El reto de ser mujer en Japón

El reto de ser mujer en Japón
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El 1 de mayo, con la ascensión al trono imperial de los príncipes Naruhito y Masako, el país inicia una nueva etapa, la era Reiwa. Pero ¿supondrá eso algún cambio para las mujeres? La periodista Tana Oshima nos acerca al papel que ellas desempeñan en una sociedad tan tradicional como extrema

TANA OSHIMA

La princesa Masako está triste. Lleva tiempo triste, con su dulce cara de porcelana y los ojos apagados. Es posible que su marido, el príncipe Naruhito, vuelva a bajar la mirada cuando comparezca junto a ella el día en que sea nombrado emperador de Japón y cargue sobre sus hombros el peso de la corona. Masako se sentará a su lado, acaso ligeramente detrás, y sonreirá, convertida ya emperatriz. Las princesas sonríen. Es lo que hacen todas las princesas del mundo, aunque estén tristes.

No se puede extrapolar lo que le sucede a la princesa Masako a lo que les ocurre al resto de las mujeres japonesas. Las familias reales son forzosamente conservadoras; subsisten gracias a que preservan contra viento y marea las tradiciones más antiguas, incluso las que la sociedad civil, hasta la más rancia, descartó hace tiempo. Pero aunque no todas las mujeres japonesas sean Masako, ella es una mujer japonesa particular, simbólica, una que representa un mito tan antiguo como difícil de desmontar.

Fuera de ese reducto de tradición en el que se mueve la familia imperial, la mujer japonesa se manifiesta de formas muy diferentes. No hay una única mujer japonesa, como no existe una única mujer española, cubana o mozambiqueña. Está la japonesa de 60 años o más, para la que trabajar a cambio de un sueldo después de tener hijos no solo era imposible, sino indeseable. Está la de esa misma edad que nunca paró de trabajar el campo, de sembrar, criar y cocinar. Está la más joven, que se hizo ama de casa nada más casarse, y la que optó por mantener su trabajo después de tener su primer hijo. Está la veinteañera urbana, para la que una vida sin trabajo o con hijos resulta impensable, y está también la veinteañera rural, para la que dedicarse a sus hijos sigue siendo una opción razonable.

El imperio de los (no) sentidos

También está la mujer extrema, posmoderna, situada en un punto diametralmente opuesto al de la princesa Masako. Posmoderna no como pose, sino como resultado de un cambio social que ha producido temblores. Son mujeres no tanto independientes como desapegadas. Desapegadas de la relación de pareja, del sexo, de cualquier deseo de ser madre. Tan desapegadas de su cuerpo que se han convertido en un arquetipo literario: así son las protagonistas de los libros de la escritora Sayaka Murata. Por ejemplo, una mujer que es virgen pasados los 30 y que no tiene gran interés en dejar de serlo, pero que sucumbe a la presión social y por ello toma decisiones extrañas; una madre que no siente nada por su hija, y una hija que no siente nada por su madre; un matrimonio al que le da asco copular y opta por la inseminación artificial, etc. El sexless (relaciones de pareja sin sexo) es un fenómeno real y en auge, fruto del pudor, la desgana, el asco, la confusión, acaso de una paupérrima comunicación. O quizás de un ideal de pureza, por mantener las cosas platónicas. Es también tema recurrente en la literatura contemporánea, uno casi apocalíptico, porque la natalidad en Japón no para de bajar. Es la más baja del mundo.

Es un extremo, como lo es la futura emperatriz. La mayoría de las mujeres probablemente se sitúe en la gran llanura que se extiende entre Masako y la mujer «desapegada». Mujeres que se benefician de las nuevas políticas de natalidad, bajas de maternidad más largas, excedencias y posibilidades de reincorporación; medidas que intentan impulsar la procreación y que hace 20 años sonaban a ciencia ficción.

En los años 80, cuando yo era niña, ninguna madre de mi entorno trabajaba. Eran amas de casa que salían a la calle con delantal y sandalias, cargando a un bebé sobre sus espaldas. Se levantaban al alba para preparar la comida que los niños se llevaban al colegio: unas cajas perfectas con un poco de arroz, un poco de verdura y un poco de carne o pescado que cocinaban a primerísima hora. Las más cultas daban clases particulares de inglés, de matemáticas, de piano o dibujo, siempre que no interviniese con los quehaceres domésticos. Había incluso, y sigue habiendo, universidades cortas para ellas, en las que durante tres años las alumnas aprenden un poco de cultura general, gestión familiar y conocimientos prácticos para «la vida». Una versión contemporánea de los entrenamientos que las prometidas de buenas familias hacían a principios del siglo XX para aprender a ser unas esposas perfectas.

