El piercing entra en los museos

Imágenes de la muestra en el Museo del Hombre, abierta hasta el próximo año, que recorre la historia de una práctica que hace unos años era propia de tribus urbanas como los punkies. / J.M. DOMENECH
Imágenes de la muestra en el Museo del Hombre, abierta hasta el próximo año, que recorre la historia de una práctica que hace unos años era propia de tribus urbanas como los punkies. / J.M. DOMENECH

París dedica la primera exposición a una práctica que se remonta a la Prehistoria y con la que han conectado las nuevas generaciones

ABRAHAM DE AMÉZAGA PARÍS.

Franz Manni es el comisario más idóneo para un asunto así. No hay más que percatarse de sus grandes piercings en los lóbulos de las orejas o fijarse en los dedos de cada mano. A sus casi 46 años, este italiano tiene un aire de muchacho de poco más de 30 y derrocha pasión y energía al describir cada uno de los apartados de la exposición que lleva el claro título de 'Piercing' y se puede ver en el Museo del Hombre de París, en la Plaza de Trocadero, hasta el 9 de marzo de 2020.

Suya fue la idea de organizar la primera muestra dedicada por entero en el mundo al universo de la perforación corporal, una práctica que se desarrolla desde hace la friolera de cuarenta y cinco mil años. «Nunca hasta ahora se había realizado una exposición así», afirma satisfecho. Su propósito, «atraer al museo a los jóvenes, un público que no nos visita demasiado».

Es difícil remontarse a los orígenes del piercing. «Nadie podría decirnos con exactitud dónde está, al tratarse en sí de objetos pequeños, muchos de los cuales desaparecieron en las excavaciones arqueológicas y antropológicas», explica el comisario, convencido de que un buen número de antropólogos guardan sin saberlo restos que probablemente fueron en su día piercings.

En la exposición parisina se aprecian objetos prehistóricos y más actuales, joyas, fotografías, vídeos, revistas... Entre ellos, el más antiguo: una pieza hallada en la Dordoña de la era de Cromañón. Culturas indígenas como los kayapó, en Brasil, o los dayak en Borneo, con la costumbre de agujerear su piel y de introducir en ella objetos, como discos o aros, nos permiten viajar a Latinoamérica y Asia, entre otros lugares. Y, en concreto, a sus ritos, signos de belleza, fuerza o sumisión, entre otros. También lo hacemos, gracias a los «primitivos modernos», a los Estados Unidos de América. Allí, Roland Loomis (1930-2018), conocido como Fakir Musafar, fue un transgresor en el piercing, creando escuela y hasta poniendo en riesgo su vida con espectáculos no aptos para todos los públicos, al perforar su piel hasta límites insospechados.

Como en muchos campos, la primera potencia mundial, y en concreto la región de California, fue la pionera en el piercing de la era más cercana a nosotros, a partir de los 70, modernizando su práctica y haciéndola más higiénica; profesionalizándola, en definitiva. Gays, sadomasoquistas y punks serán sus primeros usuarios, como una manera de exploración, un grito de libertad, de transgresión y de mostrar su inconformismo ante el sistema. Si bien hasta hace dos décadas el piercing se asociaba en nuestra sociedad con un determinado tipo de jóvenes, de un tiempo a esta parte se ha convertido en una práctica adoptada por una gran mayoría, que llegó para quedarse.

Cantantes como Rihanna, Lady Gaga y Miley Cyrus; 'it girls' como Pixie Geldof; actrices como Scarlett Johansson, Bella Thorne... Todas ellas han contribuido a asentar la tendencia, y hasta diseñadores como Jean-Paul Gaultier han realizado desfiles donde ponían de relieve el universo del piercing, como se ve en un vídeo en la muestra parisina, que ocupa doscientos metros cuadrados en este museo erigido en 1937 frente a la Torre Eiffel.

«La exposición termina con una serie de retratos de personas anónimas, que han apostado por esta cultura», cuenta Franz Munni. Hasta hay gente que trabaja en el museo y se ha prestado a ello.