El 'sana, sanita' cura de verdad

No hay nada mejor como los 'mimos' de mama para que se curen todos los males./
No hay nada mejor como los 'mimos' de mama para que se curen todos los males.

Diversos estudios revelan que cantar a un niño que se ha dado un golpe o se ha hecho una herida activa un proceso neurológico que mitiga el dolor

FERMÍN APEZTEGUÍA

El cura sana tiene realmente propiedades curativas. Lo saben todos los padres, pero ahora parece que comienza a tener rango científico. Cantar a un niño el sana sanita, lo del culito de rana o cualquier otra cosa parecida activa una red neuronal capaz de amortiguar en el pequeño el dolor que siente. Las personas asimilamos de tal modo este mecanismo que cuando somos mayores resolvemos de la misma manera -aunque ya sin canción, claro- la sensación dolorosa que provocan las pequeñas heridas.

Lo explica Miguel Benito, estudiante de Medicina en la Universidad Complutense de Madrid, en el blog profesional Generación Elsevier que comparte con otros compañeros universitarios. Según dice, "aunque parezca una tontería", el canto, los cariños y las caricias que se propician a un niño lastimado "siguen una vía neurológica que consigue modular realmente la sensación de dolor". Diferentes estudios han demostrado, según cuenta, que la vía por la que llega la información dolorosa al cerebro es capaz de provocar una "analgesia mediada por iopiáceos endógenos, tales como endorfinas", cuya producción está directamente controlada por el sistema límbico del cerebro. Este mecanismo es el responsable de gestionar las respuestas fisiológicas ante estímulos emocionales y está, además directamente relacionado con la memoria y las emociones, entre otras funciones humanas.

Con el "cura, cura sana" de sus padres, los niños ponen en marcha este mecanismo, que se aprende y también se activa luego cuando somos mayores. Acciones como apretar una mano lesionada, cantar o mover el brazo de un lado para otro cuando uno se da un golpe logran activar el mismo proceso y obtienen el mismo resultado. "Esos pequeños gestos con los críos, sin que ellos lo sepan, van más allá del cariño y realmente tienen una significación neurofisiológica que nos alivia el dolor", concluye Miguel Benito.