Las mujeres urbanas de mi generación, en cambio, trabajan casi todas a tiempo completo, con o sin hijos, con o sin maridos, heterosexuales o lesbianas. Pocas llegan a puestos de dirección, pero son más independientes de lo que sus madres jamás soñaron. Las tareas del hogar se reparten más que antes, siempre que el cónyuge esté presente. Porque los hombres siguen viviendo entregados al trabajo. Ellas, en cambio, cumplen con su horario y se van a casa.

El ideal de esposa ha evolucionado en estos últimos 20 o 30 años, casi más por resistencia de ellas que por convicción de ellos. A muchos les sigue gustando llegar del trabajo a mesa puesta, que la comida sea casera y variada, que les sirvan la cerveza, que les pongan el baño. Algunos entienden que la separación de roles es anticuada, otros no. Pero los mensajes feministas que llegan de Occidente machacan y convencen como una canción pop: la gente joven los canta, los repite, los absorbe en anuncios y en series de televisión. Se ponen de moda, y los hombres recién casados asimilan que lo moderno es saber poner lavadoras, cocinar, pasar la aspiradora y ocuparse de los hijos. Son una minoría, pero empiezan a despuntar. Y en cualquier caso, si no, la mujer siempre puede recurrir a su mejor arma: el divorcio.

La trampa del divorcio

El divorcio se ha convertido en una práctica normalizada. No es demasiado frecuente, pero tampoco una rareza, ni algo socialmente reprobable. Los problemas vienen después. Una vez disuelto el matrimonio y cumplida la misión de traer niños al mundo, las leyes se vuelven traicioneras. La custodia de los hijos, las pensiones, esos aspectos que la legislación regula en Occidente para que un divorcio sea lo más justo posible, se tornan terreno movedizo en Japón. Resulta entonces muy fácil perderlo todo, incluido el derecho a ver a los vástagos, porque solo uno de los progenitores obtiene la patria potestad, no existe el concepto de custodia y no se otorga el derecho de visita a menos que lo consienta el progenitor que se queda con los hijos. Es así tanto para ellos como para ellas, según decisión exclusiva del juez.

Hasta hace poco, y todavía hoy en el ámbito rural, los asuntos familiares se resolvían casi siempre a golpe de portazos, sin recurrir a la ley. Las mujeres maltratadas o aburridas de su vida conyugal hacían la maleta y se iban, sin más, llevándose a los hijos, si los tenían; dejando las amarguras debajo de la almohada. Volvían a la casa de sus padres (la vuelta de la mujer al hogar materno es tan común que tiene un nombre específico: satogaeri) y cortaban todo contacto con el marido.

Fuera de la ley, la mujer se ha otorgado tradicionalmente el derecho moral a decidir lo que es mejor para el hogar. Si el cónyuge es trasladado a otras geografías contrariando el interés familiar, la esposa puede decidir quedarse donde está, con su descendencia, posiblemente cerca de sus padres. Muchas familias viven así hoy en día. Aunque estén oficialmente casados, el marido vive solo en algún lugar remoto, entregado a su trabajo, y la mujer por su cuenta, con los hijos, madre en solitario. Los años pasan, la distancia crece, la relación se erosiona, y cuando se dan cuenta hace tiempo que ni se hablan ni se ven, y el padre, marido todavía, se ha convertido en un completo extraño.

Hoy la mujer japonesa trabaja más que nunca: el 70% de las que están en edad activa forman parte del mercado laboral, según un informe reciente del periódico Nikkei. Aunque no es fácil medir la cultura japonesa con el rasero occidental. Conceptos como macho, machismo, feminismo, incluso democracia nacen y se desarrollan en Occidente como resultado de una determinada trayectoria. Pero una de las manifestaciones más evidentes del machismo japonés, entendido como estructura social diseñada en beneficio del hombre y en detrimento de la mujer, es la forma en que se veta a las japonesas en algunos oficios.

