Pastando con lobos

Alberto juega con sus perros y atiende a sus ovejas./MARIAM A. MONTESINOS
Alberto juega con sus perros y atiende a sus ovejas. / MARIAM A. MONTESINOS

WWF premia al pastor sanabrés Alberto Fernández por su fórmula ecológica para proteger sus ovejas: una jauría de mastines

IRMA CUESTA

Si alguien imagina a Alberto Fernández como un ser de otra época, un hombre mayor y huraño al que, a costa de no tener con quien compartir los pensamientos, se le ha ido olvidando cómo hacerlo, se equivoca. Alberto, que tiene 35 años y más de 1.000 ovejas de raza castellana y merina destinadas a la producción de carne, está en las antípodas de la imagen del pastor que la mayoría tenemos en la cabeza. No solo es joven, emprendedor, enormemente hablador y entusiasta de la redes sociales; es que parece haber nacido para revolucionar un mundo tan necesario como olvidado.

Eso es, al menos, lo que opinan colectivos como WWF. La mayor organización conservacionista independiente en el mundo acaba de reconocer al pastor sanabrés -y, en definitiva, su apuesta vital- como ejemplo de buenas prácticas. Su idea de rodearse de mastines para blindar sus preciadas ovejas, y de aspirar a un equilibrio natural que permita la coexistencia del rebaño con el lobo, ha llamado la atención dentro y fuera de nuestras fronteras. WWF, que pretende seguir la pista a varias experiencias desarrolladas en dieciséis países para mejorar la convivencia con grandes carnívoros, ha incluido entre ellas a la ganadería de Alberto, La Aldonza. Buscan las mejores fórmulas para afrontar un problema que lleva tiempo trayendo de cabeza a los ganaderos de la región, que ven cómo, año tras año, aumenta el número de bajas entre sus animales por obra y gracia de los lobos.

Una apuesta valiente

Alberto era un electromécanico con trabajo asegurado. Así se ganaba la vida hasta que un día, hace ya algo más de seis años, cansado de salir de casa el lunes por la mañana y no volver en semanas, dijo adiós a su profesión y se instaló en Santa Coloma, un pueblo situado en la comarca zamorana de Sanabria con tan pocos vecinos que no conseguirían llenar un autobús de 50 plazas. «Este era un lugar perfecto para la cría de ovejas y para levantar nuestro hogar. El invierno es duro y frío y en ocasiones la vida en el campo se hace complicada. Trabajo como un cabrón, pero solo soy esclavo de mí mismo», cuenta, encantado de que alguien se interese por un colectivo, el de los ganaderos, «en verdadero peligro de extinción».

Inició su nueva vida de la mano de Rosa, su pareja y madre de sus tres hijos, Milena, Jorge y Elvira, convencido de que la coexistencia entre sus animales y los lobos era posible. Varios años después cree haber dado con la clave: «Permanecer con las ovejas, refugiarlas por la noche, disponer de mastines bien cuidados y alimentados e invertir en desbroce». Esa es la receta de un hombre que no ha sufrido un solo ataque en los últimos años, en los que muchos de sus colegas han visto cómo mermaban sus rebaños por culpa de un animal que lleva décadas en el punto de mira de cazadores, ganaderos, agricultores y furtivos.

Quince mastines

Alberto y su familia no solo tienen que atender a su ejército de ovejas, también deben dar de comer y mantener en forma a los quince mastines sin los que no podrían proteger su tesoro. «Nos cuestan unos 5.000 euros al año y llevamos tiempo reclamando que se reconozcan como perros de trabajo. A efectos del seguro siguen siendo mascotas de setenta kilos», afirma. El pastor precisa, por si alguien se lleva una imagen confundida de su actitud ecológica, que si los lobos insisten en acabar con una de sus ovejas y alguno de sus mastines lo mata, su perro «habrá cenado dos veces». «Otra cosa es que salga con una escopeta a acabar con ellos. Eso, nunca». Y es que sin sus perros, fieles cuidadores e imprescindibles compañeros de trabajo, sería complicado salir adelante. «Aunque convivimos abiertamente con los lobos, no estamos exentos del peligro de sus ataques. Es en esas ocasiones en las que se hace fundamental su labor».

Alberto, que hace un año creó la marca 'Pastando con lobos' para comercializar sus productos, está realmente orgulloso de su vida, aunque no esconde su preocupación por el futuro. «El mundo rural se desangra. Nosotros producimos un buen lechazo. El 90% nos lo compra un establecimiento de Madrid que se llama 'La boutique del lechal', así que imagina lo exigentes que son, pero desde enero estamos vendiendo a pérdidas. Nos cuestan 45 euros y su precio oscila entre los 38 y los 52. Hay veces que te acuestas con ganas de llorar. Parece que nadie se da cuenta de que somos vitales para la subsistencia de la raza. De nuestra raza».