«He luchado para que el caso de mi hija sirviera a otras personas»

Se cumplen hoy diez años de la muerte de Nagore Laffage, estrangulada en Pamplona en 2008

Asun Casasola muestra una foto de su hija Nagore. /DE LA HERA
Asun Casasola muestra una foto de su hija Nagore. / DE LA HERA
Javier Peñalba
JAVIER PEÑALBA

«Tengo que hacer algo para que su memoria no caiga en el olvido». Son palabras que Asun Casasola, madre de Nagore Laffage, pronunció el 17 de octubre de 2008, tres meses y medio después de que su hija fuera estrangulada en Pamplona por José Diego Yllanes, un joven médico de 28 años. Hoy se cumplen diez años del crimen. Y Asun puede estar tranquila, ha cumplido su promesa. El recuerdo de Nagore perdurará para siempre. Su hija se ha convertido en un icono para quienes repudian la violencia machista y sexista. «Estoy satisfecha en este sentido. He luchado todo lo que he podido para que el caso de Nagore sirviera a otras personas y, sobre todo, para que esta clase de hechos no se vuelvan a repetir, aunque para esto último aún nos queda mucho camino por recorrer», afirma Asun. La madre admite que no es mérito solo suyo. Afirma que tras ella «hay muchas personas, colectivos, instituciones... que me han apoyado, me han animado y en muchas ocasiones han guiado mis pasos. Sin ellas no lo habría conseguido. Hay quien todavía me para en la calle y me dice que quiere darme un abrazo. Y esto me llena mucho porque es de gran ayuda para las víctimas. El apoyo social, el calor que sentimos de la gente es primordial para todas nosotras».

El homicidio de Nagore supuso un antes y un después en el desarrollo de los Sanfermines. Desde la dramática muerte de la joven irunesa de 20 años, la fiesta no es igual para muchos. No ha habido edición en la que la imagen de la víctima no haya sobrevolado sobre la bulliciosa ciudad en la que se transforma la capital navarra durante ocho días. Aquel episodio alteró el normal desarrollo de la semana.

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El cuerpo de Nagore fue hallado la tarde del 7 de julio de 2008 envuelto en unos plásticos en Orondritz, localidad próxima a Pamplona. El cadáver había sido abandonado solo unas horas antes por el autor del delito, José Diego Yllanes, que hacía la especialidad de Psiquiatría en la Clínica Universitaria de la capital navarra. La víctima, estudiante de segundo curso de Enfermería, hacía prácticas en el mismo centro. Sobre las siete de la mañana de aquel día, tras una noche de fiesta, ya de regreso a casa, el acusado fue reconocido por unas amigas de Nagore, estudiantes también de Enfermería. La víctima llegó poco después, le dijo algo al condenado y se fue con él al piso de este. Iniciaron un contacto sexual pero ante la violencia que mostró el inculpado, Nagore lo dejó. El autor la agredió y estranguló. Posteriormente intentó descuartizar el cuerpo, pero desistió. Recogió las pertenencias de la joven, limpió el piso y abandonó el cuerpo en Orondritz.

Solo unos flashes

Desde entonces, todos los días son malos para Asun, «porque no hay uno solo en el que no me acuerde de ella. Los peores son el de día de su cumpleaños, navidades y los 7 de julio», afirma la madre. Casasola dice que apenas retiene en su memoria «unos flashes» de los momentos anteriores al crimen, de sus últimas horas con su hija. «Procuro no pensar mucho en ello y quedarme con los aspectos más positivos», dice.

Nagore llevaba dos años estudiando en Pamplona y acudía a su domicilio de Irun esporádicamente. La última vez que se desplazó fue el 25 de junio y estuvo en la vivienda familiar hasta el 28. Eran vísperas de Sanmarciales. Se incorporaba a la clínica el día 30. Asun no volvió ya a verla con vida. Solo pudo hablar con ella por teléfono. Fue el 6 de julio. Le dijo a su madre que iba a salir porque el día de San Fermín no tenía que ir a trabajar. Era la única jornada que podía disfrutar de las fiestas de Pamplona. «Fue una conversación típica entre una madre y su hija. Le dije que tenía que estudiar un poco más. Había suspendido dos asignaturas. Le comenté que menos salir y más estudiar. De cualquier manera, Nagore tampoco era una chica a la que le gustara mucho salir», recordó la madre en una entrevista apenas once días después de lo acontecido.

La Ertzaintza en su casa

Asun reconoce que el día en el que le comunicaron el fallecimiento de su hija fue el peor de su vida. Era ya 8 de julio. Casasola trabajaba entonces en una empresa de Lezo. Entró a las seis y cuarto de la mañana y salió a las dos de la tarde. Después de comer, cuando estaba echando una pequeña siesta, tocaron el timbre y aporrearon la puerta de casa. Asun echó un vistazo por la mirilla y vio a una chica y a un chico. Eran agentes de la Ertzaintza de paisano. Como no les conocía no les abrió.

Entonces, sonó el teléfono. Llamaban desde la comisaría. La persona que estaba al otro lado del aparato le dijo que habían encontrado una documentación de su hija. Ella les respondió que Nagore estaba en Pamplona. Dijeron que ya lo sabían, pero le instaron a que se dirigiera a la comisaría.

Asun Casasola salió de casa y se personó en las dependencias policiales. Nada más entrar le dijeron que una chica había aparecido muerta en un pueblo de Navarra, cerca de Erro, que estaba envuelta en unos plásticos y que había un 95% de probabilidades de que fuese Nagore. Le preguntaron si su hija se acababa de cortar el pelo, que si se mordía las uñas. Todo coincidía. «Era Nagore. Ellos ya lo sabían».

Casasola reaccionó como lo habría hecho cualquier otra madre. Según sus propias palabras: «Como una loca». Comenzó a llamar a amigos y familiares y posteriormente se trasladó a Pamplona. Le aconsejaron que no viera a su pequeña. La identificó una hermana suya.

Repite que aquel fue, sin duda, el peor día de su vida. Pero hay otra fecha que tampoco podrá borrar de su memoria, aquella en la que el jurado hizo público su veredicto. El juicio contra el homicida comenzó el 2 de noviembre de 2009. Intervinieron como acusaciones el ministerio fiscal, la acusación particular ejercida por la familia, además de otras populares en nombre de los Ayuntamientos de Pamplona y de Irun, del Instituto Navarro para la Igualdad y de las Juntas Generales de Gipuzkoa. Las peticiones de pena oscilaban entre los 22 y 17 años por asesinato. La defensa demandó 7 años por homicidio.

Tras nueve sesiones, muchas de ellas cargadas de tensión y emotividad, los nueve miembros del jurados, seis varones y tres mujeres, consideraron a José Diego Yllanes culpable de un delito homicidio. El fallo constituyó un duro golpe para la madre que siempre había defendido que su hija fue víctima de un asesinato. Quedó desolada, defraudada. Asun Casasola, su hijo Javier, sus familiares, sus amigos y sus conocidos no daban crédito a lo que acababan de escuchar. La madre abandonó la sala de vistas entre lágrimas. «Reconozco que fue una jornada muy dolorosa, un día en el que la justicia me defraudó. Pensé: '¡Qué mundo vamos a dejar a nuestros jóvenes!'», recuerda hoy.

Al final, el crimen de Nagore se sustanció en doce años y seis meses de prisión para Yllanes. «Qué poco vale la vida de mi hija», fue la reacción de la madre ante la sentencia.

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