Es el caso de algunas profesiones tan tradicionales que se consideran sagradas, protegidas y sostenidas por el panteón animista del sintoísmo. El sumo, por ejemplo. No es que las mujeres tengan prohibido practicarlo, que lo hacen. Es que no pueden pisar la pista de combate que acaba de ser bendecida por un sacerdote. Porque la mujer es un ser que menstrúa. O el sushi, otro ejemplo. Solo los chefs masculinos pueden tocar el arroz y moldearlo con sus manos desnudas. La temperatura y textura del arroz deben ser siempre igual: tibia, ni muy dura ni muy blanda. Pero la menstruación, según la leyenda, hace que la temperatura corporal varíe con el ciclo. Y eso, dicen los dioses, afecta a la calidad del sushi. Aunque la ciencia diga lo contrario y algunas chefs se encarguen de demostrarlo.

Pero hay algo que resulta más preocupante, y es la falta, como en muchas otras sociedades, de buenos referentes femeninos. En Japón, la conciencia de mujer que se desarrolla en la adolescencia está peligrosamente imbricada con los modelos que ofrece la cultura popular, especialmente el manga o cómic japonés. El shojo manga (manga para niñas) lo consumen prácticamente todas las adolescentes y preadolescentes. (El manga es consumido por el 80% de hombres y mujeres de entre 15 y 44 años en Japón, según una encuesta reciente de NTT Research). Son folletines en formato cómic, romances empalagosos, que combinan drama, humor y, a menudo, ciencia ficción o fantasía.

La trama suele ser así: chica se enamora de chico alto y guapo con algún problema que le hace sufrir en silencio. Para intentar conquistarlo, la muchacha se anula a sí misma casi por completo y se dedica a vivir para él. Le hace la comida y se la ofrece en el recreo. Se culpa a sí misma de todo lo que sale mal. Se sacrifica, se resigna, se entrega. Él siente algo por ella, pero no se lo dice. Él nunca expresa sus sentimientos. La historia termina con un giro melodramático, un desgarro absurdo en forma de malentendido o muerte repentina. Las lectoras lloran.

Hace poco compré un shojo manga de moda -Orange, de Ichigo Takano- para ver cómo habían evolucionado. El esquema sigue siendo el mismo: la protagonista, colegiala, se desvive por conquistar al muchacho de turno. Los estereotipos femeninos mantienen el mismo vigor que hace 20 años: la protagonista es frágil y sensible, sabe anteponer las necesidades de él a las suyas, mantiene su aspecto perfecto y, finalmente, se postra a los pies de su enamorado. En una escena, la protagonista y sus amigas escriben en un trozo de papel lo que les gustaría ser de mayores. Nuestra heroína escribe: «Con 26 años, quiero estar casada y con hijos, y ser maestra de guardería». Su amiga escribe: «Quiero casarme con alguien rico y no tener que hacer nada». El papelito de una tercera amiga reza: «Quiero ser modelo y ser famosa en el mundo entero». A lo que un amigo responde: «Sois demasiado ambiciosas». Y no es ironía.

¿El fin de la sumisión?

El caso de Orange no es una excepción minoritaria. Ha vendido cientos de miles de copias en Japón y ha sido adaptado a la televisión y al cine. También ha sido nominado al Eisner Award, el más prestigioso premio internacional a un cómic, y está traducido al español.

Que el sueño de una adolescente de 2019 sea casarse y tener hijos puede no ser reprochable en sí mismo. Pero que este sea el referente máximo para muchas de ellas es muy revelador. Y el hecho de que aparezca en boca de la protagonista de uno de los manga más vendidos asusta un poco.

¿Es sumisa la mujer japonesa? No tanto como quiere el estereotipo. Vistos desde Occidente, los japoneses son dóciles, tanto ellas como ellos. Evitan el conflicto, evitan causar molestias y tratan de agradar. Siempre hay alguien por encima al que someterse: el vendedor frente al cliente, el alumno frente al maestro, el empleado frente al jefe, el niño frente al adulto, el adulto frente al anciano y, tradicionalmente, la esposa frente al marido. Es la moral confuciana.

En el caso concreto de las mujeres, la sumisión a una figura masculina se considera una virtud deseable. El ideal de mujer es el de aquella que se anticipa a las necesidades del hombre, ya sea su marido, su padre, su abuelo o su jefe. La que se desvive por complacerle. La que dedica cantidades monstruosas de tiempo en acicalarse y estar perfecta. Esto quiere decir que, si una mujer tiene mucho interés en gustar a un hombre, puede que intente acercarse a ese ideal. O no. Dependerá del carácter de cada una. Pero incluso entre las más sumisas, con el tiempo y la convivencia, semejante actitud parece tener fecha de caducidad.