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La retratista del crimen

La retratista del crimen

Lois Gibson trabaja para la Policía de Houston: con sus dibujos basados en los testimonios de víctimas y testigos han atrapado a más de mil delincuentes

Isabel Ibáñez
ISABEL IBÁÑEZ

Tiene Lois Gibson una historia personal digna de película estadounidense. Y de las taquilleras -de hecho, el canal Investigation Discovery está grabando una serie sobre ella-. Porque con sus retratos robot de delincuentes basados en testimonios de víctimas y testigos se ha convertido en la artista forense más certera del mundo; aparece en el libro Guinness de los Récords por los 751 criminales que ha ayudado a atrapar hasta 2017 gracias a las caras que surgen de su tenaz carboncillo. Aunque a día de hoy llegan a ser 1.266 los delincuentes identificados, según el cómputo que lleva la propia Gibson. Y no acaba aquí lo sorprendente; ella misma fue la víctima hace mucho tiempo...

Con 21 años, en 1971, era modelo y bailarina de televisión cuando fue asaltada en Los Ángeles por un violador y asesino en serie que la agredió sexualmente durante 25 minutos interminables para ella, de los que escapó con vida: «Ni siquiera lo denuncié, porque era una violación y yo estaba demasiado avergonzada. Seis semanas después, conducía por una calle por la que no tenía intención de pasar y vi que el hombre que me había atacado estaba siendo arrestado por otro crimen», recuerda para este periódico.

Marchó a Austin para cursar Bellas Artes en la Universidad de Texas, donde se licenció «con honores» en 1976. Tuvo tiempo de practicar su arte en River Walk, San Antonio, «donde hay hermosas áreas de recreo junto al río; aquello es como la Venecia estadounidense. Allí realicé unos 3.000 retratos de turistas durante varios años». Su viaje a Houston, donde reside, se produjo por una circunstancia accidental, pero también cinematográficamente interesante: «Me enamoré de uno de esos turistas que retraté y me mudé a su ciudad para estar cerca de él». Sin poder olvidar su traumática experiencia, tuvo la idea que se convirtió en el motor de su vida: decidió plantarse en las oficinas de la Policía para ofrecer sus servicios, segura de que podía ayudar a resolver cientos de casos que acumulaban polvo en sus archivos.

«Les dije que yo podía sacar dibujos de los criminales con las descripciones de sus testigos. Ellos no querían, se negaban una y otra vez, pero, como yo había sufrido aquel ataque en el que casi me matan, se vieron 'forzados' a probarme. Cada dibujo que hacía resolvía un crimen cuando lo sacaban en las noticias de televisión. Así que, finalmente, en 1989 me hicieron un contrato de trabajo a tiempo completo. La Policía no pudo discutir contra el éxito». Alrededor del 30% de los retratos robot conducen en aquel país a una identificación satisfactoria, una media elaborada con los 25 artistas forenses que trabajan allí. «No estamos reconocidos. La Policía tiende a no creer en nosotros, pero se equivocan».

Grabados en su memoria

Tiene, evidentemente, la empatía suficiente para acercarse a las víctimas de robos, violaciones, ataques, intentos de asesinato... También a los familiares de quienes ya no pueden contarlo y a los testigos de los crímenes. Los escucha y pregunta paciente, primero la raza y el sexo de su atacante. Les entrega un libro donde pueden escoger entre cientos de imágenes de cejas, ojos, narices, labios... Una gran parte asegura no haber visto la cara de su agresor, y lo repite como un mantra, encontrándose incapaz de dar cualquier tipo de detalle a Gibson. Pero la experiencia le ha hecho ver que casi nunca es cierto. Y sabe cómo hacerles recordar. La clave parece residir en la expresión del rostro. «Si pueden responder a eso, si pueden decirme cuál era su expresión, entonces vieron la cara, pese a estar convencidos de que no», asegura ella.

«Muchos insisten en que no vieron la cara, pero si les preguntas por su expresión empiezan a hablar»

«No puedo dejar este trabajo; soy una adicta, es maravilloso detener asesinos solo con un dibujo»

Un ejemplo: en enero de 1991, el agente de la Policía de Houston Paul Deason resultó herido de extrema gravedad al ser disparado en la cabeza y atropellado repetidamente con un automóvil. La artista forense se desplazó hasta el hospital para hablar con él, que permanecía postrado casi inconsciente. «Hice el dibujo allí mismo. Él repetía que no le había visto la cara, pero cuando le pregunté qué expresión tenía, me contestó: 'Parecía un tiburón'. A partir de ahí fue saliendo lo demás. Al ver mi dibujo en la tele, dos hombres en la cárcel pensaron que se parecía mucho a un individuo detenido por robar en una tienda con una motosierra. La Policía halló entonces trozos del uniforme de Deason bajo su coche. Su nombre era Donald Eugene Dutton. Años más tarde volví a coincidir con aquel agente ¡y ni siquiera recordaba haber hecho el retrato conmigo en el hospital!».

