienten tan estimuladas por el hambre como el resto. Y también, que tienen más autocontrol frente a las tentaciones.

El peso del entorno

En comparación con las chicas sin anorexia, las que la sufren tienen hasta 12 veces más riesgo de morir y casi 60 veces más de suicidarse. De hecho, la anorexia es la enfermedad mental con mayores tasas de mortalidad. Sin embargo, resulta muy difícil de tratar.

Un análisis de 119 estudios concluyó que, aunque la mitad de las pacientes se recupera, el 30% solo supera parcialmente los síntomas y el 20% continúa con el trastorno. «Por supuesto, los resultados positivos dependen de la intervención temprana. Cuanto más tiempo lleve la anorexia sin ser diagnosticada y tratada, peor es el pronóstico», insisten los expertos.

Que los trastornos de la alimentación, incluida la anorexia, se den más en las mujeres tiene también que ver con factores culturales y del entorno. Mientras la delgadez sigue vendiéndose como un ideal de belleza femenino, el riesgo de desarrollar anorexia aumenta si esa mujer es joven, percibe a sus padres como demasiado exigentes; vive o trabaja en entornos en los que se valora mucho estar delgada o practica deportes de competición.

Genes y medicamentos

Si hace unas décadas se pensaba que este era un trastorno que padecían algunas chicas como respuesta a conflictos familiares, culturales o sociales, los nuevos estudios (como uno realizado con más de 31.000 gemelos idénticos) han comprobado que los genes también son determinantes en el riesgo de sufrirla. De hecho, si uno de los padres ha tenido una enfermedad psiquiátrica ese riesgo se incrementa notablemente.

La propia anorexia tiene un 80% de probabilidades de incluir depresión, ansiedad, trastorno bipolar, problemas de la personalidad, déficit de atención, trastorno obsesivo compulsivo... Haber padecido abusos sexuales o maltrato también dispara el riesgo de este transtorno.

Por suerte, la estrategia CBT-E (siglas de Terapia Cognitiva y del Comportamiento Potenciada) desarrollada recientemente en la Universidad de Oxford, está demostrando eficacia para tratarla. En comparación con tratamientos anteriores, las chicas que seguían este tratamiento mantenían su mejoría en los cinco años posteriores al mismo. En cambio, la terapia cognitiva conductual, que tan bien funciona en otros trastornos psicológicos, tiene una eficacia limitada con la anorexia.

Lo mismo ocurre con los antidepresivos ISRS (inhibidores de la recaptura de serotonina), un tipo de fármaco de uso común en la depresión. De hecho, aunque no existen fármacos específicos para tratar la anorexia, sí se medica a estas pacientes. Un estudio realizado con 500 chicas hospitalizadas observó que el 86% de ellas tomaban al menos uno de una lista de 41 fármacos diferentes. El 47% tomaban dos; el 25% tres y el 11%, cuatro o más. Y los antidepresivos eran los más utilizados.

Déficit nutricional

Lo que ahora están estudiando los científicos es la relación entre los déficits nutricionales y la anorexia. «Los micronutrientes regulan neurotransmisores y hormonas que dirigen tanto comportamientos alimentarios como emocionales. Uno de ellos es el zinc, presente en todas las células del organismo y que interviene en más de 300 funciones enzimáticas. Dicho de otra forma: tener unos niveles adecuados de zinc es indispensable para una buena salud física y mental», decían hace poco los autores de un estudio publicado en la revista International Society for Orthomolecular Medicine.

Aunque estudios de 1970 ya relacionaban el déficit de zinc con la anorexia, esa variable había sido poco estudiada hasta hace poco. Ahora, nuevos datos científicos apoyan el empleo de suplementos de zinc. Como explican los doctores James Greenblatt y Desiree Delane, del Centro Walden para Trastornos del Comportamiento de EE.UU. y autores del trabajo publicado en ISOM, «los síntomas de déficit de zinc se parecen mucho a los de la anorexia. Van desde problemas de desarrollo físico y sexual a alteraciones sensoriales, pérdida de apetito y de peso, pasando por amenorrea, sentido del gusto alterado, apatía, depresión e irritabilidad».

El déficit de zinc empezó a valorarse en 1961, cuando un iraní de 21 años que solo comía pan ázimo, patatas y leche desarrolló graves problemas de crecimiento y de maduración sexual. Su rápida respuesta a un tratamiento con zinc animó la investigación al respecto.

La mayoría de ensayos recomiendan hoy una dosis preventiva de 15 mg de zinc diarios, tanto a través de alimentos como de suplementos, y al menos dos meses con dosis de entre 15 y 20 mg en caso de déficit de zinc. No conviene superar los 50 mg a no ser por prescripción médica. En cuanto a la dieta, son ricas en zinc las carnes magras de vacuno y de ave, los pescados y mariscos, y los huevos. «Aunque no todos los casos de anorexia pueden relacionarse con déficit de zinc, existen pruebas de que la suplementación es útil tanto para su prevención como para su tratamiento. Lo que está claro es que decir »come y gana peso« no funciona. Las afectadas acaban encerradas en un círculo vicioso que puede conducirles al deterioro progresivo y a la autodestrucción. Por eso es urgente seguir investigando», termina diciendo Desiree Delane.

Otros expertos citan la importancia del zinc para el metabolismo de los ácidos grasos y, en concreto, de los omega-3 EPA y DHA, esenciales para fabricar membranas neuronales y la función cerebral. Presentes en pescados, mariscos, krill y algas, las afectadas de anorexia son especialmente deficitarias en ellos.

«Nuevos estudios han relacionado bajos niveles de omega-3 DHA y EPA con un mayor riesgo de trastornos psiquiátricos, entre ellos depresión, esquizofrenia, déficit de atención con hiperactividad, trastorno bipolar y trastornos de la alimentación en general», explica a su vez el profesor Guillermo Reglero, catedrático de Ciencias de la Alimentación de la Universidad Autónoma de Madrid.

Por suerte, la medicina personalizada ha llegado a la anorexia. «Como sabemos más de los procesos neurobiológicos ligados a estos trastornos, podemos innovar en los tratamientos y hacerlos más específicos. Con todo y con eso, la asistencia siempre debe ser humanizada, porque la respuesta mejora con un ambiente de apoyo. Por supuesto, ese apoyo debe incluir a las familias, porque tanto la anorexia como el resto de trastornos de la alimentación afectan a toda la unidad familiar», declara la dra. Montserrat Graell, jefa del Servicio de Psiquiatría y Psicología Clínica del Hospital Niño Jesús de Madrid. Este centro fue el primero que puso en marcha en nuestro país una Unidad de Trastornos del Comportamiento Alimentario hace 27 años. Hoy, en este hospital, atienden a más de 200 pacientes nuevos al año.