Entre los más de mil casos que ha ayudado a resolver, hay unos pocos que, como este, se le han grabado en la memoria, como con la tinta que utiliza, y permanecen ahí, indelebles. Hablamos ahora de 'Baby Grace'. En octubre de 2007, encontraron el cadáver de una niña irreconocible a la que dieron ese nombre. Llamaron a Gibson, que también hace este tipo de reconstrucciones. Con este caso sufrió especialmente: «El cuerpo descompuesto de aquella bebé parecía el de mi propia hija, de tanto que me dolía el corazón al verla. Me tomó 45 minutos recrear su hermoso rostro. Sheryl Sawyers, la abuela de la niña, que había desaparecido meses antes, la reconoció al ver el dibujo en la tele y llamó a la Policía para decirles cómo encontrar a los padres, los asesinos de Riley Ann, que así se llamaba realmente. Fíjate, en solo 45 minutos ayudé a encontrar a dos personas que mataron a su bebé y pensaron que podían ocultarlo... ¡Pero no de mí!». El caso fue tan impactante para ella que en aquel entonces llegó a afirmar: «Si el de 'Baby Grace' fuera el único caso que he ayudado a resolver, el resto de los 27 años que llevo en esto habrá merecido la pena».

Dibujos y más dibujos se agolpan en la pared de su despacho, cada uno emparejado con el rostro real del criminal al que ayudó a atrapar. Y parece mentira que no hayan sido hechos copiando del original, sino a partir de los detalles que las víctimas, casi siempre conmocionadas y con ganas de olvidar, le proporcionan en un momento horrible para ellos, el de revivir su ataque. El parecido es tal, que explica a la perfección su éxito, reflejado en su récord mundial.

Pero Gibson también es buena reconstruyendo rostros a través del tiempo; es decir, a partir de fotos de niños que desaparecieron años atrás y que hoy son adultos. Uno de los casos más espectaculares es el de Craig y Chris Schoolcraft, separados de su hermana mayor con 1 y 2 años tras la muerte de su madre en accidente de coche y dados en adopción. Treinta años después, Tina Shiets acudió a la artista con las fotografías de dos bebés que rápidamente se transformaron en caras de hombre en gama de grises y difundidas en el programa 'Unsolved Mysteries'. Esa misma noche, la tía de los dos chicos llamó al programa y Shiets pudo hablar con uno de sus hermanos. En Navidad cenaron juntos.

Holocausto y un beso

El área de actuación de Lois Gibson no acaba ahí. Se atrevió a recrear los retratos de personas asesinadas en el Holocausto judío gracias a los testimonios de sus familiares. El resultado fue la exposición llamada 'Sobrevivientes del alma', un viaje que ayudó a muchos a recuperar al menos una parte de sus seres queridos, de los que no quedó nada, desaparecidos anónimamente en una de las mayores manifestaciones del mal registradas en la Historia de la Humanidad.

Solo una curiosidad más: participó en el proceso de verificación de la identidad del marino estadounidense que besa a la enfermera en Times Square tras el anuncio del fin de la Segunda Guerra Mundial: la icónica foto de Alfred Eisenstadt. Gleen Edward McDuffie recurrió a Gibson para demostrar que fue él quién cogió a la joven para estamparla el beso y no los otros diez hombres que afirmaban haberlo hecho y cuya estructura ósea estudió a fondo la artista, para concluir que realmente fue McDuffie el protagonista.

Sigue dando clases en el Instituto de Arte Forense, fundado por ella, donde enseña a otros a seguir una senda que se resiste a abandonar. «Tengo 68 años y te juro que no puedo dejar este trabajo. Soy una adicta. Es demasiado maravilloso poder detener asesinos con solo un dibujo». Cada año hace alrededor de 120 y tarda menos de una hora en esbozar uno; con ella ni siquiera hace falta gastar dinero en cámaras de seguridad.

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